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"Le mando un abrazo al camarógrafo que enfocó a mis padres -Atilio y Elsa- cuando me entregaron el premio." Más allá de lo que piensen algunos, la frase de Orlando Baccino no tiene ni un mínimo rasgo de cholulismo; es que para el ganador del Olimpia de Plata en judo, ver la emoción de su familia vale mucho más que cualquier recompensa material: "Esto es para ellos, por todo lo que me bancaron; no sólo con el dinero que invirtieron en mi carrera, que serán unos 20 mil dólares, sino también en lo anímico y emocional".
El "le quiero agradecer a..." saldrá en incontables oportunidades de su boca y, según sus palabras, no por casualidad: "Poca gente sabe lo que significa para los atletas amateurs un reconocimiento de este tipo. Aparte, cuando se llega al éxito, muchos se olvidan de dónde vienen y de quiénes los ayudaron, pero yo no".
Por el judo y la bandera De lunes a viernes Baccino se entrena y vive en el Cenard y, al igual que todos los atletas de alto rendimiento que están becados por su correspondiente federación, recibe 300 pesos mensuales. Es mucho el sacrificio, y poca la recompensa.
"Lo hago porque el judo es una manera de vivir, tengo 28 años y lo practico desde los seis. Por otra parte -agregó-, si bien yo no tengo la beca especial que otorga la Secretaría de Deportes -600 pesos- a los más destacados y a los que crecieron en su rendimiento, tuve una charla con Hugo Porta y me prometió que me iba a responder."
Y no es injusto lo que pide. A los logros que obtuvo este año (campeón sudamericano, panamericano e iberoamericano en Colombia, México y España, respectivamente; medalla dorada en los abiertos de Italia y Toulouse, y 9° en el Mundial de París), hay que sumarle las dificultades que tiene para poder entrenarse. "El tema es que en el país no hay muchos adversarios de mi categoría -más de 95 kilos-, entonces tengo que hacer mucho gimnasio, y luego luchar con rivales más chicos para tomar velocidad."
"Pero no importa, ahora en los torneos europeos no sólo se compite, sino que también tienen campos de entrenamiento. A pesar de que todo me cuesta el doble y de que en otros países tengan más infraestructura, estoy orgulloso de ser argentino y de representar a mi país...Cuando lucho, lo hago por la celeste y blanca", sintetiza Baccino.
El prejuicio que existe sobre la inteligencia y los sentimientos de los gigantes como Baccino -123 kilos y 1,82 metro-, queda destruido al escucharlo: "Yo no me la creo, un premio no mide lo que soy como persona. Sólo lo hacen mi familia y mis amigos".
"Cuando puedo le doy una mano a quien la necesite. El otro día, en el marco de un plan de intercambio, estuve en un penal visitando a los reclusos junto con otros deportistas. La idea es que por medio del deporte se reinserten en la sociedad.
"Al igual que con los discapacitados físicos; por ejemplo, en los últimos panamericanos especiales yo estuve en la tribuna alentando como un hincha más a la selección de basquetbol, en la que, además de amigos, hay gente a la que respeto muchísimo".
La esperanza de subir al podio en Atlanta ´96 quedó trunca, según dice, porque las agujas del reloj le jugaron una mala pasada: "Si bien perdí combatiendo, había perdido el ómnibus oficial que me llevaba al estadio. Llegué con más de una hora de retraso, cuando faltaban sólo tres turnos para mi lucha, y tuve que competir sin poder calentar todo lo necesario".
Pero la vida siempre da revanchas, y los Juegos Olímpicos de Sydney 2000 pueden ser una de ellas. Y Baccino lo sabe: "Desde siempre sueño con una medalla olímpica, y si logro mantener este nivel, quizá se me haga realidad. Sé que algunos dirán que es una utopía, pero no me importa, ¡si cuando empecé en el judo decían que con mi peso y mi altura no podía llegar a nada!" ¿Se volverán a equivocar?
Con la voz quebrada. Orlando Baccino se compenetra a la hora de reconocer que ningún sponsor apoya su carrera, y se muestra estusiasmado al decir que pasó al 2° año de la carrera de licenciatura en educación física, en la Universidad del Salvador. Pero es el recuerdo de Miguel Clavero, el ciclista fallecido en un accidente automovilístico el 29 de noviembre último, el momento más emotivo de la extensa charla.
"Cuando le estaban entregando el Olimpia de Plata al padre de Clavero yo estaba detrás del escenario y aplaudí a rabiar, no sólo por admiración, sino también por respeto a Miguel y su familia.
"Yo lo conocía y sé lo que se entrenaba y la pasión que ponía en lo suyo. Con sólo 19 años -reflexiona mientras mira un punto fijo- era un verdadero atleta amateur, y amaba al ciclismo.
"Si no se lo entregaban a él, al igual que los hermanos Curuchet, cuando yo recibiera mi Olimpia se lo iba a dar en la mano a su padres, con quienes comparto su dolor, en reconocimiento y en memoria de su hijo", dijo Baccino entre lágrimas. Y con la voz quebrada.



