Vida de un hermeneuta

El historiador François Dosse publicará en Fondo de Cultura Económica una biografía del gran filósofo francés, a cien años de su nacimiento. En el texto que aquí se adelanta, se describe la influencia que tuvieron en su pensamiento Gabriel Marcel y el existencialismo cristiano
François Dosse
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7 de junio de 2013  

En 1934-1935, gracias a uno de sus condiscípulos, Maxime Chastaing, [Paul] Ricoeur es introducido en los "viernes" de Gabriel Marcel. En efecto, el maestro reúne a las 17 horas, en su domicilio, a una veintena de estudiantes de Filosofía y algunos fieles algo mayores. Ricoeur es inmediatamente seducido por el personaje, por el estilo de diálogo socrático que impone a sus discípulos. La regla de estos "viernes" es la de nunca valerse del pensamiento de otro. Se ha acordado expresar espontáneamente la propia reflexión. La segunda exigencia es proceder tanto como sea posible a partir de elementos tomados de la propia experiencia. Sin poner en duda con ello la calidad de sus profesores de la Sorbona Léon Robin, Henri Bréhier o Léon Brunschvicg, el concursante a cátedra Ricoeur está encantado de frecuentar este lugar distendido, que contrasta con el carácter elitista de la universidad. Cada invitado de los "viernes" es llamado a "exponer" sobre un tema que parta de la experiencia común, para problematizarlo desde el punto de vista filosófico. Así, el joven Ricoeur interviene sobre el tema de la justicia, el cual nunca abandonará verdaderamente, para retornar con fuerza a él en el horizonte de los años noventa.

Este lugar de distensión, de amistad, se transforma en el crisol esencial en la formación del gesto filosófico de Ricoeur. Toma de allí su gusto por el diálogo, por la preocupación argumentativa puesta al servicio de las interpelaciones de la actualidad:

El recuerdo más vivo que conservo de las sesiones de trabajo que generosamente él dirigía en su domicilio para beneficio de los estudiantes como nosotros, luego también de jóvenes investigadores, es el de un tono de investigación marcado por la preocupación del ejemplo tópico, de la explicación rigurosa, de la expresión precisa y justa.

Ricoeur experimenta, durante estos encuentros, una tensión fundadora entre dos estilos, dos modos de cuestionamiento que todo su trabajo ulterior buscará conciliar, pensar en conjunto. Este dilema, en ocasiones doloroso, lo preserva en todo caso de posicionarse como un simple discípulo y lo ayuda a construir su propio pensamiento. Por un lado, se encuentra atraído por el estilo marceliano, que lo orienta hacia los problemas de la encarnación, de la invocación, del misterio. Lee en ese momento la obra publicada de Marcel, el Diario metafísico, Ser y tener. Por el otro, descubre con pasión, el mismo año, también gracias a su amigo Maxime Chastaing, la obra de Husserl con la traducción inglesa de las Idées directrices, pensador más conceptual, fundador de un método fenomenológico. Ricoeur le dedicará sus primeros trabajos filosóficos, y contribuirá en gran medida a introducirlo en Francia, gracias a su traducción del alemán al francés. En los años treinta, Ricoeur aún no discierne bien el carácter antitético de estas dos filosofías. Les es común la preocupación por volcarse hacia lo concreto, por ir a las cosas mismas, pero "poco a poco he comprendido que pertenecían a tradiciones diferentes".

Ricoeur se halla pues, desde el comienzo, atrapado entre dos lógicas conflictivas, sin abandonar nunca uno de los dos términos de la contradicción descubierta. Este motor paradójico del obstáculo, de la frontera, traduce una voluntad de acogida de la diferencia, de lo contradictorio, sin ceder nunca al confusionismo que eliminaría las asperezas de las posiciones divergentes.

En estos años treinta, Gabriel Marcel cumple un papel de motivador, no dudando en impugnar los conformismos, no tolerando la abstracción, impidiendo que se diga "Kant o Descartes han dicho que…" para que sus allegados siempre se sientan volcados a la creación personal, pensada y vivida. La personalidad exuberante de Marcel, autor de obras de teatro, está sin embargo en las antípodas de la de Ricoeur. Imprevisible, capaz de cambios espectaculares, temeroso hasta de su sombra, siempre enfermo, febril, gozaba de la fascinación que ejercía sobre sus allegados; "hay un carácter algo femenino de Marcel, algo espontáneo, vivo".

Sus diferencias se hacen claras también en el plano político. A pesar de su común sensibilidad por el mundo, Marcel no comparte la radicalidad de los compromisos de izquierda de Ricoeur. Coinciden sobre todo en su común rechazo de todo pensamiento dogmático y en un arraigamiento de la filosofía en la existencia, conocida en la posguerra bajo el nombre de existencialismo.

Marcel también iniciará precozmente a Ricoeur en la apertura a lo extranjero. En efecto, a partir de 1927, es el responsable de la colección Feux Croisés en Plon, dedicada a la literatura y a la filosofía anglosajona. Conoce y discute las tesis de Whitehead y de Russell en un momento en el cual estos autores son aún totalmente ignorados en Francia, y publica a Virginia Woolf, Rosamond Lehmann, Aldous Huxley, D. H. Lawrence, Forster y muchos otros.

El "salón" de Gabriel Marcel se convierte rápidamente en uno de los lugares más importantes de la inteligencia cristiana. Junto a la influencia que ejercen en ese momento los de Nicolas Berdiaev y de Jacques Maritain, el de Marcel, situado en el corazón del Barrio Latino, en el número 21 de la calle Tournon, atrae rápidamente a algunas personalidades. Están sus discípulos, Jeanne Delhomme y Jeanne Parain, pero además han participado de estos encuentros Sartre y Levinas; también se encuentran allí con Jeanne Hersch, Pierre Boutang, el pintor Lapicque y el escritor Michel Butor. También acude el actor Alain Cuny, quien había comenzado estudios de Filosofía y había sido aconsejado por François Mauriac para asistir a lo de Gabriel Marcel. Se convierte entonces en un participante regular de los "viernes". Lo mismo ocurrirá con el joven clérigo Pierre Colin, que asiste regularmente de 1943 a 1950.

Las relaciones de aprecio y amistad que nacieron en ese año 1935 entre Marcel y Ricoeur continuaron hasta la muerte del primero en 1973. Aun cuando las múltiples actividades de Ricoeur lo alejaron de la calle Tournon, nunca dejaron de verse y mantenerse en contacto: "Cuando iba a ver a mi suegro, siempre decía: ‘Ricoeur me ha dicho por teléfono…’ o ‘He visto a Ricoeur…’ [Anne Marcel, entrevista con el autor], aun en los años cincuenta-sesenta".

El padre jesuita Xavier Tilliete, gran amigo de Gabriel Marcel, especialmente en los últimos años de su vida, recuerda que "hablaba a menudo de Ricoeur".

Otra dimensión, existencial, vincula a Marcel y Ricoeur: su travesía precoz por lo trágico. En efecto, como Ricoeur, Marcel fue educado por su tía, luego de la desaparición de su madre cuando tenía cuatro años. La muerte y la cuestión del mal ocupan permanentemente entonces sus reflexiones.

Traducción: Pablo Corona

  • Paul Ricoeur. Los sentidos de una vida (1913-2005)

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    Fondo de Cultura Económica
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