Violencia interior

Selva Almada, autora de la exitosa novela El viento que arrasa, narra en Ladrilleros un conflicto pasional entre familias
Martín Lojo
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12 de julio de 2013  

Amanece en un parque de diversiones de provincia y dos cuerpos jóvenes agonizan en el barro. Pajarito Tamai y Marciano Miranda acaban de cerrar en un duelo de cuchillos una larga historia de enfrentamiento familiar. Con ese desenlace trágico comienzaLadrilleros, la segunda novela de Selva Almada (Villa Elisa, Entre Ríos, 1975), sucesora de la exitosa El viento que arrasa. A partir de allí, retrocediendo y regresando alternadamente a ese momento final, la narración reconstruye la historia de las dos familias y enfoca los pequeños acontecimientos violentos que llevaron a esas muertes anunciadas.

Una violencia que parece ineludible, inspirada por el clima sofocante del Chaco: "Acá, todo duro, seco y espinoso, lleno de polvo. [...] Acá no se puede, acá todo tiene que ser violento, a la fuerza". En ese ambiente se enciende la disputa de origen tan antiguo como olvidado entre Oscar Tamai y Elvio Miranda, los padres de los duelistas. Ladrilleros humildes que apenas soportan las durezas del trabajo y el aburrimiento de la vida familiar, a los que escapan entregándose al juego, a la bebida y al odio mutuo, que se expresa en pequeños actos de vandalismo, robos menores y algunas peleas cuerpo a cuerpo. Son sus hijos quienes van a derramar la sangre de ese resentimiento, acorralados por un azar riguroso, acaso un destino, que confirma el lugar común ("lo que se hereda no se roba, dicen"). Esa necesidad de la trama le da cierta rigidez al punto de vista de la novela, como si existiese un mandato determinista que naturaliza la agresividad gratuita de las vidas que retrata, una falla de origen confirmada en la sentencia del policía que cierra la novela: "¡Qué desperdicio, mierda!".

La novela logra sortear esa primera impresión de lectura por el modo en el que el narrador presenta y da voz a sus personajes. Sin abandonar la contención de su prosa, Almada se acerca a los actos y deseos de los ladrilleros sin juzgarlos. Se deja fascinar por sus impulsos violentos y permite que hable la moral del cuerpo que los motiva. Así aparece una versión más compleja del conflicto. Contra los esfuerzos de las mujeres de ambas familias para contener a sus hombres y estabilizar la economía hogareña, las pasiones desbordadas de los Tamai y los Miranda son el cimiento de su afirmación personal, su identidad y su libertad. Es por esto que las escenas sexuales, y sobre todo las homoeróticas, representan la única instancia en las que el desencuentro entre los personajes se suspende. También es la razón por la que, frente al padecimiento de los cuerpos en el rigor del trabajo, la pelea se transforma en su opuesto: un momento de regocijo erótico y estético: "La coreografía fue sufriendo variantes: de la habilidad bruta a la destreza refinada. Fue cambiando junto con los cuerpos. Ese primer contacto del hombro contra el pecho fue dando una idea clara de las transformaciones: un día el hombro en vez de ir a dar contra el torso huesudo, se hundió en un pectoral hinchado; otro sintió el músculo duro, el botón de la tetilla parándose al roce". En la comprensión de ese deseo sin límites se conjura el "desperdicio" de la tragedia social. Ya no alcanza el determinismo de clase, entonces, para explicar el odio entre vecinos, la rivalidad entre padres e hijos, la voluntad de destruir al otro y destruirse a sí mismo.

Almada reconstruye la experiencia del pueblo de provincias con extrema precisión, descubre sus reglas y recrea su lenguaje buscando no sólo la sonoridad de sus palabras sino también la complejidad de sus sentidos. Sin renunciar a las formas del relato clásico, se permite aflojar el verosímil realista cuando la narración lo exige. Ese esfuerzo por crear una literatura de ambiente rural sin ingenuidades "localistas" da como resultado una mirada que se identifica con lo que ve sin negar la distancia.Ladrilleros asume así el riesgo de una ambigüedad que oscila entre el lugar común y la búsqueda de una comprensión más compleja y desprejuiciada.

  • Ladrilleros

    Selva Almada

    Mardulce

    240 páginas

    $ 85
  • La resistencia del Strega

    La edición 2013 del Strega, el premio que toma su nombre del famoso licor y que se entrega en Italia al libro publicado, correspondió a Walter Siti y su novela Resistere non serve a niente. Atrás quedaron Alessandro Perissinotto (Le colpe dei padri) y Paolo Di Paolo (Mandami tanta vita). Ensayista, narrador y curador de la obra de Pier Paolo Pasolini para la editorial Mondadori, Siti tomó con serenidad el premio. Le explicó a La Repubblica: "Me consideré perdedor desde el día antes. Es una buena táctica para estar tranquilo. Un ejercicio zen. Lo que llega se recibe entonces como un plus, una recompensa".

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