Risas desde el sótano

Jorge Fernández Díaz
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19 de diciembre de 2009  

Mi tío abuelo era asturiano pero había descubierto que su condición de inmigrante lo hacía guarango, entonces se vestía como un refinado caballero argentino, ocultaba su acento español y obligaba a su hermano a tocar la gaita en el sótano de nuestra casa, para que los vecinos de Palermo no escucharan esa música plebeya. Inmigrantes de todas las oleadas practicaron similar negación de la cultura de origen, intentando ser aceptados en esta sociedad moderna y culta que los recibía pero también los miraba por encima del hombro.

Tal vez de esa impostura, de los equívocos que ella produce y de las verdades inconvenientes que se cuelan a través de las costuras de ese discurso social que adoptaron los inmigrantes, provenga el rotundo éxito de algunos humoristas históricos de este país aluvional. Muchos de ellos fueron célebres por mostrar precisamente las diferencias entre la simulación y la verdad. Quiero decir, los argentinos nos la pasamos riendo de los hombres y las mujeres que simulaban ser lo que en realidad no eran. Eso pasaba con Fidel Pintos, que representaba a un falso influyente y disertante a quien se le notaba la nada, y con Pepe Biondi, quien componía, entre muchos otros, a Pepe Curdeles ("abogado, jurisconsulto y manyapapeles"), un personaje gracioso porque trataba de llevar adelante su seriedad en un juicio oral mientras se le filtraba la borrachera que llevaba adentro. Hasta Minguito Tinguitella se sentaba a las mesas "cultas" y trataba de seguir el hilo serio de las conversaciones del intelectual y del hombre de clase media, mientras dejaba escapar su pensamiento elemental del suburbano, de la "Argentina guaranga", como la veían las aristocracias y la pequeña burguesía aspiracional. Un juego similar articulaba Alberto Olmedo cuando con Javier Portales actuaban como "Borges" y "Álvarez", dos tipos que trataban de pasar por cultos y que eran desnudados a lo largo de un diálogo, muchas veces improvisado, donde se veía el carácter pedestre y farsesco de uno y otro. No eran lo que pretendían ser, eran lo que somos todos, parecía decir el subtexto.

Diego Capusotto es un humorista de otra generación. Pero también vino a luchar contra la impostura. En este caso, ridiculizando las subculturas masivas biempensantes de la televisión y la música, y también otras microculturas, como la épica heroicosetentista. Ese quiebre comenzó con Cha Cha Cha . Recuerdo a su ex socio, Alfredo Casero, en una convención de Batmanes del Mercosur, donde se cantaba la marcha peronista. Y luego Todo por dos pesos , donde Capusotto interpretaba a Irma Jusid, una mujer que advertía a los jóvenes pecadores y pasaba un ranking musical con temas famosos e hilarantes letras cambiadas. Finalmente, llegó Peter Capusotto y sus videos , donde el protagonista se carga con sarcasmo dos religiones: el rock y el progresismo. Los tres programas quebraron la historia del humor argentino y se transformaron en extraños fenómenos de culto.

Es por eso que nos ocupamos en esta edición de quien cambió la cultura humorística y de su gran socio, el guionista Pedro Saborido. A ambos se los entrevistó en el bar El Progreso, de Barracas. Un antiguo café de gallegos sin imposturas de modernidad. Un lugar plebeyo desde el que se piensa un humor que revela a la Argentina profunda. La incómoda. Acaso la verdadera.

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