Un secreto para Julia

El jurado integrado por María Esther de Miguel, Jorge Edwards y Tomás Eloy Martínez otorgó el premio La Nación de novela 1999 a Patricia Sagastizábal por su narración Un secreto para Julia , que la editorial Sudamericana lanzará próximamente. Acá se adelantan los primeros capítulos de la obra premiada. Es la historia de una mujer que fue secuestrada por las fuerzas paramilitares durante la última dictadura y que debió rehacer su vida en el exilio en Inglaterra.
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29 de marzo de 2000  

UN hombre de nacionalidad extranjera fue detenido el miércoles de esta semana, en la ciudad de Londres, en un operativo en el que intervinieron alrededor de veinte oficiales de policía y un número indeterminado de miembros de Interpol. El hecho ocurrido en Hobbes´ Place, un restaurante situado en Huntley y Capper, en el barrio de Bloomsbury, ha conmocionado a la opinión pública, ya que ni las fuentes policiales ni las gubernamentales (que se cree están interviniendo en el asunto) brindan a la prensa elementos que esclarezcan lo acontecido esa noche. Tampoco dan la menor pista acerca de la causa del arresto.

Se cruzan cables de agencias noticiosas en los que se aventura que el desconocido podría ser parte de una de las conexiones de contrabandistas vinculados con el affaire de armas Bonmayer, asesor del canciller en asuntos de Seguridad y Defensa. Hay otras versiones que lo asocian a una red de mercenarios, contratados para abortar el plan de paz en Irlanda del Norte. Son variadas las suposiciones. Para las víctimas del asalto -si cabe llamar así al hecho que se investiga- la situación fue demasiado confusa. Son nueve personas las que habrían estado presentes en el local; siete de ellas son miembros de una fundación, que presta servicios de consulta a partidos políticos y organizaciones no gubernamentales. Las otras dos son los dueños del restaurante, y por lo que consta en los archivos de la policía, es el primer hecho de violencia que se registra en el local desde que fuera cerrado en el año sesenta por un incidente causado por fanáticos de dos clubes de fútbol.

Dos personas resultaron heridas con impactos de bala y otra presenta lesiones en el rostro. La identidad del extranjero permanece en reserva, aunque ha trascendido que se trataría de un argentino, sobre el que pesa también un pedido de captura por parte de las autoridades francesas.

Yo estuve ahí y puedo develar un misterio, aunque no precisamente el motivo del arresto de ese hombre. Como no alcanzan las palabras para describir la naturaleza de ese sujeto, quizás deba limitarme a decir que en otras circunstancias, hace no muchos años, él detentaba una pequeña y sin embargo monstruosa porción de poder. Y la ejerció también conmigo. Quiso el destino o la fatalidad, palabra esta última más apropiada para referir el hecho, que ese sujeto volviera a invadir mi vida en este país. Me llamo Mercedes Beecham y lo que voy a relatar a continuación es parte de una historia compleja.

Aquella noche, irrumpió en el restaurante de Joyce con el objetivo de arrancarme un dato al parecer muy importante para él. En un estado de notable excitación y armado con un revólver obligó a mis amigos a acostarse boca abajo en el piso y a mí me empujó contra la barra. Enseguida, comenzó a pronunciar un discurso penoso, cambiando la naturaleza de los hechos ocurridos en mi país, hechos que lo habían tenido a él como uno de los tantos ejecutores.

¡Maldito!, rumié en silencio, mientras lo escuchaba explayarse como un político seductor, como si estuviera hablándole a un auditorio de ignorantes. Luego se detuvo con apremio a mi lado. Con un tono amargado, lleno de furia contenida, me anunció que se había cansado de mi juego. Era evidente que se hallaba arrinconado por la necesidad de conocer el enigma que sólo yo podía develarle. Aunque al constatar que yo no respondía a la exigencia, me puso las manos en el cuello y comenzó a hacer presión. Bajo su mirada insensible, comencé a desmayarme. Pero hábil en estos menesteres, se dio cuenta a tiempo. Sólo fue necesario que soltara el dedo índice y el pulgar, y pude respirar. Cuando por fin logré recuperarme un poco y a pesar del miedo vibrando en mis entrañas, le escupí con desprecio que ignoraba la respuesta. Lo vi contrariarse, alcancé a divisar un gesto de profundo desagrado, un segundo antes de sentir una trompada en mi rostro.

