Chapa de campeón

Fiel a su estirpe, Indios Chapaleufú ganó un partido inolvidable y cosechó su sexto título en Palermo; venció a La Dolfina por 17-16 en suplementario; Bautista Heguy tuvo una actuación extraordinaria
Claudio Cerviño
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16 de diciembre de 2001  

Desde algún rincón del infinito, el Mosquetero de la Bondad habrá festejado también. Con la camiseta N° 2 suelta al viento y la sonrisa tímida; con ganas de abrazar eternamente a sus hermanos y a ese amigo que hoy lleva su camiseta y que, como broche de un año increíble, le regaló el sexto título en Palermo a un equipo que desde hace tiempo forma parte de la historia grande del polo argentino. De alguna manera, y como lo reconocería luego Mariano Aguerre, Gonzalo Heguy también volvió a ser campeón. Donde sea que esté.

Indios Chapaleufú no es un equipo más y lo demostró ayer, en Palermo, ganando un partido que no gana cualquiera. En una final imprevisible, cautivante, emotiva como pocas. Entretenida, más allá de errores; abierta, sin simulaciones ni artimañas. Llevaba, el conjunto de los Heguy, cuatro años sin acceder a la definición del torneo más importante del mundo y seis sin gritar campeón. Casi que era una extrañeza para sus costumbres.

Pero volvió. Y en chukker suplementario, con gol de Aguerre a los 25 segundos, Indios Chapaleufú (Marlboro) derrotó por 17-16 a La Dolfina para adjudicarse el 108° Campeonato Argentino Abierto Movicom Bellsouth de polo, cuya definición fue presenciada por 15.000 espectadores.

No es un equipo más, dijimos. Hay que tener un espíritu especial para dar un golpe de timón en el medio de la temporada, tras el peor revés de su carrera (22-15 ante Chapaleufú II en Hurlingham), y lograr el Abierto de Palermo invicto. Y si algo le faltaba, era sellar la conquista triunfando en un partido en el que no fue más que su rival -nunca estuvo arriba en el score-, sino que debió trabajar pacientemente, esperando su único momento.

La Dolfina funcionó mejor . Desplegó un polo variado; con Cambiaso como eje, buenas salidas, y también cuando ofreció un módulo más participativo, más de cuatro hombres. Con Juan Merlos en gran nivel hasta el sexto chukker y la capacidad de rotación que lo transforma en un conjunto complejo de controlar.

Como contrapartida, Chapaleufú era fervor, ímpetu y los deseos de equilibrar lo más rápido posible un rubro en el que La Dolfina marcaba claramente la diferencia: el taqueo . No podía. Tres hacían esfuerzos -Horacio era el que peor la pasaba, porque se complicaba mucho en las salidas-, pero no lo conseguían. Bautista Heguy bancó el equipo como pocas veces se recuerde . Tirándose atrás, escondiendo la bocha, habilitando a sus compañeros, convirtiendo goles (hizo 12). Espléndidamente montado para dar la sensación de haberse multiplicado. Difícilmente se pueda jugar más porque esto era una final.

El quiebre en favor de La Dolfina empezó a vislumbrarse en el cuarto chukker (8-6), se sustentó en el quinto (10-7), sufrió un desajuste en el sexto (12-10) y pareció volcarse definitivamente en el arranque del séptimo, cuando quedó 14-10 , al 1m33s. Pocos creían en un desenlace distinto. Razonamiento: si el que está más sólido lleva cuatro goles de diferencia en el penúltimo período, no puede perder.

Fue cuando Chapaleufú le tiró la historia encima , con su innata aptitud para jugar bajo presión y desde abajo. La Dolfina no supo manejar la diferencia, algo que debe hacer sí o sí un equipo que quiere ser campeón. A esa altura, lamentaba, y cómo, aquellos cuatro penales de 60 yardas errados por Cambiaso una hora antes, reincidiendo en un extraño déficit que padeció hace doce meses. Tuvo una chance más (16-15, a los 5m15s del último período) y tampoco la aprovechó: Sebastián Merlos cometió un foul innecesario. Apareció en pleno la Chapa de campeón de los Heguy, en ese final con suplementario que conmovió. Llegó la jugada pensada por Bautista (¡quién otro!) en los palenques y el golazo de Aguerre.

Fiesta loca. Otra vez Chapaleufú en lo alto. Dejando en claro que las finales precisan de factores que robustezcan al juego propiamente dicho: fibra, temperamento, actitud. Desazón para La Dolfina, que clausuró un año bárbaro con el trago más amargo y que le costará un buen tiempo descifrar en cuanto a sus causas.

Chapaleufú vuelve a ser campeón. Sin Gonzalo Heguy. En realidad, seguro que estuvo.

El gol decisivo y su historia íntima

En medio de toda la euforia del festejo, Mariano Aguerre -en el día de cumpleaños de su mujer Tatiana Pieres y a un día de su primer aniversario de casado- hizo una pausa para contar el tanto de la victoria de Indios Chapaleufú, convertido a los 25 segundos tras una salida de arco y cinco toques de los cuatro campeones: "En el descanso antes del alargue, Bautista estuvo muy cerebral y armó la jugada de salida. Pensó el esquema que después salió exacto. El salió del fondo y se la dio en las tablas a Marcos, que le pegó de revés de primera y me dejó solo. La toqué rápido y la bocha le quedó a Horacito, que con una frialdad tremenda la jugó hacia el medio. Yo venía por el medio y Marcos estaba cerca. ¡Ni loco se la iba a dejar! Quise tirar al arco con potencia y, la verdad, me salió un coscorrón con buenas intenciones. Después no reaccioné, y volví cuando escuché a Marcos que me gritaba: ¡Bien petiso, bien! La gente se empezaba a parar y a gritar el gol. Me junté con Marcos, nos abrazamos, me bajé del caballo y me arrodillé a llorar y festejar!"

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