Sublime obsesión

GINECEO Por Gustavo Ferreyra-(Sudamericana)-313 páginas-($ 17)
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12 de diciembre de 2001  

Tres mujeres, cuyas relaciones de parentesco no son fáciles de precisar -aunque la sombra del incesto pareciera definirlas-, habitan un departamento sórdido y desvencijado, un gineceo degradado donde priman la desconfianza, el rencor, las falsas alianzas. Son la abuela, la madre (o la tía) y la hija (o la sobrina); tres mujeres de generaciones distintas que tienen en común algo más que el lugar donde viven: las tres comparten un mismo modo de mirar el mundo, un mismo modo de razonar su estar en el mundo. Porque en estos tres personajes reaparece el rasgo ya distintivo de la literatura de Gustavo Ferreyra: la especulación obsesiva como la única manera que sus personajes encuentran para relacionarse consigo mismos y con los otros; la percepción paranoica de una realidad siempre amenazante, cuyo mecanismo se desconoce.

En Gineceo , como en sus dos novelas anteriores, El amparo (Sudamericana, 1994) y El desamparo (Sudamericana, 1999), y en su libro de cuentos El perdón (Simurg, 1997), actividades sencillas y cotidianas como asistir a clases en un colegio público, hacer trámites en una oficina municipal, realizar una llamada telefónica para participar de un concurso televisivo o cumplir con la visita al oculista de siempre, se convierten en operaciones morosas y difíciles, que generan vacilaciones y dudas en quienes deben realizarlas. El mundo siempre acecha y deviene, kafkianamente, en un ámbito confuso cuya lógica es inaprensible. Los personajes no ven -o ven muy poco (y no es casual entonces que Raquel, una de sus protagonistas, haya perdido un ojo)-, y manotean un soplo de sentido en aquello que creen entender a través de los circunloquios obsesivos de sus procesos mentales.

La comprensión del lector no es mayor que la de los personajes. El uso del indirecto libre sumado a un narrador en tercera persona, cuyo punto de vista es móvil, ya que asume sucesivamente las diferentes perspectivas de los personajes, torna imposible anclar una interpretación de los sucesos narrados, porque no hay una realidad externa con la cual confrontar ese conjunto de percepciones paranoicas. Y así como no hay un referente externo a los personajes, tampoco hay, en Gineceo , una construcción referencial del espacio o del tiempo. La acción de la novela transcurre en cualquier lugar y en cualquier tiempo, y la única precisión espacial que se menciona, la Plaza Independencia, no tiene un referente real, por lo menos en la ciudad de Buenos Aires.

Lo mismo sucede con la lengua del narrador, un lenguaje marcadamente no referencial, cuyas elecciones léxicas (por ejemplo, los verbos discurrir , barruntar , blandir , lamiscar , o los sustantivos ápice , baladronada ) enrarecen o perturban una aparente coloquialidad. En este enrarecimiento (de palabras, de situaciones, de espacios y de tiempos) se juega el mayor acierto de Gineceo. Porque en esa realidad levemente deformada, donde todo está algo desfasado, se instala lo inquietante e irrumpe lo siniestro.

En un reportaje reciente, Ferreyra sostiene que sus ficciones, más que contar hechos, despliegan obsesiones: "la obsesión, a fuerza de observar, es inteligente y da cuenta del mundo. La más fea obsesión puede acercarnos a la más hermosa verdad." En Gineceo no hay "hermosas verdades", pues no hay certezas. Las obsesiones agobiantes, los sufrimientos físicos, las perturbaciones psicológicas y las mutilaciones no son sino los modos desviados de dar cuenta de una realidad que es siempre opresiva y opaca. Sin caer en un realismo fácil, sin moralejas ni alegorías, la literatura de Gustavo Ferreyra es, sin lugar a dudas, una de las apuestas más fuertes en el mapa de la nueva literatura argentina.

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