Una travesía marítima con aires fantásticos

Alejandro Winograd recopila en un delicioso volumen crónicas de muy diversas épocas sobre el archipiélago del sur. En este relato, un abad benedictino, miembro de la expedición de Bougainville, narra el viaje que dio origen, en 1763, al primer asentamiento
Dom Pernetty
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16 de noviembre de 2012  

Al llegar a Montevideo, le llevamos al gobernador la brújula que había inventado el capitán genovés Mandillo para encontrar las longitudes. Queríamos realizar las observaciones que no habíamos podido hacer a bordo en toda la travesía, incluso con el mar calmo, porque el defecto de esa brújula es que el mínimo movimiento impide que las agujas se detengan, y las naves se balancean bastante incluso en períodos de mar calmo. A pesar de todo el cuidado que habíamos puesto en conservar esa brújula, la humedad del aire de mar, que penetra en todos lados, había alterado las agujas, que se habían oxidado un poco cerca del centro y en sus extremos. Habían perdido ese equilibrio que tanto necesitan e incluso una parte de su magnetismo. Nos esmeramos en sacarles el óxido y en que vuelvan a tener su imán; pero nos fuimos sin poder hacer nuestras observaciones. Además, la molestia de transportarla junto al temor de perder el momento favorable para salir del Río de la Plata, decidió al señor de Bougainville a dejar ese instrumento en lo del gobernador. Solo le pidió que se lo mandara a Francia cuando él regresara a Europa. Y por lo tanto, esa brújula genovesa no nos sirvió para hacer ninguna observación.

El 16 de enero zarpamos hacia las islas Malvinas. Ya estábamos en plena mar, cuando cazamos tres magníficas mariposas, que gracias a los múltiples colores de sus alas imitaban el plumaje de los más vistosos papagayos de Brasil. [...]

En ese mismo lugar pescamos un pez muy raro, que nuestros marinos llamaron pepino de mar. Tiene la forma de una vejiga y pertenece al género que los naturalistas llaman Holoturias, y aunque no tenga la apariencia de un pez o de una planta, no deja de ser un ser vivo y se desplaza como los animales de un lado a otro, con un movimiento que le es propio, independientemente del viento o de las olas sobre las que se ven esas vejigas transportadas como pequeñas naves. Para los que no observan con ojos curiosos o ilustrados, ese aspecto de vejiga los haría pensar que es un limón hinchado con aire y que flota llevado por las olas y el viento. Como el marinero que lo pescó me lo trajo, tuve todo el tiempo necesario para estudiarlo. Y observé un movimiento peristáltico, como el que los anatomistas les atribuyen al intestino y al ventrículo. Estaba a punto de sacarlo del balde con la mano, cuando el señor Duclos, nuestro capitán, me detuvo y me explicó los peligros de tocar ese pez. Así que me resigné a observarlo con los ojos y a pintarlo.

El presentimiento del capitán se confirmó ese mismo día. Un grumete que pescó otro pepino de mar tuvo la imprudencia de agarrarlo con las manos. Un instante más tarde se quejaba a gritos de sentir un gran dolor en toda la palma de la mano y en la muñeca, que agitó con violencia para deshacerse del pepino de mar, pero ya era muy tarde. Acudieron a sus gritos porque lloraba y pataleaba, decía que le parecía que tenía la mano en una hoguera ardiente. Se la sumergieron en aceite y le aplicaron una compresa embebida en ese líquido, pero siguió sintiendo el mismo dolor por más de dos horas, hasta que disminuyó poco a poco. El pepino de mar es como una vejiga oblonga, achatada en la parte superior, su contorno es redondo igual que los extremos, de donde salen los filamentos que producen tanto dolor al tocarlos. Una de sus extremidades es más alargada y la otra más redondeada. La parte que le sirve como base o punto de apoyo a esta vejiga está festoneada en sus bordes. El conjunto es una membrana muy delgada y transparente, que se parece a una de esas burbujas en forma de semicírculo que se forman sobre la superficie del agua durante las lluvias de verano, especialmente cuando caen grandes gotas: está, al mismo tiempo, vacía e hinchada como un globo. Esa membrana tiene fibras, algunas son circulares y otras longitudinales, gracias a ellas generan el movimiento de contracción peristáltica.

