Un filósofo alejado de toda ortodoxia

Su obra revolucionó la concepción clásica
Su obra revolucionó la concepción clásica
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25 de agosto de 2000  

Federico Nietzsche -nunca bien leído, reducido a esquemas o parcialidades- no encaja muy bien en el concepto ortodoxo de lo que es un filósofo. La exigencia clásica reserva la calificación para quien ha elaborado una doctrina y un sistema de pensamiento.

La dificultad de reconocer fácilmente en Nietzsche esos ingredientes radica en que ellos son dinámicos, no se instalan como un bloque fijo de ideas expuestas en determinado tiempo y lugar, sino que se mueven según el ritmo vital de quien las genera.

Si se sigue el discurso nietzscheano en distintas obras y momentos, se tiene el registro de un pensamiento en proceso. Y él mismo hubiera rechazado la configuración académica, precisamente por la actitud científica, sujeta a formalidades y sensateces. Nietzsche está situado en el lado opuesto: el conocimiento real es el inmediato, el de los poetas, opina, y razona que para acceder a él no es mal método "el desarreglo de los sentidos", como más tarde propondrá Rimbaud.

Su amistad y los diálogos que mantuvo con Wagner y Schopenhauer (terminará enemistados con los dos), están de algún modo presentes, por ejemplo, en "El origen de la tragedia", y el agravamiento de su enfermedad (la sífilis, contraída durante la guerra franco-prusiana, en la que actuó como camillero) da lugar a un libro más introspectivo: "El viajero y su sombra".

En 1882, Nietzsche conoció en Roma a Lou-Andreas Salomé, una bella joven rusa a la que le llevaba 18 años. Se enamoró de ella y vivió un amor extraño, convertido en algún momento en una menage a trois , cuando entró en escena el poeta judío Paul Ree. Quince años más tarde, Lou entabló un romance con Rainer Maria Rilke.

El abatimiento, tras la ruptura de la relación con Lou Salomé, sólo es superado volcando una elevada carga lírica -de tono casi místico o profético- en uno de sus textos más conocidos, "Así habló Zaratustra".

Sus otras obras (escribió más de una docena) de mayor predicamento son "Más allá del bien y del mal" y "La genealogía de la moral", que asombran a Europa, seducen por igual a anarquistas y buscadores de la verdad y, en los años del nazismo, dan alimento ideológico al creciente fanatismo de los "fuertes".

Frases como "Dios ha muerto" o las que anuncian el advenimiento del superhombre, la apología del poder y el dominio o su concepto del eterno retorno le acercan seguidores, pero también la acusación de ser mensajero del individualismo voluntarista, negador de la metafísica y la ética y alentador de los sistemas políticos autoritarios.

Este hombre rebelde, que había usado la filosofía para desacralizarla, que había amado la cultura helénica, valorado la experimentación personal por sobre la teoría y dado al mundo un punto de vista vital, polémico y también capaz de ser utilizado por el oportunismo, un día empezó a perder la razón y se puso a hablar con un caballo en medio de la calle.

En enero de 1897, su hermana Elisabeth lo instaló en un hospital para enfermos mentales de Weimar, en el que fue alojado por padecer "locura y parálisis progresiva", de lo cual había fallecido su padre. Murió allí, tres años después, hace hoy un siglo.

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