Signo de los tiempos

La renuncia de Joseph Ratzinger al papado le permite al filósofo italiano Giogio Agamben desarrollar una aguda consideración teológico-política acerca del fin y del mal
José Fernández Vega
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14 de marzo de 2014  

Un año atrás, Joseph Ratzinger hizo el inesperado anuncio de su renuncia al papado leyendo un texto en latín que pocos comprendieron en el momento. Todavía menos descifrables fueron las causas reales de su decisión. ¿Era el único motivo la alegada fatiga física y mental de un hombre anciano? ¿No buscaba, acaso, conmocionar la estructura de una decadente curia mediante un gesto espectacular, cuyo antecedente se remonta al siglo XIII?

Celestino V, en efecto, dejó la cátedra de Pedro en 1294. Dante, según los intérpretes, lo ubicó en uno de los cantos del infierno por su cobardía. También Benedicto XVI recibió reproches por no aferrarse a la cruz del pontificado hasta el final, por penoso que ello fuera, y tal como había hecho, hasta extremos patéticos, su predecesor.

En el primer aniversario de su renuncia "libre y espontánea", como establece el código canónico, el actual papa emérito difundió una carta en la que sostiene que su único objetivo consiste en rezar por su sucesor, quien gobierna plena y legalmente. En el Vaticano no hay doble comando, sino un papa recluido en un monasterio y otro en el esplendor del trono.

El gesto del primero terminó beneficiando al segundo pues despejó el terreno político: debilitó a los conspiradores intramuros, expuso una multifacética crisis institucional y suscitó la audaz reacción de los cardenales, quienes, en busca de la regeneración, eligieron al primer papa jesuita y latinoamericano (alguien agregaría: y peronista) de la historia.

En El misterio del mal. Benedicto XVI y el fin de los tiempos, Giorgio Agamben no hace referencia alguna a Francisco. El libro contiene el texto de una conferencia dictada antes de la renuncia de Benedicto y otro con un análisis de este episodio en clave teológica o, para utilizar una expresión que sin duda agradaría más al autor, teológico-política. ¿Llega en verdad a ser política su aproximación teológica? La pregunta se podría plantear no sólo en relación con este libro, sino también con el entero pensamiento de Agamben, a menudo capturado por la erudición y siempre tironeado entre polaridades heredadas: la melancolía militante de Walter Benjamin y el especulativo realismo de Carl Schmitt o el empirismo paranoide de Michel Foucault.

Benedicto, explica Agamben, había dado señales de su intención de abdicar; ya en 2009, por caso, ofreció su palio ante la tumba de Celestino V. La resolución final había sido, pues, largamente meditada. Los efectos de su acto no podían ser del todo previstos a un nivel práctico, pero Benedicto tenía clara conciencia de sus consecuencias más amplias y doctrinarias. Medio siglo atrás, siendo un joven teólogo, escribió sobre Ticonio, pensador que influyó en Agustín, quien aseguraba que la Iglesia incluía dentro de ella no sólo el bien, sino también el mal. En esta sencilla premisa latían importantes derivaciones: por ejemplo, que el Anticristo no es un enemigo EXTERNO, sino parte de la realidad de la Iglesia. Con su renuncia, Benedicto habría puesto de relieve que la crisis de legitimidad que recorre todas las instituciones de Occidente abarcaba también, y de lleno, a la que él encabezaba, supuesta gran fuente de legitimidad general emanada de unos eternos ideales de autoridad, justicia y ley natural contrapuestos a los vaivenes temporales del mero poder, las formalidades del derecho y sus cambiantes normativas.

Las enseñanzas del apóstol Pablo en sus epístolas brindan a Agamben una base para analizar la crisis política de la Iglesia a través de un prisma teológico que se combina con el de Ticino. Esta perspectiva permite advertir en toda su dimensión, asegura el autor, la revolucionaria actitud de Benedicto. Porque su valiente resignación permitió descubrir un misterio demasiado dejado de lado por una Iglesia sumergida en preocupaciones mundanas: el misterio de la escatología, del que habló Pablo.

La escatología alude a la lucha entre el bien y el mal en los tiempos del fin (vale decir, no en el fin del tiempo o juicio final, momento en que aquella lucha ya ha sido decidida). Su "misterio" no implica algo oculto, un secreto, sino un drama histórico cuyo vasto teatro es el mundo. El período que se abre, según Agamben, se halla determinado por un "tiempo mesiánico", expresión difícil de aferrar que, entre sus evasivas cualidades, incluye la anomia o falta de ley característica de nuestra época.

La Iglesia, insinúa Agamben, se hundió en la esfera económica, esto es, en las preocupaciones y el gobierno de las cosas inmediatas, de los poderes, deseos y riquezas de este mundo. Olvidó así su mensaje sustancial que transcurre en un tiempo mesiánico, el de las cosas penúltimas (diferente del tiempo apocalíptico de las cosas últimas). El tiempo mesiánico es aquel que se vivencia tras la mutación del simple tiempo cronológico, vale decir, después de una transformación total de nosotros mismos, de nuestra manera de vivir.

El tiempo mesiánico es el tiempo que resta, el cambio radical introducido a partir del anuncio fundamental del cristianismo: la resurrección. La cesión del trono -sin ironía, para muchos el aporte más relevante del por otra parte fallido pontificado de Benedicto- reabre la conciencia de un nuevo tiempo, otra oportunidad para la "fuerzas buenas" de la Iglesia. Después de un amplio rodeo erudito, nada carente de interés, Agamben nos enfrenta al viejo western teológico de buenos y malos que habitan un pueblo, la Iglesia (¿el mundo?), demasiado pequeño para albergar a los dos bandos.

El misterio

del mal

giorgio agamben

Adriana HidalgoTrad.: María Teresa D'Meza

83 páginas

$ 82

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