En su extremidad más alargada, guarda un poco de agua muy clara, que gracias a un pequeño tabique membranoso no se derrama en el resto de la cavidad. La fibra que va de adelante hacia atrás, pasando por el dorso, está sobreelevada, es ondulada en los bordes, plegada como una cresta, de un color vivo, verde azulado con tonalidades púrpuras, y se extiende como un velo que sube, baja y da vueltas como presentándose al viento. De las dos extremidades de su base, coloreadas como esa especie de velo, salen tentáculos de diferentes longitudes; hay dos muy cortos que son gruesos como un cálamo, que después se subdividen en varios más delgados y mucho más largos. A su vez, éstos se dividen en otros, todavía más largos y delgados, y así hasta llegar a un total de ocho. Su largo es de aproximadamente un pie, pero no todos los tentáculos tienen el mismo tamaño.

Esos cordones entrelazados cerca del cuerpo tienen el aspecto de una red de tramado desigual. Esas piernas tienen una especie de articulaciones formadas por pequeños anillos circulares, en los que también se observa un movimiento de contracción.

Todas esas redes son como borlas colgantes, formadas por cordones de color azul con tonalidades purpúreas y verdes, casi transparentes y de diferentes tamaños, y cuyos bordes parecen un encaje en el que se mezclan, de tanto en tanto, el color del fuego y el gris del lino.

Los más grandes pepinos de mar que vi tenían aproximadamente una base de siete pulgadas de largo por cinco de altura. Sería muy difícil determinar con precisión el color de este animal tan original. La vejiga es clara y transparente como el cristal más puro, pero tanto el borde como el dorso y las piernas tienen, por así decirlo, los colores del arco iris o los de una llama sulfurosa. Vimos una gran cantidad en nuestra ruta, sobre todo en el canal que forma la isla de Santa Catalina en el Brasil; creo que son muy comunes en esa región. Si el simple contacto con ese animal causa un dolor tan fuerte, uno se puede imaginar cómo será el dolor en el cuerpo de los peces u otros animales que los han devorado. Lo sorprendente, según el padre Labat, es que corrompe y envenena la carne de los peces, sin causarles la muerte. Es similar al efecto que produce el fruto del Cupey.

El 25 hubo una gran agitación en el cielo y el mar, el balanceo era tan fuerte y constante que le causó la muerte a un chivo, dos ovejas y tres vacas; otros animales, como los caballos que habíamos embarcado en Montevideo, se enfermaron.

El 29, después del viento, llegó una gran tormenta; el mar estaba tan agitado que las olas caían sobre el castillo de proa y amenazaban a cada instante con tragarse el barco.

El 31, a las seis de la mañana, vimos tierra al este y al acercarnos creímos ver unas islas. Por la disposición de esas islas en forma de triángulo, como se dice que están las islas llamadas Sebaldes, y por su cercanía, en un primer momento pensamos que íbamos a atracar.

A partir de la posición que tomamos a mediodía, las situamos treinta leguas más al oeste de lo que figura en el mapa francés de Belin. Nuestra información mostró que estábamos en lo cierto, ya que coincide con la del padre Feuillée y con un mapa manuscrito del depósito de la marina, que el señor de Choiseul le dio al señor de Bougainville antes de nuestra partida de París. [...]

