Un paraíso infernal

En Foster Catena, el colectivo Oligatega vuelve a apelar a la estética del remix para presentar, a través de múltiples soportes y materias, un mundo infantil en el que la violencia siempreestá latente
Daniel Molina
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16 de diciembre de 2011  

Todo lo que sucede primero sucede en el arte. El arte es el mapa que nos permite orientarnos (¡desorientándonos!) en la madeja del sentido -que es, también, del sinsentido-. Vivimos nuevas experiencias espacio-temporales: nuestra percepción (anfibia: ya que vivimos entre el mundo de los átomos y el de los bits) es como una premonición de lo que nos espera. Vivir (o pensar) hoy es dibujar el prospecto -en estado de constante reformulación- de lo que inventaremos. La realidad nunca fue tan fluida porque nunca tuvimos tantas herramientas para imaginar el mundo. Lo real es el ensayo en 3D de lo que estamos construyendo. En ese mundo, visto como campo de invención y de juego, se despliega la apuesta de Oligatega, un colectivo de artistas -Mateo Amaral, Maximiliano Bellman, Alfio Demestre y Mariano Giraud- que, en Domótica Ameba , genera una muestra de extrema complejidad conceptual con mínimos recursos usados al máximo.

El medio-mensaje (o el soporte, o la dimensión material) de Oligatega es el remix , como si fueran DJ de lo real. Sus obras recurren no sólo a múltiples soportes y materias sino, especialmente, a distintos estados de ánimo y evocaciones mentales. Aunque su experiencia se materialice en algunas obras (objetos, dibujos, fotografías intervenidas, hologramas trash , máquinas deseantes), lo que ellos proponen es del orden de lo inmaterial. La tecnología de Oligatega es claramente low-tech . No hay un hardware de última generación. Las máquinas que usan son desechos de una cultura pasada, reciclados.

Pequeños dibujos trazan los mapas de un territorio imposible de resumir y de coordinar. Como la ameba que se desplaza por esos falsos pies que son las extensiones de su propio cuerpo viscoso, la propuesta de Oligatega es un cuerpo en estado de arrastre, falsamente disperso: las obras de Domótica Ameba funcionan como fragmentos visibles de una energía en estado de alucinación. ¿Cómo resumir lo imposible? ¿Cómo narrar un mundo de sinsentido que se opone militantemente a toda épica?

Los dibujos, las fotos, los hologramas, todo refiere a un imaginario infanto-juvenil. Se trata de ese paraíso infernal en el que la vida sólo puede ser vista como una lucha violenta por encontrarle sentido al absurdo de haber nacido. Violencia es la palabra clave. La iconografía de Oligatega alude a un muestrario de imágenes tiernas, infantiles. Es el dibujo liberado de la obligación de explicar su propio sentido. Pero esa iconografía es la pantalla (o, mejor dicho: la máscara) tras la cual imaginamos -ya que no podemos ver- un cuerpo monstruoso. En esa dialéctica de lo tierno y lo monstruoso se juega la experiencia Oligatega: violencia en estado latente.

Domótica Ameba es una ironía, una máscara y también un homenaje a esa maquinaria falsa que es el sentido de la época. Creemos vivir en el presente. Damos por sentado que tal producción industrial, tal tecnología, tal disposición del espacio y tal forma de comportarse conforman nuestra cultura contemporánea, pero es en la percepción futura (cuando este presente sea pasado) donde nos vemos. Nunca somos contemporáneos de nosotros. La máquina mental Oligatega (más que un colectivo de artistas, Oligatega es un constructo conceptual) produce lo que apenas podemos imaginar: cómo seremos cuando ya no seamos. Dibuja la imagen posible que quedará de nosotros cuando seamos pasado. Y hablando de este presente, genera el futuro. El único futuro que existe: el que nunca será pasado, el que siempre está por venir. El que jamás llega. La promesa.

Ficha. Domótica Ameba de Oligatega en Foster Catena (Honduras 4882, 1er piso), hasta el 30 de diciembre

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