Se ganó el corazón de la gente

Miguel Romano
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27 de agosto de 2001  

NEUQUEN.- El seleccionado argentino se ganó el corazón de la gente. Existe, al fin, un equipo nacional de basquetbol que gusta, que emociona y divierte; que potencia el fervor del público, que se envuelve en celeste y blanco; que levanta las banderas; un conjunto que despierta pasión y genera el emblemático aliento futbolero: "Vamos, vamos... Argentina...". Un seleccionado que apabulló rivales, que se clasificó para el Mundial; un plantel que firmó miles de autógrafos y que provocó los elogios menos esperados de los expertos más calificados: Flor Meléndez, el técnico puertorriqueño, que vivió muchos años en nuestro país, dijo ayer: "Hoy es la tercera potencia del mundo, detrás del Dream Team, de los Estados Unidos y Yugoslavia".

Demasiado halago para oídos tan desacostumbrados. Jay Triano, el entrenador de Canadá, y Ary Vidal, conductor de uno de los mejores seleccionados brasileños de la historia, reconocieron estar sorprendidos por el altísimo nivel de juego de nuestro seleccionado.

Casi que es necesario pellizcarse para entender que no es un sueño. "Sinceramente, este grupo no parece integrado por argentinos", fue la espontánea reflexión de Luis Oroño, segundo asistente del DT Rubén Magnano y por varios años jugador de selección.

Por conducta, por esfuerzo, por mentalidad, por esa perfecta mezcla de juventud y oficio; acaso por intensidad defensiva, por el talento y la capacidad para anotar con facilidad, este seleccionado se ubicó en el podio con los mejores de todos los tiempos. Se recordará, con justicia, a aquellos brillantes campeones del Mundo de 1950; de todos modos, era otra época; el basquetbol de Europa y América no estaba organizado como ahora, cuando sobran grandes equipos en diferentes latitudes.

Este plantel de Magnano tiene un plazo fijo depositado con los mayores intereses bancarios, pues cuenta con la solidez de la amistad y la ambición de hacer historia: "Queremos ser la mejor generación del basquetbol argentino", declaró Fabricio Oberto; una motivación muy grande que comparten todos, desde el primer dirigente al último de los asistentes. Sólo resta esperar nuevos frutos y disfrutarlos.

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