Después todo fue confuso. Oí gritos, el sonido de cuerpos trabados en lucha, el ruido de vidrios rotos. De pronto, sonaron dos disparos y enseguida divisé a Peter y a Todd tirados en el piso. Vi la sangre y a ese hombre con el revólver en la mano. De ahí en más, sentí que acudía a mi cuerpo todo el odio acumulado. Me abalancé sobre él, no puedo precisar de qué forma logré apoderarme del arma. Creo recordar, sí, haber contemplado con desconcierto el revólver y haber evaluado la posibilidad de permitir que Eric u otro se hiciera cargo de la situación. Pero ya no podía hacerlo.

Entonces retrocedí hasta el centro del local. Me encontré con su mirada displicente, por su frente caían unas gotas obscenas, ¡estaba transpirando! Le exigí que se disculpara con los demás. En cambio, soltó una carcajada que me resonó tan conocida como lejana. No pude con mi asco, junté los brazos y afirmé el arma con ambas manos. Esperé un instante y luego disparé. Cuando percibí el sonido de la bala atravesando el espacio, quise detener el tiempo. En décimas de segundo alcancé a hacerme la pregunta que tanto me había torturado durante años: ¿Podría reparar lo que él me había hecho matándolo?

No obstante, ni bien salí del aturdimiento, comprendí que sólo lo había herido en una pierna. Llegué a presenciar cómo se resbalaba y caía por las escaleras linderas al sótano. Me llegó la voz de Eric. Sentí sus manos apresando las mías, noté que el revólver se deslizaba de mis dedos, escuché pasos, el murmullo de mis amigos moviéndose en la oscuridad. Me ganó un tremendo cansancio y unas ganas de llorar me raspaban la garganta. Aun así me acerqué al rellano de la escalera y comencé a descender lentamente hasta que estuve a centímetros de ese cuerpo doblado en forma grosera. Ya le habían atado las manos por detrás de la espalda. Yacía desmayado con los ojos abiertos. Después sabría que para evitar el disparo se había movido, y al hacerlo se había golpeado la nuca contra el vano de la puerta cercana a la barra. Fue extraño lo que me sucedió. Tuve la necesidad de demorarme en su rostro. La misma nariz aguileña, la piel blanca y esos ojos de un color ambiguo, mezcla errónea de azul con gris plomo. Me detuve en esa inspección apenas unos instantes, había bajado con otro propósito. Las manos me temblaban, pero yo debía cerciorarme. Hurgué con desesperación en sus bolsillos. Allí estaban su pasaporte, otros documentos de identidad, varias tarjetas de crédito y dinero. Había una medallita de la Virgen Santa prendida en el interior de la solapa del gabán. Finalmente, encontré lo que estaba buscando: las fotos. Sentí escalofríos cuando descubrí una de Julia. Estaba en un parque con Micky y con Shelley; parecían estar conversando. En un sobre, encontré otras de Julia, de mí, de mis amigos. Luego, dejé casi todo en sus bolsillos y subí las escaleras llorando; recuerdo a Todd abrazándome y voces desconocidas, el alboroto de la policía que acababa de hacer su entrada al local.

Todo terminó, me repito. Ahora puedo pensar en el futuro sin sentir que alguien me acecha. La casa está en silencio, veo el cielo por la ventana, alberga nubes en su seno, pero eso ya es costumbre en esta isla. Quizá deba tener paciencia;es pronto para sentir la paz en mi cuerpo.

Han transcurrido unos días, y he tenido tiempo para pensar, para reconstruir las ominosas escenas que intenté dejar atrás durante años. ¡Qué incomprensible! El hombre que arrasó con mi identidad, con la de mis amigos y compañeros fue arrestado como un ladrón o contrabandista; en cualquier caso, rótulos o matices de cierta clase de delitos. Ahora, mientras observo el pavimento mojado y los árboles de la plazoleta que se mecen lánguidamente en un amanecer de desencanto, no puedo evitar cierta desazón. No va a ser juzgado por los otros crímenes, los que tienen estrecha relación con un pasado siniestro. Y ¿qué puedo sacar en claro de ese desenlace inesperado? Gente con poder lo metió en mi vida, ahora otros poderosos lo sacan de ella. Así de azaroso, así de inconcebible.

