Un sueño quebrado

Por Alfredo Parga Para LA NACION Deportiva
Por Alfredo Parga Para LA NACION Deportiva
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31 de enero de 2002  

Nunca estuvo ahí. Ni siquiera cuando tendenciosas voces desgarraban su hombría. Cuando un periodista británico se respondía a su propia pregunta: "¿Prost? Parece que le tenía miedo a la lluvia. Era como descubrir que Papá Noel no existía".

"¿En los tribunales? Había estado antes, allá por 1984, cuando la prensa le iniciaba otro "proceso" por haber entregado la primera posición del campeonato, superado por el viejo Lauda, adjuntando pruebas irreversibles como la del trompo en la curva de Zeltweg, el 19 de agosto, yendo en punta. "Como un novato de pocas luces...".

Cuando le bajaban el pulgar expertos como Morosini, D´Ulise y Buzzonetti, entre otros, mientras que a cal y canto lo defendían Allievi, Marincovich, Benzing y De Adamich. La sentencia sin almidón de la prensa italiana lo absolvía...

Hoy vuelve a estar en el ojo de la tormenta. Ahora, el riguroso Le Figaro habla del "fracaso de Prost y no de la Fórmula 1", pero no cierra la puerta, avisando que "si es verdad que Francia lo dejó caer, habrá que intentar saber por qué".

¿Qué se le reprocha? Su actitud. La ausencia de autocrítica. Su pedantería cuando aburría con aquello de "soy cuatro veces campeón del mundo y no tengo nada que probar".

Hay que tamizar el polvo levantado por la caída. Es muy fácil golpear a un caído. Tan fácil como cobarde. En materia tan vil, la historia sabe que Francia es adicta a la enfermedad de la traición. Genuina o fabricada. Está la del capitán Alfred Dreyfus en 1894, rehabilitado en 1906, cuando el "J´acusse" de Emile Zola tenía ocho años de fatiga. O la del mariscal Henri-Philippe Petain, condenado a muerte por traidor en 1945, antes de saber conmutada la descarga de la fusilería por una condena perpetua en la isla de Teu... Prost otra vez en el banquillo. En momentos en que Francia levanta el escudo de Renault para correr atrás del nuevo coche "todo francés", cuesta poco olvidarse del auto azul "mancillado con viejos motores Ferrari que no eran lo que habían sido".

¿Prost es el único culpable? ¿O es Prost al que hoy se traiciona? En medio del silencio de la vergüenza -cuando mucho queda por ser investigado-, se siente flamear seco e indiferente, el trapo rojo de una bandera de remate.

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