"Velázquez ya había creado un espacio virtual en el siglo XVII"

El autor basa su última novela en la escena de "Las Meninas"
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15 de julio de 2001  

"Cualquier dimensión que integre los aspectos técnicos con los espirituales, enriquece. Hasta un simple e-mail encierra algo más que lo meramente informático. Todos sabemos que las plantas crecen más guapas si les cantamos al regarlas."

Sin formalismos, en diálogo con La Nación , el escritor español Pedro Jesús Fernández, de visita en el país, explica por qué basó su última novela, "Tela de juicio" (Alfaguara), en la escena que el notable artista Velázquez inmortalizó en su obra "Las Meninas".

"Narrativamente, me atrajo la posibilidad de duplicar, en la estructura del relato, la configuración que Velázquez dispuso en Las Meninas . El juego del doble fondo de espejos del cuadro genera un espacio virtual que, aunque lo creamos producto de una idea del siglo XX, ya había sido concebido hace más de 350 años", explica el autor español, al contar su último desafío.

El espacio de Velázquez

Fernández, que fue subdirector general del Museo del Prado y profesor de Historia del Arte en la Universidad Complutense de Madrid, sabe de lo que habla.

Para este hombre plural y de una sola sombra, que hoy es consejero de turismo en la embajada española en México y, además, pinta, Velázquez nos dice: "Señor, cada vez que te coloques delante de Las Meninas , te guste o no te guste, estás dentro del espacio que yo he creado".

Y agrega: "Uno decide si desea pasar o quedarse en la apariencia de lo real. A mí me divirtió que los personajes de Tela de juicio se metieran allí adentro, para averiguar el enigma encerrado en una de las paredes del cuadro que no puede verse".

-¿Cómo logran traspasar sus personajes ese espacio virtual?

-No por una cuestión técnica, sino de fe. Sólo cuando abandonan la duda, y adquieren suficiente credulidad, pasan.

-Y usted, ¿qué supuestas verdades pone en duda?

-Alberto, uno de los protagonistas del relato, desconfía de la autenticidad de un Velázquez, porque el retratado luce un anillo de zafiro demasiado acabado para haber sido pintado por el maestro sevillano, que todo lo basaba en la insinuación. A mí también me interesa lo verosímil, no lo auténtico.

-¿Cuál es la diferencia?

-Lo verosímil es algo creíble. Tú te encuentras mañana con un amigo y te cuenta una noche de pasión con... Claudia Schiffer (coinciden, al unísono, entrevistado y entrevistador). Y le dices: "Magnífico, pero tío, no te creo". O te lo cuenta tan bien que dices: "¡Ay!, preséntamela mañana". Pues, con lo verosímil ocurre que si alguien tiene suficiente entusiasmo, hace que te lo creas. Entusiasmo, que proviene del griego, significa "Dios contigo". Y de hecho un entusiasta tiene algo de eso, ¿no? Por eso digo que no me interesa tanto el retrato exacto de las cosas como el retrato creíble.

-García Márquez habla del poder hipnótico del novelista; un trabajo, según él, de carpintería.

-El milagro de que uno se meta en el relato, y lo crea, es muy frágil y artificial. Por eso lo importante es saber cómo articular cada clavito. Es interesante que el lector pueda abrir puertas hacia infinitos caminos. Con ese objeto, en esta novela recurro a los espejos, al pensamiento lateral, a las técnicas de simulación de la informática, a las piedras preciosas...

-¿Qué lo seduce de estas últimas?

-Tal vez, los múltiples simbolismos que han tenido a lo largo de la historia. Las piedras preciosas suelen tener un significado preciso: enfermedad, amor, pasiones... Pero hay una, ambivalente, que me atrae especialmente: la esmeralda. Por un lado, se asocia a las más peligrosas criaturas del infierno, por haber sido expulsado Lucifer del cielo con esa piedra en su frente y, al mismo tiempo, en la Biblia el trono de Dios se describe tallado en una gran esmeralda.

-Schopenhauer decía que las religiones, como las luciérnagas, necesitan oscuridad para brillar. Y, para los taoístas, la unión de los opuestos conduce a la armonía...

-Sin duda, pero lo notable es que una misma piedra esté asociada a dos símbolos totalmente contrapuestos. Difícilmente algo signifique a la vez A y B, más allá de que sepamos que A y B están relacionados.

-¿Y qué trata de decirnos Velázquez con su símbolo, Las Meninas ?

-Intenta afirmar que la pintura era un ejercicio muy noble, mental, y por eso se representa a sí mismo en el acto de pensar, con el pincel en la mano pero sin pintar. Y por eso los reyes, que lo visitaban, observan mientras él está pintando. Ese es el discurso tradicional. Pero además crea una realidad: destruye las leyes de la perspectiva y te involucra como espectador. Ningún espejo de Velázquez refleja lo que debería reflejar, de acuerdo con las leyes físicas. El pintor de la realidad era, en verdad, un gran pintor de invenciones, de un retrato sobre otro, cosa que Velázquez hizo tantas veces.

-Al igual que usted ahora está pintado sobre aquel hombre que una vez fue profesor universitario.

-Exacto. Y que al mismo tiempo existe, no ha desaparecido.

-Por último, si el espejo no juzga, reproduce, ¿qué ve cuando se mira en el espejo?

-Pues a Pedro, a un tipo normal y corriente. (Y tras una carcajada, ya más serio, remata.) No, ahí no veo absolutamente nada. Los espejos que me interesan son otros.

"Las Meninas"

  • En la parte izquierda aparece Velázquez autorretratándose, mirando al espectador. A su derecha, las meninas, un mastín, bufones de palacio y dos aposentadores.
  • Velázquez utiliza un espejo para retratar todas esas imágenes, él incluido. Al fondo, el mayordomo invita a entrar y, a su lado, el espejo refleja la imagen de los reyes. No son precisamente los reyes quienes deberían verse, sino la silueta del observador.
  • Ese es el espacio virtual que intuyó Velázquez. "Ante un cuadro del siglo XVII intentemos comprender su idioma", precisó Fernández.
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