El piloto que desafía a la historia

Jorge Oviedo
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23 de diciembre de 2009  • 23:58

Se despidió hace tres años de la F1 en San Pablo, donde debía ser por octava vez campeón del mundo. El espectáculo de su tenacidad increíble y de su ambición competitiva sin límites no alcanzó para que cumpliera la meta. Ferrari le tenía una fiesta preparada, que fue una velada triste ante el logro de Fernando Alonso, que con Renault, fue por segunda vez campeón mundial. La carrera la ganó Felipe Massa, en un brillante desempeño en su primer año en la escudería italiana.

Schumacher había tenido un problema en la bomba de combustible en la clasificación que lo hizo largar décimo, partió como una tromba ganando lugares, pero un safety car temprano por un toque y despistes entre Rosberg y Webber detuvo su escalada. Los auxiliares demoraron una eternidad en limpiar los restos del Williams de Rosberg en el final de la curva de entrada en la recta principal y perjudicaron al campeón alemán, que tras años de supremacía había tenido un mal 2005. Ferrari padeció el flojo año de Bridgestone como proveedor de neumáticos. La mayoría de las escuderías optó por los Michelin, que fueron muy superiores, el campeonato se decidió entre Alonso y Raikkonen (McLaren) y lo ganó el español.

En 2006 Schumy volvió con todo, pero Alonso y Renault fueron durísimos contrincantes. Su exceso de vehemencia en Hungría lo llevó a dañar el auto y la mala suerte hizo que se le rompiera el motor en Japón, algo que no le pasaba hacía muchísimo. Allí perdió puntos clave. Llegó a San Pablo con la necesidad de ganar la carrera. En la segunda vuelta ya estaba sexto.

No pudo acelerar a fondo de nuevo hasta que se cumplió la séptima vuelta al retirarse el safety car. Cuando se reanudó pinchó un neumático trasero al pasar a Fisichella, compañero de Alonso, por un toque. Estaba muy lejos de la entrada de boxes. Cayó al último lugar y Massa, que volaba en la punta, debió levantar para no sacarle una vuelta.

Volvió, y en una escalada monumental fue cuarto. Como si se tratara de un debutante que buscaba la gloria por primera vez, el dueño de casi todos los récords de la F1, el que rompió todas las estadísticas, lo dejaba todo en la pista. Parecía que no habría otra oportunidad. En un emotivo festejo de su extraordinaria victoria en Monza de ese año había anunciado su retiro.

Ahora tendrá una nueva oportunidad. Y será nada menos que con el equipo que creó Ross Braun, el jefe de los "garagistas ingleses" que lograron con él terminar con 20 años de fracasos en Ferrari. El otro gran arquitecto de los años más gloriosos de un piloto y un equipo en la Fórmula 1 no podrá acompañarlo esta vez desde los pits. Jean Todt es ahora nada menos que el presidente de la FIA.

Es difícil encontrar en cualquier otro deporte semejantes ansias de triunfo y de superación, como las del gran campeán alemán. El incomparable Schumacher está a punto de retornar. Está a punto de volver un piloto con un temple y convicción sólo comparables con sus excepcionales habilidades conductivas. Los espectadores estamos a punto de volver a ver correr a quien ya parecía convertido en un mito.

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