Vida de genio

Un escritor cautivo de su madre y un país fantasma son los ejes de los dos relatos inéditos que se anticipan en estas páginas. Integran La otra realidad, antología que reúne notas, ensayos y narraciones del autor de Santa Evita
(0)
2 de abril de 2006  

Cierta mañana, antes de cumplir tres años, Abraham Rivera abrió un libro de cuentos y leyó en voz alta la primera página sin equivocarse.

¿Dónde aprendiste a leer?, preguntó la madre con azoramiento.

Aquí, respondió Abraham, señalando el cielo vagamente.

La madre dictaminó que era un genio y propaló la noticia entre sus amistades.

Acudieron las vecinas a oírlo leer, y algunas le propusieron páginas complicadas, con paleogramas y trabalenguas. Abraham salió siempre airoso.

Ya que era un genio, la madre quiso que viviera como tal. Le vedó las revistas de historietas, la televisión, la radio y los partidos de fútbol. Le dio a leer poemas clásicos y novelas edificantes.

A los seis años, Abraham recitó el Quijote de memoria en un festival para ciegos y demostró que había madurado más rápido que Mozart. A los ocho vendió a una editorial francesa su traducción de Finnegans Wake, luego de haber establecido que traducir ese libro al español era imposible. A los diez escribió su primera novela: un texto caudaloso y enredado que narraba la batalla de un genio con el lenguaje. La tituló Abran a Brahma el abra de Abraham. La crítica destacó los infinitos sentidos que se desprendían de cada frase y sancionó, unánime, la genialidad del autor.

A los quince años Abraham había terminado ya otras dos novelas pero sintió recelo ante ellas. Las dos reflejaban a la perfección sus puntos de vista -geniales- sobre la literatura, pero no lo reflejaban a él. El, se dijo Abraham, quizá fuera otra cosa.

Los pocos amigos de que disponía le aconsejaron que se rebelara contra la madre. La obedeces tanto que se te asfixia el genio, le dijeron. Estás escribiendo no con tus palabras sino con las ambiciones de tu madre. Abraham pensó que la observación no estaba mal, y la discutió, como era su costumbre, con la madre.

Esos inútiles te envidian, le dijo ella. Aquí, conmigo, estás libre. Ya ves cómo los críticos te aplauden.

Abraham se apartó de los amigos y siguió escribiendo bajo la guía de la madre quien, a su vez, no daba un paso sin el consentimiento de los críticos. Ella leía todos los textos, y cuando los encontraba limpios de complejidades no vacilaba en quemarlos.

Cierta vez, a escondidas, Abraham terminó una novela de amor. No era de amor de verdad, sino de un vago sentimiento de sacrificio que él confundía con el amor. La madre sorprendió el manuscrito una mañana de lluvia, y aprovechando que vivían en un vigésimo piso, arrojó la novela por la ventana. El muchacho bajó desesperado a rescatar las hojas. Encontró unas pocas, pero estaban borradas.

El incidente lo enfermó. Acudieron en su ayuda varios médicos, que lo examinaban siempre bajo el ojo censor de la madre. Un joven cirujano, compadecido de Abraham, logró hablar con él a solas.

Tenés que irte, le aconsejó. La docilidad te está destruyendo el genio. No permitas que te destruya también a vos.

El muchacho no estuvo de acuerdo. Yo y mi genialidad somos inseparables, dijo. Mi madre es el único ser en la tierra que se preocupa por mí. Seguiré viviendo con ella, pero la apartaré de mis asuntos.

La madre se resignó a no leer nunca más un texto de Abraham. En compensación, daba casi a diario comidas para los críticos y aceptaba entrevistas en los diarios sobre la obra del hijo. Era una mujer estudiosa, y algunas de sus propuestas teóricas sobre la educación de los genios fueron analizadas con respeto en las revistas académicas.

A los veinte años, Abraham publicó una gran novela incomprensible. En seiscientas páginas, resolvió ecuaciones semánticas con el método algorítmico de Naremdra Karmarkar, intercaló palíndromos que se dibujaban como la fórmula química del tetrafluoretileno, y escribió cinco largos capítulos en los que no usó sino las cuatro letras del alfabeto genético. Los críticos admitieron que el genio de Abraham era inalcanzable, salvo para algunos pocos de ellos. En ese momento de gloria, la madre murió.

En su homenaje, Abraham renunció al amor, a la felicidad y rechazó a los amigos que volvieron a acercársele.

Como jamás había vivido solo, no sabía cómo debía ser en ese caso el comportamiento más adecuado para un genio. Optó por imitar a los que admiraba. Escribió de pie como Balzac y como Hemingway hasta que las várices lo atormentaron. Se masturbó con frenesí como Flaubert. Agotó los abismos de la cocaína como Truman Capote, bebió dos botellas de bourbon al día como Faulkner y Onetti, leyó proclamas fascistas por la radio como Pound y Yukio Mishima, y por último renunció a escribir, como lo habían hecho Rimbaud y Juan Rulfo.

