Un rioplatense sin fronteras

Las obras de Pedro Figari en la colección Blaquier, contenidas en un volumen de noble factura
Las obras de Pedro Figari en la colección Blaquier, contenidas en un volumen de noble factura
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4 de mayo de 2003  

Será tal vez la inmesidad del Río de la Plata, esa pampa de agua que une dos costas de un mismo espíritu, la que le ha dado a la obra de Figari una proyección universal. Sus pinturas, obra tardía de un abogado maduro, tienen seguidores en todas partes del planeta. Mucho antes de que se hablara del mercado global, el oriental era un artista con coleccionistas en Buenos Aires, Londres, París y Nueva York. Su manera personal de pintar ha vuelto su producción tan inconfundible, como lo son las obras del aduanero Rousseau o las de nuestro Cándido López, dispuesto a empezar de nuevo pintando con la mano izquierda, luego de haber perdido la derecha en la guerra con Paraguay.

Figari, Colección Carlos Pedro Blaquier y Nelly Arrieta de Blaquier , contiene las obras que integran esta prestigiosa pinacoteca privada argentina, un texto crítico del paso de Figari por Buenos Aires, datos biográficos y un compendio bibliográfico imprescindible para profundizar en su obra. La investigación y edición a cargo de Martha Nanni confirma el profesionalismo de la crítica y curadora, con vasta experiencia en nuestro país y en Europa. Tiene razón Carlos Pedro Blaquier cuando afirma que Figari expresa con belleza y talento la esencia de la sociedad rioplatense que lo vio nacer. "Pocos han sido capaces de reflejar tan acertadamente la psicología de sus personajes y el paisaje sutil, casi inasible, que es la Pampa", agrega el abogado y coleccionista.

Pedro Figari vino a Buenos Aires en 1921 prácticamente sin equipaje -ni afectivo, ni profesional-. Separado de María Castro, su mujer durante treinta y dos años, había cerrado su estudio de abogado y dividido los bienes. Acá, en el taller de la calle Charcas, hoy Marcelo T. de Alvear, inicia una nueva carrera, la de pintor, a la que entrega su tiempo y su pasión. El éxito llega de manera casi inmediata, y, también a él, lo sorprende. Es curioso, Figari se ve a sí mismo como un pintor costumbrista, retrata los candombes, el palito, la pampa, el ombú; sin embargo, la estatura de su arte trasciende al tema mismo y puede alcanzar una dimensión abstracta en los cielos alucinados de Campo o Noche serena.

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