"Soy como una Vogue boliviana"

El fotógrafo, diseñador y creador de espacios culturales presenta su nueva muestra y critica los circuitos de arte actuales
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27 de septiembre de 2008  

De la Redacción de LA NACION

"Soy un tipo raro: como una especie de revista Vogue con onda boliviana." Así se define Sergio De Loof, diseñador, fotógrafo, decorador autodidacta y artífice de recordados espacios como Bolivia, El Dorado, Ave Porco y El Morocco, reductos de artistas y proyectos culturales under en Buenos Aires durante las décadas de 1980 y 1990. Con cuadros y fotografías de aquellos años que había guardado en casa de sus padres y hacía tiempo que no veía, De Loof inauguró una muestra en la galería Canasta a la que no por casualidad llamó Orden . Se trata de su primera exposición desde la salida del libro El buscador , en 2004, que reúne retratos de familiares, amigos como el chef Fernando Trocca y la galerista Teresa Anchorena y modelos ocasionales.

"Siempre que estoy en actividad me gusta guardar imágenes, bocetos, objetos relacionados con lo que hago en ese momento. Cuando me puse a ordenar todo lo que tenía archivado, me di cuenta de que había hecho muchas cosas y muy variadas: desfiles, performances , obras de teatro, producciones de fotos, diseño gráfico y de ropa. Me reencontré con mi pasado y con la base de toda mi historia. Así surgió Orden , que es una revisión alegre, no melancólica. Porque si hay algo que ahora quiero es pasarlo bien", asegura y mira a través de la ventana de su nuevo restaurante a una mujer que pasea a su perro. De fondo, se escucha un viejo disco de Caetano Veloso.

Siempre adelantado al estilo de cada época, De Loof pasaba música de Madonna y rendía culto al pop cuando aquí estaba de moda escuchar a The Cure y vestirse de negro de pies a cabeza. Años más tarde, cuando las fibras sintéticas y los colores rabiosos se impusieron en la vestimenta, él sorprendió con un desfile de trajes de baño de hilo natural tejidos al croché. Fue socio fundador de la revista Wipe , pionera entre las publicaciones gratuitas con información sobre la movida nocturna y sus diversos circuitos. También, uno de los primeros que abrió un local gastronómico-cultural en Palermo, El Diamante, mucho antes de que las firmas extranjeras se instalaran en la zona y el precio de los alquileres se triplicara. Ahora que ese barrio tiene nombres tan disparatados como "Palermo Dead" (en las cercanías de Chacarita), De Loof ya no lo elige. Al contrario: lo critica.

"El Diamante estaba en una casona art déco en la esquina de Malabia y El Salvador -recuerda-. Funcionó muy bien durante los dos primeros años. Cuando tuve que renovar el contrato, querían aumentar el alquiler mensual de 3000 a 9000 pesos. Cerré porque era imposible de mantener. Las grandes marcas se instalaron en Palermo por una cuestión de imagen, aunque no les vaya bien en esos locales. Suponen que hoy todo se puede comprar: la imagen, el contenido, la onda cool y moderna. Pero eso es superficial, vacío. No me interesa."

Alejado, entonces, del barrio que solía frecuentar cuando sólo se lo conocía como Palermo Viejo, De Loof abrió un espacio en una zona de Belgrano de casas bajas y edificios antiguos. Pipí Cucú, así se llama, tiene su sello: las paredes están decoradas con dibujos y recortes de revistas viejas, hay lámparas, muebles, mesas y espejos que parecen rescatados de algún mercado de pulgas. Ofrece té de jengibre, limón y menta mientras recorta flores de una Vogue ya casi desteñida. Cuenta que vive en la casa que era de sus padres en Hudson, provincia de Buenos Aires, y que viene sólo dos veces por semana a la ciudad. Recibe a los amigos en Pipí Cucú. Es como su oficina. "Estoy en un veraneo constante, en contacto con la naturaleza. Escribo y tengo siempre a mano un cuaderno Rivadavia tapa dura. Lo que más me interesa es bajar el arte a la vida real. Lo que menos me importa es la parte freak . Quiero ser un artista común, traducir los sentimientos y compartirlos a través del arte."

En la casa de unas tías recuperó viejos álbumes de fotos familiares. "Me encontré a mí mismo, a la cuadra de mi infancia, al club, al colegio, a la iglesia. Fue una vuelta a los orígenes que me dio material para la muestra", agrega. Enseguida aclara que no le gusta hablar del pasado, de los amigos que ya no están (como el actor Batato Barea y el fotógrafo Alejandro Kuropatwa) ni de los espacios que llevaron su apellido como signo de una época. "Eso fue intransmisible, único". Es todo lo que dice.

Cuando se le pregunta por los artistas jóvenes y el circuito de arte actual responde serio: "Hay mucha gente con entusiasmo. También hay mucho cheto estafador que vende burbujas de colores. Una de las cosas que más me desagradan hoy es que hay poca originalidad y demasiada copia. Palermo es el mejor ejemplo de eso. Ahora, que se impone el culto al dinero, yo prefiero a los artistas de antes, los que se embarran".

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