Un verismo quebradizo y puntilloso

Walter Cassara
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5 de junio de 2010  

La furia de la langosta

Por Lucía Puenzo

Mondadori

232 Páginas

$ 5

Dicen que la carne de langosta tiene un sabor único y exquisito, quizá como recompensa al horrendo espectáculo que ofrece servida en un plato, o acaso porque suele echársela a la olla medio viva, provocando temblores de canibalismo en los pétreos paladares que se animan a engullirla. En la Argentina de la década pasada, este pobre crustáceo de largas pinzas se granjeó una injusta fama de predador desenfrenado, tal vez porque, al igual que el sushi, se convirtió en la contraseña gastronómica de los nuevos ricos de turno. Vale también decir que se convirtió en sinónimo de lavado de dinero, conglomerados anónimos de empresas y negocios turbios vinculados a las cúpulas dirigentes.

Mucho más que el vulgar capitoste de un poderoso grupo económico, Razzani, el protagonista de La furia de la langosta es una auténtica máquina depredadora cuyos tentáculos se extienden en silencio a todo lo largo y ancho de la "patria financiera". Aunque en la novela de Lucía Puenzo (Buenos Aires, 1976) nunca se lo mencione, Alfredo Yabrán parece ser el modelo "vivo" en quien se inspira la figura de Razzani, un empresario inescrupuloso y de bajo perfil que adquiere, de pronto, una controvertida resonancia pública -y una segunda vida y una muerte mediáticas-, cuando un no menos controvertido periodista divulga sus negociados mafiosos en un programa de televisión. La sombra en que se transforma el empresario se refleja, como en un espejo convexo, en su hijo Tino, que asiste al desenmascaramiento y el derrumbe de su padre a través de las noticias que le llegan por la televisión y de los insidiosos mensajes de texto que recibe de una compañera de colegio de la cual está perdidamente enamorado y que resulta ser la hija del conductor del programa que ha ventilado los oscuros negocios de su padre.

No obstante las obvias similitudes con el Yabrángate (de hecho, se reproduce una frase textual del empresario: "Hacerme una entrevista a mí es pegarme un tiro en la cabeza"), en La furia de la langosta se vuelve a contar la historia desde una perspectiva psicológica o intimista, dejando de lado los infinitos recovecos policiales y las repercusiones sociales del caso, para concentrarse en la vida cotidiana de la mujer y los hijos de Razzani, de sus sirvientes y sus custodios privados. De esta manera, los detalles, las locaciones y los sentimientos de los personajes tienen un tratamiento destacado, en una escritura neutra e hiperrealista, que gira como un satélite remoto en torno a un verismo de maqueta, quebradizo y puntilloso.

Mal que pese, la década de los noventa, vista en retrospectiva, parece ser una cantera mítica inagotable. La furia de la langosta abreva en las fuentes de una historia por todos conocida, que ha rebasado los tupidos expedientes de corrupción de la época y ya forma parte de un vasto imaginario colectivo. El único problema es que Puenzo ha salido, en este libro, a correr detrás de una presa muy grande, tratando de embalsamar lo real en una esencia purificante, en pos de una verosimilitud de inventario que, paradójicamente, no vacila, hacia el final, en acudir a unos misteriosos duendes benefactores del Pilcomayo para cerrar las heridas y apaciguar los conflictos de la historia política argentina reciente.

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