Sanguinetti recreó la vida de Figari

El ex presidente uruguayo, en el país
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3 de mayo de 2003  

El rostro menos conocido del pintor uruguayo Pedro Figari, el nuevo mapa mundial tras la guerra en Irak y el lugar de América latina en el siglo que acaba de empezar fueron los diversos campos que recorrió ayer, con dosis iguales de calidez, entusiasmo y conocimientos, el dos veces presidente de Uruguay Julio María Sanguinetti, en la Biblioteca Nacional.

Su reciente y último libro, "El doctor Figari", publicado el año último, fue la excusa para convocar al diálogo a Sanguinetti, que añade a su vida política una larga trayectoria como intelectual y hombre de la cultura.

Esa múltiple condición, "difícil de encontrar en el siglo XX", fue la que resaltó el director de la Biblioteca Nacional, Silvio Maresca, al presentar al invitado, acompañado en la mesa por Carmen Verlichak.

El mismo camino que siguió en su libro recorrió Sanguinetti en la exposición: describió en detalle los aspectos más ocultos de Figari, "el pintor de la leyenda rioplatense", que comenzó su camino artístico a los 60 años, cuando, en 1921, se trasladó a Buenos Aires y fue adoptado por el grupo Martín Fierro.

Aquí pintó unas 3600 obras en 12 años, una muestra de la misma vehemencia que había desplegado antes como abogado penalista y educador.

El pintor mató al doctor

"Titulé al libro El doctor Figari con toda intención, porque el pintor mató al doctor y desvaneció a esa personalidad", dijo Sanguinetti, que se detuvo, entonces, en describir las dos anteriores y grandes pasiones de Figari.

Por un lado, su campaña por la abolición de la pena de muerte, en 1907, basada en "la tragedia que podía significar el error judicial". Por el otro, el papel de la educación en nuestros países, que imaginaba "orientada a formar hombres productores, a crear conciencias independientes".

"Figari creía en el desarrollo de los países a través de la industria y por eso proponía dar impulso a las escuelas politécnicas. Se opuso en su época al desarrollo de los liceos, que creía que iban a formar un proletariado intelectual incapaz de producir nada", describió Sanguinetti.

La frustración de haber perdido esa batalla lo depositó en Buenos Aires en 1921, a los 60 años, recién separado de su mujer y con cinco de sus siete hijos. Aquí, y luego en París, desarrolló toda su experiencia como "el pintor de negros, gauchos y salones, es decir, de tipos humanos".

"De acuerdo con la filosofía positivista que orientó toda su trayectoria pública, él no tuvo preocupaciones formales en su pintura. Se dedicó a pintar arquetipos, fue un pintor del evolucionismo", dijo Sanguinetti.

Un mundo distinto

El diálogo viró luego a las consecuencias de la guerra en Irak, mirada desde América latina. Hombre político con experiencia, Sanguinetti se explayó con igual soltura: "La guerra en Irak no es tan importante en cuanto conflicto, sino como revelación de un mundo distinto", dijo.

Así, comenzó por delinear sus antecedentes, como la caída del Muro de Berlín, en 1989, y los conflictos étnicos en la ex Yugoslavia, "en los que Europa abdicó de ser una potencia y reconoció su impotencia militar". De ese modo, "Estados Unidos pasó a ser una monopotencia y hoy ejerce el monopolio en todos los campos: económico, científico, militar y cultural", afirmó.

Con humor, describió los efectos concretos de esa hegemonía "en los jóvenes, que en las protestas antinorteamericanas visten jeans y zapatillas de marca norteamericana, o cuando trato de convencer a mi nieto de que los panchos de La Pasiva son más ricos que las hamburguesas de McDonald´s".

"Lo peor es cuando la política se convierte en religión. Ahí se generaliza, totaliza y simplifica todo", afirmó, mientras el público le acercaba sus preguntas.

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