A los veintiocho años era una ruina. Intuyó, genialmente, que su mejor novela sería morir. Fue al cementerio, y abrazado al ataúd de la madre, se prendió fuego.

Los críticos escribieron largos responsos que evocaban los laberintos polisémicos donde todos ellos se habían extraviado. El gobierno le concedió el Premio Nacional de Letras, categoría póstuma.

Poco tiempo después, cuando se estaban apagando las alabanzas, triunfó la moda de las novelas absolutas. Toda novela, para ser considerada grande, debía ser paródica, u objetivista, o de non-fiction, o gnoseológica como las de Herman Broch, o recitativa como las de Thomas Bernhard. Como las de Abraham no se ajustaban a esas categorías, se les fue prestando cada vez menos atención en los suplementos de los diarios y en los congresos de literatura. Pronto, no se habló más de ellas.

La madre tuvo una posteridad más persistente. Con frecuencia se le dedican monografías en El Monitor de la Educación Común, y sus métodos pedagógicos han empezado a aplicarse en las escuelas.

Confín

En mi país nunca terminamos nada. Las casas donde vivimos están revocadas a medias o tienen sólo las armazones de la fachada o están llenas de cuartos sin tapiar que se construyeron para nadie.

Tenemos estaciones, aunque no hemos aprendido a discernirlas. Entre el verano y el otoño, o quizás entre el otoño y la primavera, las cosechas se pudren en los campos. Abunda el ganado, pero anda siempre perdido, y sólo unas pocas reses caen por azar en los mataderos. El sabor de lo que no está ha sido siempre nuestro sabor favorito. Los días de la semana son variables: a veces cinco, a veces tres, a veces ocho. Nunca la misma cifra, nunca la certeza de que algo, ni siquiera la arbitraria medida del tiempo, alcanzará la plenitud.

Nos hemos acostumbrado a no saber en qué país estamos aun cuando volvemos a nuestra casa. A veces pienso que nos hemos quedado sin país alguno, y que este horizonte vago al que llamo país es para mis compatriotas el patio de la escuela o el gato del vecino o la melancolía de lo que no se puede hacer.

Y sin embargo, de vez en cuando recibimos noticias de que hay un enemigo dispuesto a quitarnos el país o a mudarlo de naturaleza o a reemplazarlo por otro. En esas ocasiones se oyen balas, nos dicen. Vienen desde rincones que no sabemos ubicar y se eclipsan detrás o dentro de cuerpos a los que no prestamos atención. Quién sabe si son balas. Los objetos y los nombres de los objetos se eclipsan a tanta velocidad que da lo mismo llamarlos de cualquier manera.

Cuando esos fenómenos ocurren suele también, por coincidencia, desaparecer un cuerpo. No nos asombra. La lógica enseña que los cuerpos tienen fases como la luna. Si estuvieron alguna vez, estarán siempre. Los cuerpos que no vuelven es porque nunca fueron cuerpos o porque no hay una sola persona que pueda decir: yo los vi ser alguna vez, yo los recuerdo.

Nacemos ya incompletos o con sentidos sobrantes. Cuando nos atascamos en la pelvis, las parteras nos olvidan y se alejan rumbo a otros nacimientos. De pronto, sin que nuestras madres sepan cómo, estamos aquí, careciendo de principio, ya que si lo tuviéramos también tendríamos un fin, y eso no sería posible. ¿Con qué fin lo tendríamos?

Nuestras mujeres desconocen el orgasmo. Los hombres, al menos, eyaculamos en sueños. Pero no hay en eso un fin, no se termina. Soñamos que son criaturas de otros países las que eyaculan por nosotros, y para asegurar la reproducción, solemos dormir con el pene reposando dentro de la vagina de nuestras acompañantes, en posiciones incómodas.

Yo soy el diferente de la familia. Como incurro en la extravagancia de abrazar con los dos brazos y de besar con los dos labios, inspiro, creo, una cierta repulsión. A mi hermano mayor, que tiene dos sentidos de la gravedad, lo aman muchas mujeres. Mi madre, que nació con un labio único, lo ha repartido con todos los hombres que viven a su alrededor, salvo conmigo. Si alguien me ama, no lo sé. Sé lo que doy, pero lo que quisiera recibir siempre se va sin tocarme. Vivo en pareja desde hace tanto tiempo que no recuerdo ya cómo empecé ni si la persona con quien vivo sigue siendo la misma. Eso qué importa. Soy fiel: no a otro ser sino a una sola clase de sentimiento.

Y aun así, yo no soy yo sino a medias. Mi cuerpo ha crecido como el de los fenómenos de circo: normalmente. Lo otro, lo de adentro, nunca terminará de hacerse.