No he podido encontrarle una explicación a lo que me ha tocado vivir, una simple, claro está. Me vienen a la boca conjeturas mías, de otros, qué importa ahora. Son éstas acerca del impune, una clase de ser humano que no llega a sentirse vulnerable. Alguien a quien el desprecio por el destino de los demás le impide entrever su final. La realidad debe ser, para esa clase de personas, la que ellos deciden que sea. Incluso, tal vez exista un instante en el que la conciencia o el alma, nombre de una zona viscosa en la que residen los valores humanos, se abre paso entre la carne, desconoce los sentidos y se escurre como un resplandor, para tornarse algo etéreo, capaz de ser olvidado para siempre. Entonces... claro, el fracaso debe de resultar una cuestión inimaginable. Si existe un umbral que divide las buenas de las malas acciones, y se traspasa una vez, y luego otra, quizás llegue un momento en que ya no importa la diferencia.

Pero ahora debo ocuparme de mi vida, la que quedó suspendida durante estos días. Hoy a las siete de la tarde, presentaré mi libro en la universidad. Imagino las caras de ese auditorio y se me juntan con el último gesto de Julia.

En unas horas deberé partir, pero no puedo enhebrar ningún otro pensamiento o alguna frase distinta más que aquellos relacionados con mi hija. Tengo en el regazo una de las muñecas de Julia; le acaricio el pelo como si fuera ella. Deseo con toda mi alma verla entrar por la puerta y poder abrazarla. Necesito que me perdone. No puedo irme sin verla, la necesito.

Porque ahora Julia conoce la verdad. Y aunque suene extraño, siento como si me hubiesen arrancado el sentido de la existencia. ¡Tantos años guardando un secreto! Pensando e inventando subterfugios con el objetivo de eludir la intolerable respuesta. Y llegó el momento en que mi hija no consintió otro titubeo o mentira de mi parte. Tuve que hablar, revelarle lo que ocultaba. Fue una recapitulación de mi vida y de la suya. Algunas escenas, las palabras necesarias para traducir el enigma, fechas, nombres y lugares, emergiendo a la superficie. Acude a mi memoria su rostro: no expresaba alborozo, sólo una serena cavilación. Hubiera necesitado aclararle que ese relato no podía transmitirle una realidad demasiado arbitraria. Imposible abarcar todas las motivaciones, ni siquiera la íntima contradicción que me mantuvo callada durante todos estos años. Mi conducta fue irracional, no puedo negarlo. Julia rastreó los datos en cada palabra, en cada gesto mío. Escuchó hasta el más pequeño detalle de mis argumentaciones. Después, expresó su necesidad de reflexionar a solas. Mientras la veía salir de casa con su pequeño bolso, quise detenerla, pero no lo hice. Ahora sé que nunca dejé de sentir miedo por ella, también por mí. Los últimos acontecimientos me hicieron recapacitar sobre mi conducta: culpé a Julia de mi destino, la ubiqué en ese lugar de la memoria donde la obsesión aleja cualquier posibilidad de entendimiento.

Claves

  • Formación: Patricia Sagastizábal nació en Buenos Aires en 1953. Es abogada, egresada de la Universidad de Buenos Aires. Trabajó como animadora cultural y como editora en Eudeba.
  • Obras: Sagastizábal es autora de cuentos y de piezas de teatro. En 1997, la editorial Sudamericana publicó En nombre de Dios , una novela histórica, fruto de un trabajo de investigación muy preciso, que se desarrolla en las misiones jesuíticas en el primer cuarto del siglo XVII. El protagonista es un sacerdote, Antonio Ruiz, inspirado en la figura de Antonio Ruiz de Montoya, un personaje real. El relato entrelaza hechos sucedidos y otros imaginarios.
  • Repercusión del premio: aun antes de publicada, Un secreto para Julia , la novela de Sagastizábal premiada por La Nación , suscitó un fuerte interés en medios editoriales extranjeros. Ya se han firmado contratos para que la narración aparezca en los Estados Unidos y en Inglaterra, donde los derechos fueron adquiridos por la editorial W.W. Norton, y en España, donde el libro aparecerá con el sello de Plaza & Janés.
  • Realidad y ficción: en esta nueva novela, Sagastizábal, una vez más, narra la vida de un personaje imaginario en circunstancias históricas concretas. En este caso, no eligió el pasado remoto, como en su primera novela, para desarrollar el destino de sus criaturas, sino los años de plomo de la dictadura militar. La trama que cuenta en Un secreto para Julia llega hasta la actualidad. Las peripecias que debe afrontar la protagonista resumen de un modo arquetípico los hechos que muchas mujeres reales padecieron durante uno de los períodos más duros de la historia nacional.
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