Una herramienta útil en tiempos de crisis

Mariano De Vedia
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18 de diciembre de 2001  

Tal vez no sea novedad decir que el arancel escolar no asegura calidad de enseñanza. Pero es válido recordarlo, especialmente en tiempos en que la crisis obliga a ajustar gastos y a optimizar los pocos recursos que la gente hoy tiene en sus bolsillos.

En general, los ranking de escuelas son muy mal vistos en el ámbito educativo, porque se considera que no puede ser ésa la finalidad de los operativos de evaluación. Son la máxima expresión de la exaltación de la competencia.

Al margen de los desajustes que puede mostrar su aplicación -nunca quedaron aclaradas las denuncias por un manejo poco transparente de las pruebas-, se piensa que los exámenes para medir la calidad educativa están pensados para detectar las deficiencias del sistema escolar y definir qué cosas hay que corregir en favor del aprendizaje de los alumnos. En suma, para diseñar políticas, objetivos de largo plazo.

Por el contrario, la esencia de los ranking apunta a fines más marketineros y a golpes de efecto.

No obstante, sin llegar a consagrarlos como una verdad absoluta, el análisis de la clasificación general de las escuelas puede ser un instrumento útil para medir la relación entre lo que uno aporta (el pago de las cuotas) y el resultado que recibe (la formación de sus hijos). En Estados Unidos, por ejemplo, no se concibe el ingreso a una universidad sin detenerse a analizar cómo se ubica su nivel de enseñanza en relación con las demás.

El mercado y la educación

En el mundo de la educación hay una tendencia a desechar la aplicación de los mecanismos de mercado cuando se habla de la calidad de enseñanza y del aprendizaje de los niños. Pero los sectores de la enseñanza privada no rechazan con la misma fuerza el concepto del mercado al referirse al derecho de los padres a la libre elección del colegio de sus hijos.

En ese sentido, la difusión de los rendimientos alcanzados por cada escuela en las evaluaciones de lengua y matemática no viene a alterar las reglas de juego, sino a otorgar mayores elementos a los padres a la hora de definir esa elección.

Asimismo, si bien se detectan casos en los que colegios muy costosos no tienen el mejor rendimiento, en general la enseñanza privada no sale muy mal parada en los resultados de las pruebas: entre las 50 escuelas que alcanzaron el mejor resultado en lengua, 41 son privadas (el 82%).

Es válido preguntarse, sin embargo, por qué en ese porcentaje de escuelas con mejores resultados no están ubicados los colegios más caros.

Una respuesta aproximada es que eso podría ocurrir porque los establecimientos -y las familias que envían allí a sus hijos- no ponen las mayores energías y expectativas en el aprendizaje de lengua y matemática, las dos disciplinas centrales en la formación de las personas.

La directora de una de las escuelas afectadas, que pidió reserva de su nombre, argumentó que las pruebas del Ministerio de Educación sólo miden el rendimiento de lengua y matemática, sin interesarse en el aprendizaje de otras disciplinas fundamentales, como la enseñanza de idiomas.

Un público exigente

Así, los niveles de inglés, el desarrollo del deporte, las condiciones edilicias, el acceso a Internet, la formación religiosa, serían ofertas que atienden con fuerte dedicación las demandas de un público exigente, que no sólo se contenta con el rendimiento en lengua y matemática.

En palabras del especialista en educación Guillermo Jaim Etcheverry, ello pondría en evidencia que "muchas de las familias que concurren a los colegios más caros se preocupan más por los servicios que ofrece la institución que por la calidad educativa". Las expectativas sociales estarían, entonces, por encima de las aspiraciones académicas.

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