Sophia Loren recuerda

Verónica Chiaravalli
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27 de febrero de 2015  

¡Ah!, el poder inigualable de los sabores de la infancia para abrir las pesadas puertas de la memoria y adentrarnos a tientas en los pasadizos de la evocación, siempre sinuosa, siempre tan cercana al ejercicio de la literatura. No se trata en este caso de una magdalena sino de unos potentes struffoli, esas dulces frituras napolitanas, que la gran Sophia Loren amasa para sus nietos en vísperas de Navidad. De la cocina enharinada al arcón de los recuerdos median pocos pasos y la actriz pronto se encuentra rodeada de viejas fotos, cartas y jirones de un tiempo de esplendor, testigos de una vida plena, bien vivida, aun en los momentos de amargura. Una vida de la que esta singular mujer, a los 80 años, se siente orgullosa.

Así comienza Ayer, hoy y mañana, la autobiografía de Sophia Loren que Lumen acaba de publicar en la Argentina. Más interesante que la información que proporciona el libro, más o menos conocida por quienes hayan seguido las peripecias públicas y privadas de Sophia, es el tono de la narración, un tono que se condice con la imagen social que Loren mostró habitualmente, tan distinta de las mujeres que encarnó en la pantalla grande. Al describir su infancia pobre en una Nápoles devastada por la guerra, el hambre (literal) y las dolorosas privaciones que marcaron su infancia y el comienzo de su adolescencia; al recordar al padre ausente, humillante, que a duras penas la reconoció, pero que le negó su apellido a Maria, la menor de las hermanas Scicolone, Loren lo hace sin resentimientos y con la misma naturalidad con la que se refiere luego al glamoroso ambiente del cine europeo y de Hollywood. Es la voz serena de una mujer que conoce el valor de la mesura, de la humildad y la perseverancia. Una mujer que se mueve con cautela en un mundo maravilloso, conquistado con esfuerzo y, por lo tanto, frágil.

Su aliado, su Pigmalión y su cicerone en la aventura fue el poderoso productor cinematográfico Carlo Ponti, veintidós años mayor que ella. Sophia no perdió la cabeza por él cuando lo conoció. En el libro se define según los atributos de su signo zodiacal, Virgo, y a lo largo de las más de trescientas páginas que emplea en narrar su vida, no da la impresión de haber perdido la cabeza por nada ni por nadie. Nunca. Superado el escándalo del adulterio, lo que hubo entre Carlo y Sophia fue amor conyugal, confianza, hijos. Acaso la explicación más cabal (involuntaria, también) de lo que Ponti fue para ella se encuentre en estas líneas: "Una de las primeras noches que salimos juntos fuimos a cenar. No estaba acostumbrada a comer en los restaurantes y mi proverbial sensatez me aconsejó pedir algo blando que no me pusiera a prueba con los cubiertos. Pedí una tortilla y cuando estaba a punto de cortar el primer pedacito, Carlo me fulminó con la mirada. ‘No, con el cuchillo no..., la tortilla no se corta’, susurró, escandalizado. A partir de ese día me avergozaba tanto que ya no pedía tortilla. Era un desafío continuo. Mi vida era como un campo minado y yo, lentamente, película tras película, cena tras cena, era cada vez más parecida a la mujer que siempre había soñado ser".

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