En mi familia todos están de paso. Aunque jamás se han movido de aquí, sienten que no pertenecen, que su lugar está en cualquier otra parte. Viven enemistados con lo que han llegado a ser o con lo que tienen, e imaginan que tal vez, si se marcharan, verían cosas mejores o ellos mismos se verían mejor. Yo he viajado mucho, en cambio, o estoy viajando todavía, y no he conseguido acomodar mi naturaleza a otro paisaje que no sea este paisaje de lo que no está, de lo que no tengo, de lo que no puedo ser.

Quien más sufre quedándose es mi padre. Tiene una colección enorme de letras de cambio y siente tanto apego por ella que si no se ha marchado ya es por no dejarla. Ha nacido con dos o tres tactos, y piensa que en otro país acaso hubiera nacido con más. En realidad necesita los tactos para vigilar la colección, que aumenta al menor descuido, y que cuanto más aumenta menos vale. Mi padre cree que sus letras de cambio están unidas por un cordón umbilical a todo lo que nos pasa, y jamás cesa de tocarlas. Si su tacto las perdiera o ellas dejaran de sentir los tactos, las cosas que nos pasan aumentarían infinitamente y quién sabe con qué destino podríamos encontrarnos.

Yo, que no tengo sino los cinco sentidos básicos, trato de suplir los que me faltan o los que me sobran pensando o imaginando: ilusionándome, dice mi madre, que nunca quiso ver una ilusión ni de cerca. Sus aprensiones son razonables. Hay días en que las balas trazan extrañas parábolas y caen o se eclipsan en los que tienen ilusiones. Será por algo, suele explicar mi padre. Y aunque podría mirar lo que hay dentro de ese algo, no se ha molestado en hacerlo. Poco a poco, el algo ha ido acomodándose entre nosotros, y ahora se nos ha vuelto tan familiar, tan invisible diría, que todo lo que nos pasa, aun lo más terrible, es, fatalmente, por algo.

En ciertas ocasiones me cruzo con mis padres, o bien el azar nos deja en un mismo lugar. Entonces, les confío el temor de que una bala se fije en mí. Mi padre pregunta siempre: ¿Una bala? Y yo digo que no es sólo la bala sino también los cuerpos donde las balas se eclipsan tanto que los hacen desaparecer. A lo que él repone: ¿Una bala? Y ya no salimos de eso.

Mi madre, en cambio, suele ser más explícita: Cómo estás, hijo, cómo estás, me saluda. Para no alterar su rutina yo le respondo que bien, aunque temo que una bala me alcance. Si temes será por algo, dice mi madre, y no salimos de eso.

En cierta ocasión sentí curiosidad por saber si la rutina, cuando se rompiera, haría un ruido, tal vez se desplazaría de su quicio. Y para averiguarlo le respondía: Madre, estoy muy mal. Necesito tu ayuda. ¿Saben lo que hizo ella? Se alejó de mí. Dijo: Por algo será que temes. Y en ese caso, nadie puede ayudarte.

Nos han dicho que si las balas aumentan desembocaremos en alguna forma de guerra, y bastará que entremos en la guerra para que ya no salgamos. Hay quienes insisten en que nos militaricemos más para proteger el confín. ¿Pero cómo hacerlo, si no sabemos cuál es el confín o dónde buscarlo? Algunos dicen haberlo visto, y con ese argumento llegan a ser generales. En cuanto llegan, pasan de largo. Y cada vez que pasan, nos queda un poco menos de confín.

En algún momento, una bala me hirió. Se cruzó con mi abdomen por azar o las ilusiones que yo tenía la atrajeron, no lo sé. Aún está adentro: la siento moverse a intervalos. Fui al hospital para que la vieran. Allí estaba mi padre y le pedí que la tocara. ¿Una bala?, preguntó. Y esta vez dijo también, como mi madre: Nadie puede ayudarte.

Alguien me abrió el abdomen, y cuando encontró la bala, la miró. Luego suturó la herida pero, como siempre sucede, no lo hizo del todo. Ahora el dolor está latiendo allí, ya no cesará. Empezar es para el dolor su único fin, sólo tendrá ése.

Poco a poco (me han dicho) este dolor a medias me hará pasar de una ilusión a otra. Si en alguna permanezco será en las ilusiones del medio o en las que se han perdido.

Y con el tiempo, ya no seré diferente. Me acostumbraré al dolor y lo incorporaré a mi naturaleza hasta que otro dolor más tibio se le superponga, un dolor más del medio todavía.

Entonces (me han dicho) las palabras se me irán afinando hasta ser silencio, iré de una a otra sustancia afín sin reposar en la mía, nada definiré en este país sin fin, ya nunca nada, tan sólo iré al confín de mi cuerpo y encontraré el principio, yo mismo volveré a entrar.

ADEMÁS

MÁS leídas ahora

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.