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Una mujer de dos siglos

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3 de febrero de 1999  

HACE veinte años, el último sábado de enero de 1979, en una de las mañanas más luminosas de aquel verano, Victoria Ocampo abandonó su jardín, su casa y el mundo, después de haberlos habitado casi ochenta y nueve años. En la hora actual, cuando circulan cientos de "héroes" de papel, movidos por las mejores propuestas de un mercado dominado por la avidez de intereses materiales y del éxito fácil, su trayectoria es un ejemplo de generosidad al servicio de la educación, de la cultura y del mejoramiento de las condiciones de vida de las mujeres.

Nacida en un hogar patricio gozó de los beneficios que dan el dinero, una excelente educación y la devoción de una familia cariñosa, pero, al mismo tiempo, padeció las infinitas restricciones victorianas ejercidas sobre las mujeres en nuestro país a comienzos de siglo. Nunca habló a solas con su novio, antes del matrimonio, ni siquiera por teléfono; fue así como se casó con un desconocido. Jamás salió a la calle si no estaba "convenientemente" acompañada. Cuando, a fuerza de ruegos, consiguió, asistir como oyente a la universidad, lo hizo con una respetable señora que se aburría de muerte oyendo las clases de filosofía de Henri Bergson o a Monceaux hablando de San Agustín.. Conociendo el padre su amor por el teatro, le aclaró que si alguna de sus seis hijas (Victoria fue la mayor) subía a un escenario, "ese día se volaba la tapa de los sesos". La mujer separada de su marido se convertía en paria; dependía del padre, del marido o del hijo varón. Una escritora era poco menos que una perdida y el día en que, ya con treinta años, Victoria publicó su primer artículo, los padres se mostraron muy desagradados. Pero nada pudo torcer su voluntad y su pasión por el conocimiento, el arte y la literatura.

En 1931 fundó la revista Sur , que apareció ininterrumpidamente durante cuarenta años, y en 1933 la editorial que se estrenó con el Romancero gitano de García Lorca. Por supuesto, Victoria, la revista y la editorial tuvieron enemigos desde el principio. Después del golpe militar de 1930, la Argentina fue arrastrada poco a poco a una actitud nacionalista que fomentó el proteccionismo cultural y Sur nadaba contra la corriente porque el lema de Victoria fue: "no hay más pasaporte que el talento". Y el talento incluía a escritores de todas las nacionalidades y credos políticos y religiosos: gente de izquierda, de derecha y de centro; católicos, protestantes, musulmanes, budistas, agnósticos y ateos: de Borges a Ezra Pound, de Eliot a Malraux, de Camus a Henry Miller, de Thomas Mann a Onetti, de Cortázar a Bioy y a Sabato, de Pepe Bianco a Heidegger... Sur significó mucho en aquellos años para los jóvenes; lo dijeron Julio Cortázar, Vargas Llosa, Octavio Paz. Hasta el mismo Neruda, luego de varios "malentendidos", algunos de muy mal gusto... Y así Victoria fue acusada de fascista y de comunista alternativamente.

Nadie se preocupó tanto como ella por elevar la condición de la mujer. En 1936 fundó la UMA, Unión de Mujeres Argentinas. Su prédica alzó a veinte mil mujeres que, con su presencia en las calles, impidieron la promulgación de una ley que las reducía al estado del deficiente mental, incapaz de manejar sus bienes y su persona.

Generosa en todos los sentidos, hospedó, cuidó y ayudó a enfermos, desposeídos y necesitados; en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial envió tres toneladas de ropa y alimentos a la Europa ocupada.

Mujer sin envidias, rencores ni resentimientos, su mentado mal carácter se reducía a arranques de persona impaciente que terminaban apenas comenzados. Conservó hasta el final la capacidad de admirar y alabar el talento ajeno. Le gustaban el cine, el teatro, la música, los árboles, el mar, le gustaba el universo. A los 74 años y cuando los Beatles todavía no eran famosos ni siquiera conocidos, ella los elogió sin retaceos y pronosticó que marcarían una época.

Estoica por naturaleza, no se lamentaba. Pocas veces mencionó su período de reclusión en la cárcel de El Buen Pastor durante el primer gobierno de Perón para quejarse y jamás se refirió al sufrimiento físico provocado por el cáncer que padeció durante 16 años hasta su muerte. Tímida, sólo aceptó su lugar en la Academia Argentina de Letras para abrir sus puertas a las mujeres. Donó su casa a la UNESCO para que fuera conservada como refugio de cultura. Escritora y cronista de su mundo, con un estilo criollo y lleno de humor y gracia, dejó diez tomos de Testimonios y seis de Autobiografía . Trabajó hasta el final y su última tarea fue la más humilde de las labores intelectuales: traducir.

Borges dijo de ella: "Se dedicó a la educación de su país y de su continente. Y en una época [...] donde las mujeres eran genéricas, tuvo el valor de ser un individuo". Pero también fue algo más. Fue una conciencia ética que buscó lo mejor del espíritu y lo regaló a su tiempo.

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