Brasil salió de la pesadilla cuando temblaba de terror

Venció a Chile por 3-2 en los penales, tras el 1-1 en el tiempo reglamentario y un alargue en el que, sobre la hora, sufrió un pelotazo en el travesaño; Jara, que anotó en contra, falló el tiro decisivo; Julio César se lució y atajó dos remates
Cristian Grosso
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29 de junio de 2014  

BELO HORIZONTE.– Una pelota en el travesaño que enmudeció a una nación. Otra pelota en el palo que espantó la palidez de un país al borde de una crisis futbolística con derivaciones ilimitadas. El asombro de lo que parece irreal es uno de los secretos del deporte. Se creía que la devastadora angustia del Maracanazo del 50 había agotado la perplejidad de todo un pueblo… no podía haber otro mazazo esperando en el futuro. Menos, uno peor. Pero a Brasil se le heló la sangre cuando la peor de las pesadillas tocó a su puerta. El anfitrión, el penta, el candidato por imposición, sintió que se le escurría su Mundial con trágica anticipación. ¿Un Mineirazo en los octavos de final? No lo hubiese resistido el corazón de 50 mil torcedores ni el de tantos millones que de repente se paralizaron. La providencia rescató a Brasil del desfiladero cuando la ingobernable danza de los penales le estrujaba el alma.

El llanto, las imploraciones celestiales y las citas divinas acompañaron el desahogo para comprender la ciénaga de la que alcanzó a escaparse Brasil. Un equipo que, incluso en ventaja, no supo evitar la trampa que esperaba agazapada. Thiago Silva peinó un córner de Neymar y por el segundo palo atropelló David Luiz para apresurar el despeje de Gonzalo Jara contra su propio arco. Pero Brasil alternó errores con distracciones, como la grosería que cometió en un lateral a favor que terminó en el empate de Alexis Sánchez. Maniatado, desprovisto de creatividad y entregado a alguna pirueta de Neymar, el scratch ni siquiera desenfundó rebeldía para torcer una tarde que avisaba con traer tempestades.

El árbitro inglés Webb acertó al invalidar un gol de Hulk en el comienzo de la segunda etapa porque el delantero controló un largo envío con el brazo derecho. Felipao apeló al banco y sólo sumó frustraciones. Bravo respondió dos veces, ante Neymar y Hulk, en las pocas que Brasil logró desenroscarse. El partido se enfilaba inexorablemente hacia el suplementario y los locales ya avanzaban con la ceguera de la desesperación. Con la torcida que empezaba a entonar el himno, recordándole que no sólo jugaba la patria, sino que estaban jugando con la patria.

Se sabe que la épica borda con hilos dorados las grandes gestas, pero a Chile no le alcanzó ni con el conmovedor esfuerzo del desgarrado Gary Medel. Chile jamás estuvo tan cerca, pero no se atrevió a reescribir la historia. Prefirió que la redactara Brasil con sus penurias que tomar el control y editar nuevos manuales futbolísticos. Probablemente agotado por la tensión de vivir bajo la desprolija sofocación brasileña, al equipo de Sampaoli le sobró intensidad, pero le faltó eficacia. Se entretuvo en armarle laberintos a Brasil y poco merodeó los dominios de Julio César. Y cuando llegó, no acertó. El arquero tuvo su primera intervención salvadora cuando desbarató frente a Aránguiz una buena maniobra colectiva con escalas previas en Vidal e Isla. Y la otra situación fue el remate de Pinilla al travesaño cuando se acababa el alargue. Tembló Brasil. Chile aún no lo sabía, pero no iba a ser la tarde para reemplazar a O’Higgins por nuevos patriotas.

Los momentos difíciles exigen figuras referenciales, pero a Brasil lo dejaron demasiado solo. Algunos jugaron con una vulgaridad futbolística alarmante, como Marcelo, Dani Alves, Fred… Otros, con una liviandad indecorosa, como Fernandinho y el fantasmal Oscar. El plantel de Luiz Felipe Scolari no está a la altura de su magnífica historia, la abofetea. Un equipo que desprecia la pelota, le incomoda. Sí, le quema. La divide desde el fondo o prefiere apostar por las réplicas, porque cuando debe administrar la posesión se llena de interrogantes y avanza con el sopor de la previsibilidad. Brasil: un conjunto vacío de fantasía.

Atención que puede haber una bomba estructural en plena cuenta regresiva.

Neymar asumió su responsabilidad en un concierto agobiante. A veces, también se perdió en insinuaciones, pero no se puede olvidar que desactivó la urgencia más inmediata cuando acertó el quinto penal. Cuando el Mineirao era un Coliseo moderno que imploraba por un héroe, pero a la vez estaba listo para soltar a los hambrientos leones. Julio César contuvo los dos primeros penales para enterrar sospechas maliciosas sobre su fecha de vencimiento. Willian remató afuera y Bravo desvió el disparo de Hulk para extender la agonía de Brasil, por entonces, entre el trance y la paranoia.

Cada minuto se volvió flamígero, con Brasil desfilando por un despeñadero hacia la catástrofe. Hasta que los cientos de demonios que sobrevolaban eligieron a Jara, para atormentarlo por siempre entre el gol en contra y ese penal que pegó un poste y recorrió todo el frente del arco para perderse por el otro lado. La moneda cayó del lado de Brasil, que bailoteó con el suicidio futbolístico. El Mineirao, todavía estremecido y hechizado, había vivido uno de esos momentos en los que se cae la quijada y los ojos se desorbitan. Brasil volvió del más allá.

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