Al rescate de una idea que naufragó

Claudio Mauri
Claudio Mauri LA NACION
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5 de julio de 2015  • 23:03

No habría que hacer sangre con Gerardo Martino porque su lectura de lo que fue la final no coincida con la observación mayoritaria. Cuesta compartir con el "Tata" su conclusión de que la Argentina "debió ganar". Quizá no es tan descabellado si se atiende a las situaciones de gol de un equipo y otro. La Argentina estuvo cerca del gol en un cabezazo del Kun Agüero y en las definiciones fallidas de Lavezzi e Higuaín, y Chile no contó con ocasiones tan claras, pero sí fue superior en planteo, control del juego e intensidad. Minutos después de perder una final que causa mucho dolor por las inmensas ilusiones que había depositadas, es hasta lógico que un director técnico trate de aferrarse a lo poco positivo que se pueda rescatar. Lo importante es que el tiempo le traiga la necesaria autocrítica para hacer las revisiones y ajustes que hagan falta. Quedarse con aquellas primeras sensaciones de la conferencia de prensa sería engañarse o negar una parte de la realidad.

Quizá, a Martino le convendría retrotraerse a lo que había dicho el día previo a la definición de la Copa América, cuando visualizó un riesgo, una amenaza en la que al final cayó el equipo. El sábado había expresado: "La importancia de un resultado a veces te hace desviar de la mejor forma de encarar un partido. Lo que más nos va a acercar al triunfo es parecernos a lo que habitualmente hacemos". Y justamente ahí estuvo el principal pecado del seleccionado: en el día más importante no fue una copia fiel de lo que venía siendo. Quizá sea muy duro y drástico decir que se traicionó, pero no se faltará a la verdad si se afirma que la derrota por penales castigó al que no supo imponer sus convicciones. Como si la trascendencia de lo que estaba en juego hubiera producido cierta parálisis, algo muy difícil de aceptar por dos motivos: Martino propone exactamente lo contrario: movilidad y audacia, y la gran mayoría de los jugadores está curtido en partidos decisivos, que ponen a prueba los nervios y el temperamento.

Si el Tata repite desde que asumió que se siente más tranquilo y satisfecho cuando el seleccionado ataca que cuando es atacado, ecuación que le venía dando a favor en todos los encuentros anteriores, ¿por qué el sábado el equipo extravió esa consigna? La Argentina venía afianzando una idea de juego ambiciosa -presión alta, elaboración y la implicación de varios futbolistas en el ataque- que tuvo un retroceso frente a Chile. Mal día para que el proyecto entrara en un paréntesis. Era la oportunidad para mandar un mensaje contundente, no sólo por lo que hubiera significado el título para soltar el lastre de los 22 años sin vueltas olímpicas, sino también para consolidar esta modalidad de juego de la que todo el plantel, o al menos sus principales referentes, dice estar consustanciado.

Hace bien Martino en decir que un resultado no lo hará cambiar de idea futbolística, pero sí un rendimiento como el de la final lo obligará a seguir trabajando para que esa idea prenda con más fuerza en la práctica y no quede solamente en una declaración de intenciones.

A caballo de otro segundo puesto que supo a poco, se escuchan y se seguirán escuchando sentencias apocalípticas y destructivas sobre el director técnico y más de un jugador. No es el camino. Es el momento de mantener la calma, reponer energías y reenfocarse en un proceso que apunta al largo plazo. Desde estas líneas se escribió antes de la final que el seleccionado era lo mejor que tenía un fútbol argentino en estado de descomposición. Y lo sigue siendo, aún en los días en que no es tan bueno como se esperaba.

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