Una conciencia desesperada

Con la excusa del entierro de su padre, la protagonista de Apostoloff, novela de la alemana Sibylle Lewitscharoff, realiza un despiadado viaje por Bulgaria
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25 de febrero de 2011  

APOSTOLOFF

Sibylle Lewitscharoff

Adriana Hidalgo

Trad.: Claudia Baricco

338 páginas

$ 79

¿Cómo se puede ser búlgaro? Tal parece ser la incógnita que, parafraseando lo que dijo Montesquieu sobre los persas, tiene en vilo al personaje central de esta novela, una joven mujer alemana, ácida y mordaz, que viaja de Alemania a Bulgaria como parte de un extravagante cortejo fúnebre de trece limusinas. Lleva con ella los restos de su padre, quien integró un grupo de exiliados de los años cuarenta, que ahora, tras pasar a mejor vida, son enviados de regreso para que reciban sepultura en su tierra natal.

El recorrido turístico que la mujer emprende tras cumplir con su objetivo, cuando sale a conocer los sitios más atractivos del interior de Bulgaria, desencadena una furiosa andanada de reproches contra la memoria de ese hombre, de esa figura oscura y al parecer indiferente, que según recuerda nada aportó a su vida, y que por si eso no bastara, se terminó suicidando cuando ella era sólo una niña.

No es mucho más lo que deja la trama de Apostoloff, de la novelista alemana Sibylle Lewitscharoff, ella misma descendiente de búlgaros, que nació en Stuttgart y reside en Berlín. Pues lo que importa en este largo relato en primera persona no es la sucesión de anécdotas que va suscitando el recorrido, sus diferentes etapas, sus poblados distantes y sus ignotos parajes. Lo que cuenta son las sensaciones, los sentimientos y, en especial, los más bien pérfidos comentarios de la protagonista, cuyo nombre ignoramos. Lo que sí sabemos de entrada es que en este viaje, a la vez interior y exterior, la irascible narradora se desplaza por las rutas de Bulgaria con la sola compañía de su hermana mayor y de un guía del país, Rumen Apostoloff, que le da nombre a la novela y que se esfuerza a cada instante en destacar, sin el menor éxito pero con imbatible esmero, las bellezas y los valores de su querida tierra y de sus nobles habitantes.

Ella, en cambio, lo ve todo con infalible pesimismo, lo tiñe todo con un halo de desprecio, sin un solo rasgo de compasión ni de aislada placidez. Pasea su mirada despectiva sobre la gente y los lugares, y va lanzando sarcasmos agresivos y demoledores a los oídos de sus compañeros de viaje, aun cuando en los mejores días su estado de ánimo podría ayudarla a traspasar las tinieblas del rencor.

"Hoy estoy de mejor humor, hoy me sienta bien que me paseen en auto. Y estoy contenta de ir en el asiento trasero, porque desde atrás puedo esparcir mejor mi veneno", resume la protagonista con su habitual mordacidad de serpiente, no mucho después de haber comenzado su nada grato itinerario.

Desde esa visión distorsionada por el recuerdo de su padre, ningún castillo, museo o cadena de montañas logrará su visto bueno. Bulgaria será un escenario lúgubre, una nación grisácea y decadente que según la narradora nunca se recuperó de los estragos de la era comunista, y que ahora sólo visitan "idiotas como nosotros [...] o esos románticos empedernidos nostálgicos del mundo socialista que saludan cualquier chapa carcomida por el óxido con una fina y sabionda emoción".

La novela va llevando al lector a través de los caminos y, mediante una rápida y deshilvanada sucesión de reflexiones, a través de la lucha de una mujer consigo misma y con sus fantasmas de la infancia, mal que les pese a Bulgaria y a los búlgaros, blancos inocentes de una conciencia desesperada.

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