Variaciones de un personaje clave

Teatro. Fernando Sala, un joven y talentoso actor formado en la escuela de Claudio Tolcachir, se luce en el elenco de La omisión de la familia Coleman con Marito, el hijo obsesivo y desequilibrado de ese clan contradictorio
Natalia Blanc
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30 de mayo de 2014  

Los protagonistas de La omisión de la familia Coleman –ese peculiar clan formado por una abuela contenedora, una madre inmadura y cuatro hermanos que sobreviven como pueden– son complejos, contradictorios, inquietantes. De todos los personajes imaginados por Claudio Tolcachir, Marito es el más extraño y desconcertante. Es obsesivo con el lenguaje y con ciertas conductas (se niega a bañarse y a cambiarse de ropa), se aísla por momentos del caos que se desata alrededor y parece no entender lo que sucede; sin embargo, es el único que conoce los secretos que esconden los demás.

Quien haya visto el espectáculo (estrenado en 2005 en la pequeña sala de Timbre 4 y en cartel desde el mes pasado en el Paseo La Plaza) no podrá olvidar a esa criatura tan tierna e inestable que grita las verdades que el resto de la familia prefiere callar. El talentoso actor Lautaro Perotti, que integró el grupo con el que Tolcachir ensayó la obra durante nueve meses en largas jornadas de juegos e improvisación, lo interpretó desde la primera temporada. Desde finales del año pasado, cuando Perotti dejó el elenco y el director convocó a Fernando Sala, Marito cambió de cara, de cuerpo, de voz, pero mantuvo las obsesiones y las mañas.

Sala (nacido en la ciudad de Pergamino en 1980) se formó como actor en la escuela de Timbre 4, con Tolcachir, Perotti, Melisa Hermida, Paula Rasenberg y Francisco Lumerman, docentes con experiencia en la producción teatral independiente. Ahora se luce en el escenario junto con Tamara Kiper, Diego Faturos, Inda Lavalle, Miriam Odorico, Gonzalo Ruiz y Araceli Dvoskin.

"Siempre fui un gran espectador de teatro y, desde que vivo en Buenos Aires, asisto a salas del circuito off. Me recomendaron en un momento conocer ese espacio que estaba emergiendo en Boedo. El teatro se llamaba Timbre 4 y ahí vi La omisión de la familia Coleman", recuerda.

Cuando terminó la función, el joven quedó conmocionado. Esa noche decidió estudiar actuación. "Casi como una revelación le dije a mi mujer: ‘Quiero ser actor’. Nunca había hecho nada parecido, pero no lo dudé. Me fui de vacaciones y al regreso me anoté en la escuela de Tolcachir".

Tras varios talleres de entrenamiento con diversos docentes, en tercer año llegaron las clases con el autor y director de los Coleman. "Él siempre me incentivó y me empujó para que me hiciera cargo de mi deseo de actuar. Me exigía y me llevaba a lugares como actor que ni siquiera sabía que existían en mí; yo me entregaba confiando en él y en la enorme satisfacción que me daba actuar."

Sus primeros trabajos los hizo en espectáculos dirigidos por docentes de la escuela, como Hermida y Román Podolsky. En 2011, Tolcachir lo llamó para que se encargara de la asistencia de dirección de la obra Todos eran mis hijos, de Arthur Miller, que dirigió en un teatro de la avenida Corrientes. Actuaban Lito Cruz y Ana María Picchio, entre otros destacados actores. "Esa experiencia duró pocos días porque tuve que comenzar a ensayar, en la misma obra, el personaje que representaba Diego Gentile, quien había decidido sumarse al elenco de Toc Toc. Ése fue mi debut en el circuito comercial."

Dos años después, en agosto pasado, Tolcachir le ofreció el rol de Marito. "Me quedé helado y, sin pensar, le dije que sí. Me sentí afortunado y agradecido como actor de poder ponerle el cuerpo a un personaje tan particular y querible."

–¿Cómo te preparaste para el papel y qué indicaciones te dio el director para la composición del personaje?

–El desafío era muy grande. Marito es un ser muy complejo, que está al límite de muchas cosas, entre ellas, de la locura. Había que mantener rasgos que el personaje ya tenía e incorporarle mi impronta. Claudio me pidió que le diera mi humor y mi sarcasmo pero que me alejara, todo lo que pudiera, del concepto tradicional de loco. Como director, Tolcachir te aporta imágenes a partir de dos o tres premisas súper claras y luego te invita a probarlo en el ensayo. Una de esas premisas fue que estuviera en estado de alerta permanente y que no permitiera que Marito se relajara. El personaje siempre debe estar a la expectativa de lo que pasa en esa casa, pendiente de cómo relacionarse y cómo provocar a cada uno de sus hermanos, a su madre y a su abuela. Incluso, de cómo se relaciona con los que vienen de "afuera". Claudio me ayudó mucho a buscar pensamientos que fueran muy útiles para tener a mano para transitar los distintos momentos de la obra.

–Este año la obra realiza su décima temporada. ¿Cómo te sentiste al sumarte a un elenco ya consolidado?

–En 2013, hice algunas pocas funciones en la Argentina y después viajamos a China para presentarnos en Shanghái. Imaginate el nivel de adrenalina: me sumaba a un equipo que trabajaba junto desde hacía diez años, había que ponerle cuerpo a Marito y, a la vez, estar alerta al texto ya que, al tener subtítulos en simultáneo, no podíamos fallar. Debíamos ser muy precisos. El viaje fue una experiencia alucinante, porque los conocí a todos mucho más. Rápidamente descubrí que me sentía muy cómodo arriba y abajo del escenario.

–¿Qué cambió con el pase de la sala de Boedo a la avenida Corrientes?

–La obra es la misma en Timbre 4 y en el Paseo La Plaza, no modificamos ni una coma. Lo que cambia es el acceso a la obra, ya que se acerca gente que, tal vez, es consumidora de otra clase de teatro. Es interesante abrir la propuesta a todos. Esperamos, como me pasó a mí ocho años atrás, que los espectadores salgan transformados y movilizados.

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