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Bendito sea el fútbol brasileño, que casi siempre tiene material y riqueza para poner los pies por encima de la confrontación y las refriegas de ocasión. Tan capaz de hacerle un lugarcito a la esperanza y de ubicar la recuperación como algo más factible que remoto. Pasea la Copa América como un líder continental indiscutible. Se vuelve a hablar del valor de sus individualidades y de la identidad histórica de su juego, que se acomoda pero no sucumbe a los postulados tácticos contemporáneos. Hay una "marca" Brasil, cuya patente se actualiza periódicamente, en equipos y seleccionados, como para imaginar que no tiene fecha de vencimiento.
El fútbol y el poderío de Brasil superan a la anécdota, situaciones que no son extensibles al paso de la Argentina por Paraguay. Porque el plantel Luxemburgo también tuvo que afrontar situaciones incómodas e indeseadas. Como cuando el técnico tomó la decisión de separar de la lista al delantero Edilson por una actitud antideportiva en el torneo local, o cuando renunció Leonardo, insatisfecho porque no le daban la cinta de capitán. Y ni hablar de la comidilla diaria entorno de Ronaldo, con sus conquistas amorosas en Foz do Iguazú, las sospechas de paternidad en quien fue su novia, Susana Werner, y sus viajes en helicóptero privado a Ciudad del Este para comprar de todo sin rendir cuentas en la aduana. No es poco, ¿no? Sin embargo, Brasil es el campeón. Todo el batifondo que pudo llegar a rodearlo no le quitó concentración para dar sus funciones en la cancha con sobriedad, eficacia y algunos lujos de tanto en tanto. Brasil da que hablar como equipo y referente de la elite mundial. Para el seleccionado argentino, la charla y el debate futbolístico quedaron diferidos; todo lo gobierna el escándalo entre Marcelo Bielsa-José Luis Calderón. Será porque dentro de la cancha el equipo no construye historias de peso, que la tentación inmediata es agarrarse de anécdotas que sólo engordan lo insustancial. La vigencia del fútbol de Brasil puso sus anécdotas en un segundo plano, el lugar que corresponde; el estancamiento internacional que vive la Argentina colocó las suyas delante del carro, a riesgo de seguir desorientada.
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Todavía no es un candidato puesto, pero pocos pueden desmentir que ya sacó una ventaja que otras figuras deberán apurarse en descontarla. Hablamos de Rivaldo, considerado el mejor jugador de la Copa América, además de uno de los dos goleadores, junto con Ronaldo, con cinco tantos. Este pernambucano nacido hace 27 años surge como una opción de hierro cuando la FIFA haga la encuesta con técnicos de todo el mundo para elegir al mejor jugador del mundo en 1999. Entre lesiones y la declinación que sufrió Juventus en el primer semestre del año, al francés Zinedine Zidane le resultará muy difícil retener el trono. Y Rivaldo Vito Borba Ferreira se perfila como un digno y merecido sucesor. Zurdo; chueco hasta el borde de la deformación; la curvatura entre sus piernas parece más propia de los cowboys que vivían montados en el Far West. Una anatomía infrecuente para pegarle a la pelota como pocos; es uno de los mejores ejecutantes de tiros libres del mundo. Adquirió una velocidad de movimientos en la que seguramente mucho tuvo que ver Louis Van Gaal, su técnico en el Barcelona. Y otro aspecto vital: es un volante con una impresionante capacidad de gol; bicampeón de Liga en España, con 21 tantos en el primer título y 24 en el reciente (finalizó a uno de Raúl, el "pichichi" de la temporada). Superó el fracaso de haber sido una de las decepciones en los Juegos Olímpicos de Atlanta 96. Fue el mejor de su equipo en Francia 98 y Paraguay 99. Hoy, nadie se imagina una formación de Brasil sin Rivaldo.


