Afganistán: el día en que el fútbol recuperó la libertad

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26 de diciembre de 2001  

KABUL, Afganistán (ANSA).– La escenografía está compuesta por destrucción y desolación en la capital de Afganistán, donde en los últimos años la crueldad y las privaciones mantuvieron bajo su suela a una población casi predestinada al sufrimiento. Un grito de gol sonó a liberación en una cancha que poco antes fue símbolo de asesinatos, ejecuciones y vejaciones.

Derrumbado el opresivo régimen talibán, miles de afganos disfrutaron por primera vez en años del clásico futbolístico de su país. Los dos mejores equipos, Sabawun y Miwand, se enfrentaron ante 3500 personas para definir la Copa Hindu–Kundush, un trofeo puesto en juego para celebrar la llegada de la Alianza del Norte al poder, en detrimento del fundamentalismo que imprimían los talibanes. El escenario fue el estadio Ghazi, golpeado por los bombardeos de la guerra civil entre 1992 y 1996, todavía con cicatrices de aquellos enfrentamientos. El mismo lugar que poco tiempo atrás era utilizado como sede de horrores, torturas y ejecuciones.

“Aquí no se podía venir hace unos meses –explica Zamán, un joven de 20 años–. Interrumpían cada partido. Llegaban con sus camionetas y hacían bajar a los reos. A unos los colgaban de los arcos, a otros les cortaban las manos... Era asqueroso.” Las atrocidades que refiere eran parte del repertorio de la policía religiosa, que controlaba el cumplimiento de las normas e interrumpían los encuentros para obligar a los espectadores y a los jugadores a rezar.

Estos días ofrecen un panorama bien distinto. En la cancha los futbolistas tuvieron lujos impensados en tiempos no tan lejanos. Ya no fue obligatorio usar barba ni pantalones largos. Pudieron volver a calzarse shorts y hasta se dieron el gusto de aportar un toque occidental: Miwand vistió la remera de Manchester United, mientras que Sabawun utilizó la de Real Madrid. Todo ante los atentos ojos de los flamantes ministros, ubicados en la tribuna presidencial.

La censura talibán incluía que el público no podía vivar a un equipo, gritar los goles o abuchear al árbitro. “Durante la era talibán había varios campeonatos, pero cualquier expresión, como festejar un tanto, era reprimida con latigazos por la policía del Ministerio de la Virtud y la Represión del Vicio”, contó Abdul, de 70 años.

Por esta obligación de jugar en pantalones largos, la Federación Afgana quedó excluida como miembro de la FIFA. El presidente de la entidad que rige el fútbol en Afganistán, Zalma Palyanda, se lamentó: “La comunidad mundial de fútbol nos ha olvidado. Tenemos necesidad de un sostén internacional, de entrenadores, de establecimientos. Creemos tener suficientes talentos para participar en la Copa del Mundo, pero no suficientes recursos financieros. Ahora queremos pedir la readmisión”.

Como manera de inspirar confianza, el comandante Jani, uno de los líderes militares de la Alianza del Norte, pagó de su bolsillo las copas para los equipos y otros premios. Por ejemplo, Abdola Barak monopolizó los halagos como goleador y mejor jugador del partido. En total, Barak, delantero de Sabawun, que se impuso por 1 a 0, embolsó 500.000 afganis, equivalente a... unos 20 dólares.

Disfrutando de un té, después del partido, Barak, que alguna vez actuó en el seleccionado afgano, recordó que desde 1998 no se transmitía por televisión un partido de fútbol. Además, confesó que Brasil y Holanda son sus equipos favoritos y que le encantaría medirse con Paquistán, a quien considera el gran enemigo, por el apoyo que le dio a los talibanes.

El hedor de la guerra todavía no se evaporó en Kabul. Sin embargo, en la búsqueda de la restitución de ciertas libertades que parecían sepultadas por la mano del fundamentalismo, el golpeado pueblo afgano pudo disfrutar, observar una pelota y deleitarse con ella sin tener que temer que la intemperancia de un látigo le atragante algo tan simple y genuino como un grito de gol.

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