Bordeando esa región nos encontramos en poco tiempo a media legua de dos islas sin elevación y en un primer momento nos pareció que estaban cubiertas de arbustos, pero resultó que eran grandes juncos de hojas largas y planas, conocidos con el nombre de chucho. Pudimos ver esta planta en otros lugares y, a primera vista, su aspecto volvió a confundirnos. Cada planta de chucho forma un matorral que se eleva aproximadamente dos pies y medio y del que surge un ramillete de hojas verdes de altura similar. No vimos ningún bosque, el terreno parecía seco y árido, quizá la vegetación se había secado por el calor del verano.

El mismo día, cerca de las tres de la tarde, descubrimos un islote que presentaba un aspecto similar al del islote sobre el que está construido el Fuerte de la Conchée, cerca de Saint Malo. El señor de Bougainville lo llamó la Torre de Biffy.

El 1º de febrero, mientras reconocíamos la costa, nos sorprendió una calma; la marea nos arrastraba hacia tierra, sobre un fondo rocoso. En esta situación difícil, de la que no podíamos escapar porque no había viento, se decidió tirar la sonda con el objetivo de anclar en cuanto el fondo lo permitiera. Había entre dieciocho y veinte brazas, pero fondo de rocas. La inquietud a bordo aumentaba. La Sphinx estaba en una situación tan difícil como la nuestra, y cada uno empezaba a pensar en salvar su vida si naufragábamos sobre esas rocas, que los marinos llaman Charpentiers. Felizmente, cerca de las ocho, el viento empezó a soplar suavemente desde la costa y nuestros capitanes, alertas y listos para aprovechar la mínima ventaja que se presentara, ordenaron maniobrar tan acertadamente que pudimos alejarnos de la costa. La tripulación sintió tan claramente el peligro en el que estábamos, que en los días de peor tiempo e incluso durante la tormenta que soportamos en Maldonado nunca habían obedecido con tanta rapidez y exactitud. Era un espectáculo curioso ver a cada uno en su puesto y teniendo en sus manos el cordaje que le correspondía, todos con una expresión en la que estaban pintadas la inquietud y el temor, mezclados con la esperanza.

Todos sumidos en el más profundo silencio, los ojos fijos en el capitán y los oídos atentos, listos para obedecer a la primera voz de mando. Los dos capitanes, los tenientes y todos los demás observando, unos hacia el mar, otros hacia la costa, para ver si una brisa, aun la más leve, ondulaba la superficie del agua que seguía tan lisa como un espejo. Uno ponía sus manos, otro su mejilla, un tercero se mojaba las manos y las ponía del lado en que se imaginaba que comenzaba a soplar el viento para sentir la mínima sensación. Finalmente se levantó la brisa tan deseada, aunque muy levemente. El temor dejó lugar a la alegría y a la satisfacción y para no volvernos a encontrar en el mismo aprieto nos alejamos mar adentro.

A las once nuestro barco de pesca volvió cargado de hierbas. Los señores Donat y Le Roy, que habían desembarcado, nos contaron que habían visto, a la distancia de un tiro de fusil, un animal espantoso y de un tamaño sorprendente acostado en el pasto, y que su cabeza y melena eran como las de un león, y que todo el cuerpo estaba recubierto de un pelaje marrón rojizo, largo como el de una cabra, y que cuando este animal los vio, se levantó sobre las dos patas delanteras, los miró un momento y se volvió a acostar. Después, cuando mataron una avutarda de un escopetazo, ese animal tan grande se levantó de nuevo, los volvió a mirar sin moverse y se volvió a acostar. Les pareció que ese animal era tan grande como dos bueyes juntos, de entre doce y catorce pies de largo. Habían pensado pegarle un tiro pero, por temor a herirlo solo levemente y que sus vidas corrieran peligro, se embarcaron sin llevar a cabo su proyecto. Fue al día siguiente, jueves 2 de febrero, que avistamos la gran bahía de las islas Malvinas.

Traducción: Carla Suárez

Malvinas. Crónicas de cinco siglos

Alejandro Winograd (compilador)

Ediciones Winograd

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