"Soy insegura y fácilmente impresionable, pero narro la vida sin engaños"

Semblanza íntima de una autora que hizo del aislamiento el fundamento de su singularidad y de su intransferible estilo
Livia Manera
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18 de octubre de 2013  

Decía Alice Munro en una infrecuente entrevista que nos concedió hace nueve años (puede decirse incluso que las entrevistas a Munro se cuentan con los dedos de una mano), que "cuando se crece en un lugar donde no tenemos rivales, una se hace una idea exagerada de lo que puede lograr en la vida."

Puede parecer una frase arrogante, incluso viniendo de una escritora que ha hecho cosas realmente excepcionales en la vida, sobre todo tras haber ganado el Premio Nobel de Literatura. Pero intenten imaginar el contexto en que creció esta reina del relato breve, que a los ochenta y dos años es la estrella más brillante de la literatura canadiense: una pequeña granja en una zona habitada por prostitutas y contrabandistas de alcohol, en los márgenes de una región del estado de Ontario Occidental. La vida social, inexistente. La madre, enferma de Parkinson desde los cuarenta años, debe ser asistida por su hija de doce. Vecinos llenos de prejuicios: metodistas, protestantes, presbiterianos, anglicanos. Una pésima escuela de campaña donde los varones te hacen la vida imposible. Y una educación fundada sobre la base de que si después de haber terminado de lavar, planchar, cocinar, ordenar y ayudar a la madre enferma, todavía te quedan ganas de hacerte la inteligente, tu padre te agarra a lonjazos con el cinto.

Lo cuenta Alice Munro en su último libro, Mi vida querida, en cuyos cuatro cuentos finales, "que no son realmente historias… sino que son lo primero y lo último que tengo para decir de mi vida". Y que por lo tanto ella misma anuncia como fragmentos autobiográficos, reveladores, por no decir directamente indiscretos, cuando en verdad contienen lo que de su historia ya habíamos entendido leyendo entre las líneas de las trece colecciones de cuentos anteriores: la cría de zorros y visones de su padre, que quebró durante la Gran Depresión; las aspiraciones sociales de su madre maestra, el impacto de la enfermedad, la hermanita menor que Alice fantasea con estrangular en su cuna, el deseo de escaparse de su casa. "Cosas que si hubiese puesto todas juntas en una ficción, habrían sido demasiado", escribe hoy Munro, contradiciendo la opinión de tantos escritores autobiográficos para quienes la vida no basta, y la página parece falta de color si no se le agrega un poco de inventiva.

De hecho, puede decirse que Alice Munro logró escaparse de su casa dos veces. La primera, cuando se casó, muy joven, y tuvo tres hijas, abandonó la universidad sin recibirse y vivió en Vancouver primero y en Victoria después, escribiendo como otro grande del relato, Raymond Carver, en las pausas de una vida doméstica que, como máximo, le permitía escribir narrativa breve. Y la segunda, cuando se divorció a los cuarenta años y pudo dedicarse verdaderamente a la escritura con el apoyo de su segundo marido, el geógrafo Gerald Fremlin, junto a quien se quedó hasta su muerte, hace pocos meses.

"Intenten entenderme. Mi marido y yo teníamos una regla: no permitir que nuestra vida y nuestra casa fuesen invadidas por nada que fuese resultado de mi trabajo", me había dicho Munro en la época de nuestra entrevista, para justificar el hecho de que, aunque había aceptado hablar de sí y de su libro de aquel momento, Escapada, prefería hacerlo por teléfono. Y cuando le preguntamos si vivir en las afueras de un pueblo de tres mil habitantes junto al lago Huron no la hacía sentirse aislada, ella respondió: "Si viviera en un lugar más grande, donde hubiesen otros escritores, creo que no los frecuentaría. Tengo una personalidad más bien impresionable, en el sentido de que me dejo influenciar fácilmente por las personas que tienen más carácter que yo. Para colmo, no soy una persona particularmente instruida, y mi apego a la escritura es un poco frágil. Si alguien me dijese que estoy por el camino equivocado y me diese argumentos convincentes, sentiría que debo dar un paso atrás. No cambiar de idea, sino dar un paso atrás, para reencontrarme con mi seguridad de escritora". Ésa es la fuerza de Alice Munro: no cambiar de idea, sino apostarlo todo a la propia singularidad fundada sobre el aislamiento. ¿Y qué ha surgido de esa forma de ir sumisamente contra las reglas? Un estilo "que debe ser como el agua transparente, y sincero, por más que un escritor no sea nunca sincero del todo". Se trata de una "indagación emotiva "que muestra lo complicadas que son las cosas, y sorprendentes, porque es así como yo veo la vida", dice Alice Munro.

"Quiero emocionar a las personas con sorpresas, pero no con trucos. Quiero que los lectores piensen: sí, la vida es así. Porque ésa es mi reacción frente a la literatura que más me gusta: una sensación de maravilla y asombro. No es el sentimiento de felicidad que te da un libro escrito para suscitar felicidad, sino una sensación de gratitud por haber visto la vida de un modo tan intenso, a través de la escritura".

  • Periodista cultural, la italiana Livia Manera ha realizado un importante proyecto televisivo de entrevistas con autores norteamericanos.
  • Traducción: Jaime Arrambide

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