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Una poética de la incertidumbre

La publicación de los Cuentos completos (1957-2000) de Juan José Saer (Seix Barral), que incluye cuatro relatos inéditos, pone en circulación uno de los grandes libros de la literatura argentina. La desesperación y la distancia, la construcción de la subjetividad, el prodigioso trabajo del tiempo y del espacio, son las marcas de la obra saereana que, para la autora de Tiempo presente , constituyen la radical originalidad del escritor santafecino
Beatriz Sarlo
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28 de noviembre de 2001  

Él pensó que otros hombres, antes que él, habían creído conocer las redes reales de sus vidas, el tejido verdadero que las componía, y habían vivido de acuerdo a esa creencia, y que esa creencia los había hecho matar o amar, dormir durante la noche y levantarse con la primera luz del día ("El camino de la costa", 1964-1965).

Así que, mientras los mosquitos zumbaban, y todo el crepúsculo espeso y gradual zumbaba entre los árboles increíbles, entre la grave y cargada vegetación y la arena cambiante y pesada, y los gritos, quejidos y silencios prenocturnos, comenzados a oír poco a poco después de ese momento de la tarde inmóvil en que no hay luz, ni oscuridad, ni gritos, ni nada, ni se ve ni se oye nada, supimos cómo el viejo Arce compró en doscientos pesos a Rosita Rolón al propio padre de ella, Cándido Rolón, unos años atrás, en la vereda misma del hotel, llevándosela después para su casa. ("Palo y hueso", 1961).

Dos citas de Juan José Saer. Podrían ser otras porque, en verdad, es casi imposible decidirse en las más de quinientas páginas de sus Cuentos completos . Quisiera explicar a los lectores las razones de estas dos citas. Si pudiera hacerlo bien quizá resultara compartida mi opinión de que éste es uno de los grandes libros de la literatura argentina, pero no sólo de ella. También podría confiar en que el lector ya tiene esta opinión respecto de la obra de Saer, o en que las citas (lo cual es lo más probable) me eximen de una demostración más minuciosa. Sobre todo la segunda, la que se refiere a la noche en que un paisano viejo se lleva a una chica de quince años a su rancho, vendida por su propio padre, tiene una especie de evidencia que se resiste al comentario.

Sin embargo, estos cuentos de Saer no fueron leídos, cuando los publicaba un joven escritor de menos de treinta años, como los textos definitivos que el paso del tiempo obliga a reconocer. Ni siquiera los primeros "saerianos", que lo leyeron en pequeñas ediciones que casi todo el mundo pasó por alto y, como María Teresa Gramuglio o Ricardo Piglia, escribieron sobre él, adivinaban que lo que tenían entre manos formaría parte de este corpus compacto y perfecto. Saer ya es Saer en el último cuento de En la zona , ese texto llamado, con premonición, "Algo se aproxima", publicado en 1960, a los 22 años. De modo que "Algo se aproxima", el último de los relatos compilados en este volumen (que presenta los cuentos, cuatro de ellos inéditos, en un orden inverso al de su publicación, avanzando hacia el pasado), muestra hoy de qué modo la literatura de Saer estaba contenida en ese relato extrañísimo, donde se cuenta una larga noche, un asado, una conversación arborescente, miradas, ruidos y olores del verano santafesino.

La originalidad de Saer estaba allí pero quedaba casi oculta por su propia fuerza: se necesitaba tiempo para pensarla. Sin duda, en 1960 era más fácil subrayar la deuda con Borges de algunos de los relatos de aquel primer libro. También sería fácil señalar, en los libros siguientes, los grandes nombres de escritores que Saer ha leído: Proust, Faulkner, Chandler, el objetivismo francés, Pavese, Musil (las conversaciones de los cuentos de Saer son desordenadas y en apariencia banales como las de Musil, pero no transcurren en Viena sino en Santa Fe, lo que cambia radicalmente las cosas).

Pero volvamos a las citas del comienzo. La primera presenta el nudo filosófico de la literatura de Saer. Vivimos, hombres y mujeres, en un mundo que sólo podemos conocer aproximativamente, incluidos en tramas de las que sólo a veces captamos alguna lógica que tiende a disolverse en el momento mismo en que creemos aferrarla. Lo trágico es que esas "creencias", que no se fundan en ninguna prueba, impulsan los actos más extremos y las rutinas más triviales. A oscuras, hombres y mujeres recorren sus vidas sin llegar a tocar el "tejido verdadero", la malla que los suspende sobre un vacío.

Como los verdaderos pesimistas, Saer es también irónico. En muchos de estos relatos se mueven personajes en los que se combinan admirablemente la desesperación y la distancia. De este modo, la comprobación de que es poco lo que hombres y mujeres deciden sobre sus propias vidas está contada en episodios donde las decisiones y el fracaso de las decisiones se superponen con la objetividad de lo inevitable, sin ningún énfasis.

