Brasil cumple, Alemania dignifica

Tras la temprana eliminación de la Argentina y algunas malas elecciones en el camino, la decisión final de apoyar a Brasil o Alemania fue la más acertada para el hincha camaleón
Hugo Caligaris
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28 de junio de 2002  • 10:08

YOKOHAMA.– La pesadilla del hincha sin suerte terminó, por fortuna. El siempre cumplidor Brasil se encargó de poner las cosas en su sitio tras ese rapto de inexplicable lirismo que nos había llevado a respaldar a México después de la caída de la Argentina. Mientras tanto, Alemania, acertadamente elevada por el hincha a la categoría de candidato en reserva, dignificará con su presencia la final, y el campeonato terminará como es debido. Es decir, con la puja entre una selección de Europa y otra de América del Sur.

Ahora, que simplemente gane el mejor. Observaremos la final desde cierta distancia, con la tranquilidad de espíritu que da saber que se ha hecho cuanto se ha podido. Aunque sea en el furgón de cola, estamos orgullosos por haber podido subirnos al tren de la historia cuando hicimos profesión de fe, antes de los cuartos de final, en favor de la divisa verde y amarilla. Es verdad: en alguna medida lo hicimos por legítima simpatía subcontinental y en una medida considerablemente mayor porque estábamos hartos de perder siempre.

Disfrazados como Juan Carlos Copes bailando en una escola do samba, nos pusimos la camiseta de Brasil con todo el riesgo que ello suponía. ¿Qué hubiera sido de nuestro prestigio, nos preguntamos, en caso de haber caído ante los ingleses? Y, peor aún: ¿qué si un conjunto sin linaje, como el turco, nos hubiera sacado de carrera? Un sudor frío nos empapa la frente de sólo pensarlo.

Es verdad que por el lado alemán el hincha no corría gran peligro. De lo peor que podía pasar, una derrota frente a Corea, hubiéramos salido fácilmente argumentando verdades tácitas tales como el peso que tiene siempre la condición de local y la debilidad que suelen sentir los árbitros por los dueños de casa. Lo sabemos porque fuimos dueños de casa alguna vez y en esa oportunidad (consultar al respecto con los hermanos del Perú) nos tocó, podría decirse, bailar con la más linda.

Pero, como si fuera poco lo de Brasil, Alemania también ganó, lo que colma nuestras expectativas. Nos agradan los clásicos europeo-americanos, y también nos resulta excitante saber que el joven fútbol de otras nacionalidades se está convirtiendo en promesa de renovación para el futuro. Esa arrogancia de reclamar hoy lo que corresponde pedir mañana nos saca un poco de las casillas. Una cosa es que los chicos crezcan y otra que nos comiencen a dar órdenes desde el corralito.

Ya nos alcanzarán, queridos senegaleses, japoneses, coreanos, turcos y cameruneses. Pero primero hay que nutrir el cuerpo y el alma, que en vuestro caso está, desde el punto de vista deportivo, en pleno proceso de desarrollo. Es mejor para todos, ya lo comprenderán a su debido momento, que la Copa no salga por ahora de los lugares que siempre ha sabido frecuentar. ¿Hasta cuándo? ¿Será, acaso, en el próximo Mundial? No os impacientéis así: ya lo veremos.

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Dicho esto, el hincha convertido en camaleón por el imperio de los hechos se despinta la cara y declara su neutralidad para el último encuentro. Dice que así está bien, que de cualquier forma ya ganó, y comienza a preparar las maletas para volver a su querida patria. Como Gardel, pero sin la frente marchita.

Pese a que las noticias recibidas en los últimos días hacen que pliegue sus camisas con lentitud superior a lo normal, regresar después de un mes y medio de ausencia da muy buenos motivos para la alegría. Sea uno periodista, deportista o turista adinerado que pudo sustentar su permanencia prolongada en una región tan cara como ésta, mentiría al decir que no extraña lo suyo. Y mentiría también si, con una mano en el corazón, no confesara que también extrañará esto.

¿Qué se echará en falta? No tanto las montañas y los paisajes, y mucho menos las ciudades, más impactantes que bonitas. Sí los pequeños gestos, como el de la abuela que corrió tras el cronista cargado de maletas bajo la lluvia para regalarle su paraguas. Y la falta de gritos, y la maravillosa puntualidad de los trenes.

Pero la vida es eso: extrañar a dos puntas. Y también extrañar antes de tiempo, cosa que se está dando en nuestro caso, puesto que todavía falta la gran final.

A propósito, para que no se diga que nos faltó el valor en el segundo postrero, después de haberlo derrochado en nuestros saltos de conjunto en conjunto, daremos de todos modos nuestro propio pronóstico, sin esperar honores particulares en caso de acierto: con el regreso de su gran estrella, Ronaldinho, el vencedor será Brasil.

Una pregunta: ¿las cláusulas del Mercosur contemplan en algún lugar la doble nacionalidad de las copas? Es posible que no. Faltó la picardía imprescindible, ésa que está presente a toda hora en nuestras charlas de café, pero que suele desaparecer por regla cuando se entablan negociaciones diplomáticas de largo aliento. ¿Qué les hubiera costado a quienes redactaron el acuerdo añadir: “Los argentinos tendrán el derecho de festejar como propio cualquier trofeo futbolístico ganado en el terreno internacional por Brasil. Y viceversa, cualquier día de éstos”?

Pero faltó ese artículo. A eso se debe nuestra determinación de tomarnos las cosas con calma. Una caipirinha, a lo sumo, y sin hacer demasiado aspaviento. Y otra para olvidar que Biel-san y sus muchachos perdieron. Y la tercera contra esa mala suerte que nos impidió ganarles a los suecos. Y las que sigan, por Gilberto Gil, María Bethania, Joao Guimaraes Rosa, Ulises Drummond de Andrade o cualquier otro que nos salga al encuentro.

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