Sin certezas científicas, termina la historia de los restos de Cervantes

"Estamos convencidos de que en esos fragmentos hay algo" del autor del Quijote, afirmó ayer el líder del equipo forense que estudió la cripta de la Iglesia de las Trinitarias donde fue sepultado el escritor en 1616
Martín Rodríguez Yebra
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18 de marzo de 2015  

MADRID.- La reliquia cultural más buscada yace a un metro y medio bajo tierra en una fosa común en el subsuelo de la Iglesia de las Trinitarias Descalzas. Entre huesos casi descompuestos de otras 16 personas, revueltos durante siglos, persisten allí los restos de Miguel de Cervantes Saavedra.

No hay un esqueleto completo. Tampoco piezas óseas que puedan individualizarse. Pero el grupo científico que lo rastreó durante un año en el centro histórico de Madrid anunció ayer que "sin discrepancias" podía dar por hallado el cuerpo del creador de Don Quijote 399 años después de su muerte.

La noticia, presentada por el gobierno madrileño como un "acontecimiento histórico sin precedente" en una conferencia de prensa con 150 periodistas de todo el mundo, quedó algo opacada por la carencia de una confirmación al ciento por ciento.

Resulta imposible efectuar un cotejo de ADN con algún familiar del escritor: la única referencia es una hermana de él que fue monja carmelita, pero sus restos descansan en un osario en Alcalá de Henares. Y el mal estado de conservación impide asociar algún hueso a las patologías conocidas de Cervantes, sobre todo la mano atrofiada por un disparo de arcabuz en la batalla de Lepanto.

"No hemos podido resolver con certeza absoluta. Pero estamos convencidos de que en esos fragmentos hay algo de Cervantes", enfatizó el antropólogo forense Francisco Etchebarría, jefe del equipo multidisciplinario a cargo de la misión.

El anuncio coincide con la larga temporada cervantina que se abre por el cuarto centenario de la segunda parte del Quijote, este año, y de la muerte del escritor, el que viene.

Según la presentación oficial, el hallazgo es "algo más que una hipótesis". Los investigadores combinaron la información aportada por el material desenterrado de la cripta del convento con una revisión minuciosa de los libros parroquiales en los que constan todos los cuerpos sepultados en el lugar desde 1603.

Creen que los huesos de Cervantes y de su esposa, Catalina de Salazar y Palacios, están en una fosa hallada bajo las baldosas de la cripta. Encontraron tres niveles de sepulturas. En el último de ellos, ya sobre la tierra y sin ataúdes, encontraron las piezas más antiguas, datadas como de principios del siglo XVII.

Los archivos de la Iglesia revelan que en 1630 la firma de un patronato con los marqueses de la Laguna obligó a la comunidad de las monjas trinitarias a exhumar todos los cadáveres del templo para hacer lugar a los muertos de la familia benefactora. Eran 17, entre ellos los de Cervantes y su esposa. Los restos quedaron bajo custodia de la orden dentro del edificio. En 1730 la iglesia se trasladó a su emplazamiento actual, dentro de la misma manzana, y todos los cuerpos fueron reubicados en la cripta habilitada debajo del altar mayor.

Según los investigadores, los huesos del último nivel de la fosa correspondían a 17 personas y tienen una antigüedad cercana a los 400 años. El material hallado en los 36 nichos que hay en las paredes, así como en los otros niveles de enterramiento bajo la losa, era más reciente.

"Tenemos la suficiente información histórica, arqueológica y antropológica para creer que en esa reducción se hallan los restos de Cervantes. Hay muchas coincidencias y ninguna discrepancia", sentenció Etchebarría.

Cervantes murió con 68 años el 22 de abril de 1616 en su casa del Barrio de las Letras, a 100 metros del Convento de las Trinitarias. Al día siguiente fue enterrado allí, por especial pedido suyo, amortajado con el hábito de San Francisco en una ceremonia sin ninguna pompa. Empobrecido, afectado por la diabetes y por los achaques que le dejaron las heridas de guerra, alcanzó a terminar la segunda parte de Don Quijote, en 1614, y Los trabajos de Persiles y Sigismunda, en cuyo prólogo se describe con una precisión que daba a los científicos la ilusión de identificar sus huesos cuatro siglos más tarde.

Escribió: "Éste que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada; [...] la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y ésos mal acondicionados y peor puestos, [...] algo cargado de espaldas, y no muy ligero de pies; éste digo que es el rostro del autor de La Galatea y de Don Quijote de la Mancha".

El tiempo resultó implacable. Los antropólogos que excavaron en la cripta encontraron restos del siglo XVII, pero eran fragmentos minúsculos, en algunos casos esquirlas, todos mezclados. Un trozo de madera con las iniciales MC había aparecido en uno de los nichos, pero no puede confirmarse que corresponda al ataúd de Cervantes.

El ministro de Cultura de España, José Ignacio Wert, celebró el hallazgo sin matices y dijo que la iglesia de las Trinitarias se convertirá en "lugar de peregrinaje" para honrar al genio de las letras castellanas.

Pero el mundo de la cultura se mostró dividido ante la noticia. "Es un gran alivio y una satisfacción conocer el paradero de los restos del escritor más importante en lengua castellana y uno de los más importantes de todos los tiempos", festejó el presidente de la Real Academia Española (RAE), Darío Villanueva.

En cambio, el gran cervantista Francisco Rico, también académico de la lengua, fue lapidario: "Todo esto me parece una tontería. Dudo mucho de que puedan probar que son sus huesos. Y si lo son, ¿qué van a hacer? ¿Ponerlos en una urna? Me huele a chequera".

El poeta José Manuel Caballero Bonald, premio Cervantes 2012, se sumó a las críticas. "No creo que sea importante ni necesario ni recomendable buscar los restos. Hay que hacer justicia a la persona, no a los huesos", dijo.

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