La trama cuyo "tejido verdadero" desconocemos se extiende en el tiempo, que es uno de los prodigios de la representación saeriana. Nadie como él ha puesto el tiempo como materia misma del relato. Su modelo experimental más extremo es "La mayor", de 1972, un texto donde la escritura es forzada hasta la extenuación para captar el desplazamiento de un cuerpo en el tiempo. Todos los lectores de Saer lo recuerdan. Se trata de un texto desesperado, con un personaje desesperado que intenta captar lo que la escritura no ha trasmitido: el instante, el instante anterior a ese instante, el que lo sigue, su enlace, la imposibilidad de decidir cuándo este instante ya no es este instante sino que fue y ahora es otro instante.

Si "La mayor" es el experimento límite, otros cuentos rodean esa imposibilidad de formas muy diversas. Maestro de la descripción, Saer sigue el recorrido de un auto por la ciudad, el viaje de un pueblo a otro, el camino de una mano que se sirve un vaso de vino, las repeticiones de una conversación, los desvíos de la luz sobre el agua, el humo que sube de un brasero o las sombras de una lámpara que mutan sobre las paredes de un rancho, el destello del lomo de un pescado o el vaivén de un vestido floreado sobre las caderas de una mujer.

La segunda cita que he copiado dice también algo del tiempo en la forma del relato saeriano. Una frase hecha de dos partes, perfectamente enlazadas, pide una lectura lenta que permita captar de qué modo la historia no es sólo la de un viejo que ha comprado a una chica de quince años, vendida por su padre, sino también la de alguien que la cuenta, recordando la noche en que a él se la contaron. La venta de la chica y los ruidos de la noche son inseparables y la larga intercalación descriptiva es tan imprescindible como la comunicación del suceso. "Palo y hueso" es la noche en la costa, tanto como la historia del viejo, de la chica y de su hijo. La frase se expande hasta tocar un límite y, cuando el lector ya casi piensa que no va a concluir, se cierra con un golpe seco, en el relato brevísimo de un hecho brutal. Ese hecho, luego, será expandido en un diálogo donde el viejo recuerda, o inventa, la conversación con el padre de la chica; y más tarde, se sabrá que la chica todavía no ha sido pagada, que hay que conseguir la plata que cerraría el trato. Como una piedra que cae en el agua, los círculos que comienzan en la frase se van haciendo más grandes. Pero siempre incluyen una percepción del paso del tiempo y una narración de los hechos que enlazan a los personajes en el rancho sobre la costa.

Llamaría a esto el método de Saer: una mirada de doble foco, sobre lo narrado y sobre el espacio de lo narrado, que deja de ser un fondo contra el cual se mueve la historia, para ser una materia poética tan central como la historia que se cuenta. Saer cambia así las reglas del relato. Y esto tiene consecuencias también en el trabajo sobre los personajes.

Probablemente "Sombras sobre un vidrio esmerilado" sea un ejemplo admirable donde se combinan todas las líneas de la poética saeriana en la construcción de una subjetividad. Adelina, la mujer poeta, de más de cincuenta años, que ha perdido un pecho por el cáncer, se hamaca en una silla viena sobre el final de una tarde de verano frente a la puerta, con vidrios esmerilados, detrás de la que su cuñado se desnuda y se baña, mientras su hermana ha salido. El recuerdo de un verano lejano, cuando los tres eran jóvenes y probablemente hermosos, la sensación del propio cuerpo mutilado, el recuerdo del sexo del hombre y de los pechos desnudos de la hermana, la imagen de esa hermana caminando por el centro de la ciudad, el recuerdo de una velada literaria, el ahora en el que Adelina va componiendo un poema, esa mezcla de todos los tiempos hasta incluir la vivencia del presente como tiempo fuera del tiempo, como instante en que se construye el poema: nada más complejo que ese haz de percepciones y recuerdos, que plantean todos los problemas del relato y todos los problemas de la representación de una subjetividad. Saer publicó Unidad de lugar en 1966, y "Sombras sobre un vidrio esmerilado" está en ese libro. Las novelas que vinieron después son la continuidad expansiva de esta originalidad.

Los lectores de cualquier escritor grande tenemos nuestras debilidades. Diré la mía: "Argumentos" es el nombre de una sección de relatos muy breves, incluidos en un volumen que llevaba el título general de La mayor , cuando se publicó en 1976. Allí hay un arte poética, paradójica y dada a la ironía. Los "Argumentos", que vuelvo a leer en los Cuentos completos , asombrada como la primera vez que los leí, son una fábrica de ficciones, la máquina Saer que trabaja con las imprecisas contradicciones que son la forma de nuestra percepción del mundo.

La obra

Novela: Responso (1964), La vuelta completa (1966), Cicatrices (1969), El limonero real (1974), Nadie nada nunca (1980), El entenado (1983), Glosa (1985), La ocasión (1986), Lo imborrable (1992), La pesquisa (1994) y Las nubes (1997).

Poesía: El arte de narrar (1977).

Cuento: En la zona (1960), Palo y hueso (1965), Unidad de lugar (1967), La mayor (1976), Narraciones (1983).

Ensayo: Para una literatura sin atributos (1988), El río sin orillas (1991), El concepto de ficción (1997), La narración objeto (1999).

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