No hizo más que atender el llamado de su conciencia

Daniel Meissner
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24 de diciembre de 2009  

Le deben arder las orejas por estas horas a Michael Schumacher. Quizá no exista lugar en la tierra en el que no se esté cuestionando su regreso. Más allá de sus incondicionales seguidores, felices ellos, el resto se pregunta por su vuelta. ¿Por qué? ¿Para qué?

El hombre que se quedó sin energía a fines de 2006, según sus propias palabras, parece haberla recuperado a mediados del año pasado, cuando aquella lesión de Felipe Massa en Hungría le abrió las puertas a una vuelta que no pudo ser por un cuello díscolo, empecinado en prolongar el descanso del múltiple campeón. Le quedó la sangre en el ojo a Schumy. El alemán, se sabe, no es de permitirse frustraciones y mucho menos de dejar las cosas en punto muerto. Desde entonces puso la mira en volver. Y volverá, porque es Schumacher. Porque lo empuja un espíritu indomablemente aguerrido que lo llama de nuevo a la pelea ante rivales que, por edad, bien podrían ser sus hijos.

El piloto le ganó una vez más al asesor técnico, al consejero, al hombre común. La llama de la competición nunca dejó de brillar en sus ojos. Y los tres años sin volar bajo, interminables y soporíferos, fueron demasiado. Mientras en su pecho palpite el espíritu de la velocidad y su físico le responda, Schumy no sirve para seguir las carreras desde el ‘pitwall’. Se sufre menos desde arriba de un coche, está claro. Ahí está la esencia. Ahí está la vida tal y como merece ser vivida. Nunca fue un ex piloto, nunca entendió que manejar coches a la velocidad del viento había dejado de ser su profesión. Aunque lo haya dicho.

Schumacher vuelve atendiendo el llamado de su conciencia. No importa lo que haya expresado antes. Tampoco le importa que, como es de esperarse, aparezca quien asevere que arriesga su historia y su gloria. Tonterías. Un campeón es siempre un campeón. Aunque fracase, nadie le quitará las siete coronas que ganó y su nombre será una mención ineludible cuando se hable de los más grandes. Si al fin y al cabo ya sabe de paradas bravas, como cuando cambió un Benetton ganador por una Ferrari sin rumbo, a la que convirtió en triunfadora y multicampeona. Regresa la leyenda y los cuestionamientos están a la orden del día. Pero son palabras que rebotan en el vacío. Al Káiser lo necesita una F.1 descolorida, ávida de apellidos convocantes. Lo necesitan sus rivales para medirse e intentar batirlo, con el orgullo que ello implicaría.

Cuestionar su vuelta a los 41 años sólo es una invitación a perder el tiempo. Mejor disfrutemos en directo de la historia. Para el momento actual, tener en las grillas a un veterano que ya levantó siete copas y aún es capaz de expresar que está "encendido" por seguir acelerando, es, cuanto menos, un motivo de ejemplo para el resto.

dmeissner@lanacion.com.ar

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