Sobre los cuentistas y la vida cruel

Por María Esther Vázquez
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19 de diciembre de 2001  

Hablar con Liliana Heker es como recibir un shock de energía que se percibe en el entusiasmo de la palabra, en el convincente tono de voz, en la risa que le ilumina los ojos, en la seriedad con que encara la expresión de su pensamiento, en la rapidez con que contesta y hasta en la crítica incisiva de los aspectos negativos de nuestra sociedad.

De Liliana Heker (ocho libros publicados) acaba de aparecer su último volumen de cuentos, La crueldad de la vida , que reúne ocho piezas breves y una larga. Esta le da título al libro.

-Sí, en ese texto en particular -dice Liliana- busqué un desarrollo más libre, una expansión azarosa, pero traté de que ese aparente azar tuviera un orden. Por su extensión, se acerca más a la nouvelle.

-Es cierto, pero "La crueldad de la vida" tiene un final cerrado y sorpresivo, en definitiva es un cuento largo.

-Que además, cierra el libro y ese cierre vuelve explícito qué se entiende por la crueldad de la vida en la trabazón de las dos hermanas con la madre. El texto tiene algo de autobiográfico. Ya las dos hermanas -niñas- habían aparecido en otros cuentos míos anteriores; ahora son adultas, el tiempo ha pasado y la madre viaja hacia la muerte...

-Por favor, no cuentes el final. He notado que, detrás del sentido del humor que aparece en casi todos los textos (algunos provocan la carcajada), hay una angustia o una crueldad subyacente que golpea de improviso al lector como en "Maniobras contra el sueño".

-Sí, hay mucha angustia o crueldad, a veces más agresiva y otras menos pero, para mí, el humor es imprescindible.

-¿Dónde estás más cómoda, escribiendo novelas o cuentos?

-Es difícil contestar. Escribir cuentos me provoca una gran alegría, la creación parece más palpable pero, cuando tengo la trama de la novela bien agarrada y sé qué quiero narrar, esa libertad me da un gran placer. Incluso la experiencia de la novela me sirvió para redondear el cuento "La crueldad de la vida".

-Está bien, pero en cada cuento hay, desde el principio, la tensión interna que sostiene al género. ¿Creés que la literatura se lee menos que hace cincuenta años?

-Nunca ha sido gran mayoría el público lector, sí el público consumidor. Quizás ahora, dadas las circunstancias, se consuma menos de todo. Pero el lector calificado me parece que, más o menos, es el mismo.

-¿Por qué los editores desdeñan tanto el género cuento?

-No sé si lo desdeñan; lo ven menos vendible. Es un error tomado, pienso, de la realidad europea. Pero estamos en un país de cuentistas y de lectores de cuentos. Borges nunca escribió una novela, Cortázar fue más cuentista que novelista. Bioy, Mujica Lainez también escribieron cuentos memorables...

-Si Borges empezara a escribir ahora, ¿encontraría editor?

-Creo que sí. Pero los comienzos, hoy, para cualquier escritor, son muy duros porque casi no hay editoriales chicas. Si el escritor no gana un premio, no tiene cómo salir... Hace treinta años las editoriales se ocupaban de los nuevos valores, los medios les hacían críticas y los promovían de acuerdo con sus méritos. La palabra "mercado" en la actualidad ha trastornado y degradado casi todo.

-Cuando eras adolescente -fuiste un chica precoz- ¿cómo creías que sería tu vida literaria?

-Siempre supe que estaba haciendo una elección y que lo que consiguiera sería el producto de mi trabajo. No esperaba rutilantes triunfos ni un fracaso. No sabía el "dibujo" que construirían mis futuros libros, pero sí sabía qué quería. No me arrepiento de los libros que he escrito ni me arrepiento de no haber escrito más. Todo tiene un tiempo preciso, una reflexión y una búsqueda.

-¿Te llevás bien con vos misma?

-Bastante bien. Me divierto mucho con mis distracciones. Me encanta lo que me da placer, me encanta comer, jugar al tenis; aprendí a estar contenta conmigo. Por ejemplo, yo quería ser alta pero aprendí a ser petisa, porque me di cuenta de que es más cómodo.

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