Una nueva disciplina

INTRODUCCION A LA MEDIOLOGIA Por Régis Debray-(Manantial)-Trad.: Núria Pujol i Valls-287 páginas-($ 19)
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22 de agosto de 2001  

"Para fundar una disciplina no alcanza con inventar un término", concedió astutamente Régis Debray cuando lo urgieron a caracterizar la mediología, nueva área de estudios que intenta imponer en los medios académicos. Y el intelectual que en los años 60 acompañó al Che Guevara y en los 80 a François Mitterrand ensayó enseguida, si no una definición, al menos una descripción: "Bajo este nombre se ha agrupado, con el correr de los años, una variedad de investigaciones originales en las que se cruzan filósofos, historiadores de la técnica, expertos en estética y estudiosos de la comunicación informática".

Con acta de bautismo en 1979 -Debray utilizó el término por primera vez en su libro El poder de los intelectuales - y consagración en los medios académicos en abril de 1996 -fecha inaugural de los Cahiers de médiologie , publicación semestral que reúne los trabajos de la especialidad-, la mediología se suma al auge de los estudios de comunicación, que se inició en la década del 50 y parece no haber alcanzado todavía su máximo límite expansivo.

El mismo Debray reconoce que la propuesta es tardía. Por eso, en Introducción a la mediología , manifiesto de la nueva disciplina, dedica las páginas iniciales a diferenciarse de las especialidades que tienen copado el campo de estudio que aspira a conquistar, como la semiótica o la sociología de los medios.

La Introducción... es, según la clasificación del propio Debray, su octavo libro "mediológico". Lo cierto es que se nota aquí una relativa madurez de las ideas y una estrategia de batalla elaborada, que consiste en rodear y engullir a sus rivales.

El francés toma distancia primero, alejándose hacia la historia. Así, dice: "La mediología no se ocupa de la comunicación (que consiste, meramente, en Ôtransportar una información dentro del espacio´) sino de la transmisión, que permite Ôtransportar una información dentro del tiempo´".

Su segundo movimiento, el de ataque, tendrá la franqueza retórica que corresponde a un provocador permanente: "Podemos, pues, considerar los estudios de comunicación como un país que se ha explorado ya exhaustivamente y que hay que reinsertar en un continente poco o mal localizado pero del que ya se adivinan las dimensiones". La mediología, entonces, vendría a poner en perspectiva los estudios ya realizados.

Los conflictos de límites con la historia y la psicología, entre otras áreas, se resuelven más civilizadamente. En el libro, sin embargo, queda espacio para otras polémicas. La más importante, cuyos ecos cruzan todos los capítulos, es la que mantiene con los medios masivos. Debray se lamenta: "Vivimos una borrachera de información cuya resaca ocupará sin duda al siglo en que entramos". Más adelante, se escandaliza: "[...] en un momento en que la Tierra entera puede seguir simultáneamente el Mundial de fútbol por la tele (sincronía), Racine o la Pasión de Cristo se convierten en letra muerta para los escolares de Francia (diacronía)".

En franco conflicto con el presente, el último capítulo está dedicado a responder a quienes creen que Internet lo cambiará todo. Sobre el final, el francés se define en tanto que "mediólogo": "A cada sonido de trompa Ô¡moderno, moderno!´, buscaremos más lo olvidado o lo vetusto que lo hipernuevo; vamos, pronto, a reanimarlo (transformándolo, por supuesto, ya que lo antiguo nunca vuelve como tal)".

En síntesis, la Introducción... es, además de referencia obligada para los estudiosos de la comunicación, una interesante propuesta de reflexión sobre distintos fenómenos culturales del presente y del pasado que un lector curioso sabrá disfrutar. Debray sabe captar públicos amplios. Para ejemplificar su metodología, apela a los hits de la cultura: llega hasta Internet, pero arranca con una sugestiva revisión de los orígenes del cristianismo desde la perspectiva de sus condiciones de difusión; da su opinión sobre la revolución de la imprenta, primero, y sobre el nacimiento de los diarios, después; pasa por Marx y por Freud; polemiza con McLuhan o, mejor dicho, con su vulgata (uno de los capítulos se titula "El medio es el mensaje").

La traducción, de Núria Pujol i Valls, es deficiente. Ante la evidencia de neogalicismos imperdonables ("negligible", "friable", "anglicisar") y de algunas confusiones ("exit" es traducido como "éxito"), muchas veces el lector se pregunta si lo que está leyendo es lo que escribió el autor. Afortunadamente, en la mayoría de los casos, la contundencia y la argumentación redundante del propio Debray vienen al rescate.

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