Una vuelta de tuerca

LOS INVERTEBRALES Por Oliverio Coelho-(Beatriz Viterbo)-127 páginas-($ 15)
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29 de febrero de 2004  

Si consideramos característico del pensamiento utópico el imaginar, no sólo un "lugar que no existe", sino la sociedad que lo habita y las leyes que la gobiernan, podríamos distinguir como utópico todo un tipo de narrativa que, por lo menos desde el auge del realismo, permaneció relegada a un populoso y todavía poco esclarecido "patio de atrás" de la literatura. Obras que imaginaban, como la Argirópolis de Sarmiento, la mejor de las sociedades posibles, o que intentaban idealizar un pasado, como El imperio jesuítico de Lugones, o de preanunciar el futuro para hacernos reflexionar sobre el modo actual de ser en comunidad, como las excelentes muestras de ciencia ficción de Vanasco o de Oesterheld. Obras que, finalmente, prescindiendo de las naves espaciales, se aplicaban simplemente a inventar comunidades "de ninguna parte", como la Kalpa imperial de Angélica Gorodischer o las comarcas maravillosas de Liliana Bodoc. Todas estas narraciones utópicas coinciden en el aliento épico, en la preocupación por el destino colectivo y por la filosofía política: aspectos no siempre presentes, como se sabe, en los géneros hegemónicos.

Los invertebrables, novela "futurista" de Oliverio Coelho (1977), da una vuelta de tuerca a los modos de dicha tradición, que el autor demuestra conocer y amar hasta en sus variantes menos prestigiosas, en especial las del cine y la historieta. Partiendo de una parodia desopilante, llevado por una imaginación liberada de las coerciones del realismo y una notoria fidelidad a las reglas de su planteo lúdico,Coelho va desplegando una historia progresivamente asfixiante y lúgubre, una fábula sin moraleja que, sin embargo, consigue alertar sobre las nefastas consecuencias de desear una vida humana como algo inamovible, y no como una búsqueda que lleva invariablemente a otra, que va de una libertad a otra mayor, siempre impredecible. Somos, ante todo, una "metamorfosis ambulante" y la literatura es el juego que nos permite generarla, sobrevivirla, disfrutarla.

La trama podría resumirse de este modo: en una sociedad utópica, tres personajes varones --uno ciego, el otro neurasténico y un tercero, el narrador y protagonista, paralítico--, viven solos en la misma casa, sin otro acceso al mundo exterior que una enciclopedia consultada con la ingenua y melancólica devoción de los personajes de Borges o de Pablo De Santis. Un día, a instancias del narrador, los tres personajes deciden obedecer a su deseo y solicitar la visita de una mujer a un Estado todopoderoso que hasta ahora parece haberla prohibido, o que al menos la habría considerado improcedente. Las sucesivas irrupciones de un funcionario y un sastre, y aun las irrupciones de otras voces en las líneas telefónicas, mientras los protagonistas realizan sus trámites kafkianos, van transformando la armonía fúnebre del trío en una atmósfera de tensión y guerra apenas velada, cuyos matices psicológicos son apuntados por Coelho con sutileza y sarcasmo. Cuando la mujer finalmente irrumpe, la tragedia se desencadena y da pie, no a algún esperable motivo romántico, sino a una metamorfosis del narrador: éste se animaliza, rompe el confinamiento doméstico y trata inútilmente de encontrar un destino entre un paisaje de ruinas, hogueras y tribus urbanas que el Estado se niega a ver, paisaje demasiado parecido al de la crisis argentina de los últimos años.

Es dudoso que, como sostiene la consabida hipérbole de contratapa, Coelho haya creado un género nuevo, pero en verdad asombra su manejo de los diversos recursos y maneras de la narración utópica, la pericia con que, acompañando la metamorfosis del personaje, pasa de la sátira a ese extraordinario tramo final en que las entidades abstractas de la razón política son reemplazadas por siniestras figuraciones del inconsciente. Y asombra sobre todo la madurez de un lenguaje "de ninguna parte", remedo del habla de las series televisivas, capaz de sortear el riesgo del aforismo con la constante ironía y la originalidad de las metáforas. Aun su más frecuente falencia estilística, la sobreabundancia de efectos, la incapacidad de dejar pasar una sola oportunidad de lucir el talento literario o, en términos más concretos, la resistencia a soslayar y sugerir, resulta en cierta manera notable, en una época en que son muy pocos los que pecan por exceso y en que nada parece más censurable que la "ambición" de una obra.

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