Vida de cantor

Todos tienen razón, de Paolo Sorrentino, cuenta con un tono narrativo notable el itinerario tortuoso y sensiblero de un cantante melódico napolitano
Alejandro Patat
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20 de julio de 2012  

Los hombres se dividen en dos categorías: los que se ponen cómodos. Y se pudren. Y los otros. Yo formo parte de los otros." Para Tony Pagoda, un cantante napolitano de los años setenta, protagonista de Todos tienen razón , de Paolo Sorrentino, el sentido de la vida se reduce a un puñado de sentencias. Pero no las del filósofo especulativo, sino las del hombre común, signado por la experiencia de la calle. Así, el amor, la amistad, el matrimonio, la vida de provincia, la muerte se definen, no sin ironía, por medio de contundentes formas breves. En los años de oro de la canción melódica, Tony conoció los escalofríos del éxito, dio recitales en los templos de la música italiana en el mundo, de Nápoles a Capri, de Nueva York a Sudamérica. En los años ochenta, cuando la canción melódica fue desplazada por la irrupción del rock nacional italiano, se ve obligado a frecuentar pequeños teatros de provincia y termina exhibiéndose ante un público distraído y frívolo. En ese momento decide abandonar todo: su familia, su trabajo y su lugar. Desinteresado, primero se instala en Río de Janeiro y luego en Manaos, donde transcurre dieciocho años de vida inactiva. Ya viejo, a los setenta, le proponen regresar a Italia, pero el reencuentro con su público lo desilusiona. A él, que había cantado junto a Sinatra y que se había acostumbrado a la ovación excitada, los aplausos cansinos de un auditorio indiferente a las emociones intensas del repertorio napolitano, le parecen sólo el fruto de un tímido respeto por la edad. Roma e Italia, a su regreso, se han convertido en un deprimente lugar ajeno.

Más allá de la trama (centrada casi toda en el abismo de un interminable domingo), hay tres elementos interesantes en la novela: la "banda sonora", el tono de la voz narrativa y la construcción del personaje. Los epígrafes que enmarcan cada capítulo son, efectivamente, citas de los grandes intérpretes de la canción melódica italiana de los años setenta: Luigi Tenco, Loredana Berté, Ornella Vanoni, Mia Martini, Riccardo Cocciante y Mina, entre otros. Sus textos y sus voces evocan la atmósfera de una Italia popular, sensual y sentimental. Esas voces coinciden con la del narrador: simple y profunda, intensa y melodiosa. Pero es el tono de la voz del narrador lo que más emociona y lo que devela la conmoción verdadera del "alma" (la palabra predilecta de Tony) en su última y nostálgica confesión. Hace unos años, Alan Pauls escribió que, si bien en el seno de su familia anglófila la canción italiana representaba lo "mersa", esa sonoridad resultaba igualmente emocionante, pues tocaba las fibras más íntimas del sentimiento. Tony Pagoda es la más acabada expresión de esa vibrante sensiblería que, a través de un lenguaje llano, de un razonamiento monológico y de un punzante cinismo, alcanza la inmediatez comunicativa, propia de toda locución auténtica.

Por último, el personaje tiene un antecedente y una proyección. El primero es Tony Pisapia, protagonista del film L'uomo in più , escrito y dirigido por Sorrentino en 2001. Los tics, las frases y el estilo del cantante, interpretado por un increíble Toni Servillo, su actor-fetiche, son evocados explícitamente por el autor al final del libro. Después de la novela, publicada en Italia en 2010, apareció Cheyenne, el rockero que protagoniza This must be the place , la última película de Sorrentino, con la deslumbrante actuación de Sean Penn. Tony Pisapia, Tony Pagoda y Cheyenne componen un único perfil: el del artista disconforme y frágil, cocainómano e irascible, sensible y narcisista. El que desprecia el mundo circundante, pero al mismo tiempo necesita de sus bajezas y ofrendas. La cocaína -un factor dominante en la obra de Sorrentino- es, en primer lugar, un instrumento alucinatorio de la vida del artista; luego, un enemigo a combatir, en fin, un puerto seguro, un rostro familiar al que se vuelve como a un refugio lejano de la infancia.

Si no fuera por cierta desprolijidad narrativa (la apresurada parodia de La vida nueva de Dante, en que la modernización de la fenomenología del amor se reduce a una risible pauperización de sus códigos medievales), quizá Todos tienen razón sería una de las más grandes novelas italianas de los últimos años. Sus aciertos son enormes y signan el nacimiento de un gran escritor. Sorrentino es sin duda uno de los jóvenes artistas más prolíficos e interesantes de Italia. Además de los films mencionados, hay que agregar Las consecuencias del amor (2004), interpretada por Nanni Moretti, y la celebérrima El divo (2008), premio del jurado en Cannes.

Pero no es justo medir la prosa de Sorrentino en función de su escritura cinematográfica porque, precisamente, de la permanente incursión en la conmistión de lenguajes se deduce la poliédrica ductilidad transversal del artista.

TODOS TIENEN RAZON

Por Paolo Sorrentino

Anagrama

Trad.: Xavier González Rovira

368 páginas

$ 145

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