Cómo puede hacer el rugby para prevenir los crecientes casos de violencia

Jorge Búsico
Jorge Búsico PARA LA NACION
Jorge Búsico analiza la situación de este deporte luego de varios incidentes; en especial, el de la agresión de los jugadores de San Cirano a un hombre mayor
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14 de septiembre de 2016  

Crédito: Captura de facebook

El video viralizado en las últimas horas, en el cual un joven empuja violentamente por detrás a un hombre mayor, indefenso, indigente, mientras lo filman otros dos jóvenes para después escaparse los tres en un auto, provoca tanta desolación que obliga a ir más allá en la profundidad que debe tener todo tipo de análisis. Es el hollín que ensucia al rugby –porque los jóvenes jugaban al rugby en el club San Cirano– y del cual el rugby debe hacerse cargo, del mismo modo que muestra una solidaridad ejemplar cuando la otra cara que duele, la de los lesionados cervicales graves, aparece en escena. Ya no vale sentirse estigmatizado por los títulos y comentarios en los medios, aunque sectores de la prensa hayan decidido vestirse de amarillo para titular “un rugbier…” cada vez que pasa algo, como también es cierto que otros lo ocultan para resguardar vaya a saber qué. Porque hay una cuestión real y concreta de que son reiterados e históricos los episodios de violencia protagonizados por hombres que juegan al rugby, sin que esto signifique de ninguna manera poner en la mira, como quieren hacer algunos, los valores, archi conocidos, que se impregnan en este mismo deporte.

No es un tema cómodo para nadie. Menos, claro, para las víctimas. Tampoco se trata de casos aislados. Hace menos de dos semanas, un joven terminó internado en terapia intensiva con fractura de cráneo y edema cerebral tras haber recibido una golpiza de parte de jugadores de Olivos. Quince días atrás, en los comentarios de una nota escrita en La Nación sobre el show solidario a beneficio de un jugador del CASI que sufrió un accidente cervical grave, varios lectores, la gran mayoría de buen modo, preguntaban porqué el rugby no era tan solidario con los que recibían agresiones de parte de rugbiers. No les faltaba razón.

Tampoco es un tema sencillo de resolver, pero se puede empezar por medidas como las que tomó ayer San Cirano, suspendiendo por tiempo indefinido a los que protagonizaron ese lamentable episodio. Sin embargo, se necesita de una acción mayor, y esa responsabilidad debería tomarse desde arriba y a nivel oficial; desde la UAR y todas las Uniones provinciales.

Hay todavía en el ambiente del rugby, aunque bastante menos que en otras épocas, una cultura de agarrarse a trompadas a la noche, especialmente dentro o fuera de los boliches y, generalmente, en patota. Ocultarlo sería un error. Son muchos más los casos que no trascienden que los que sí. Incluso, hay personas que juegan al rugby con denuncias penales por agresiones en la vía pública. La gran mayoría de los clubes se encuentran desbordados por estos incidentes que ocurren fuera de su órbita, pero que los comprometen de todas maneras. Muchos hacen lo que pueden por frenar esos hechos, pero a veces no alcanza. Una nota firmada por la periodista Rosalía Draletti en el diario Perfil del pasado 3 de septiembre, posterior a los hechos violentos protagonizados por jugadores de Olivos, grafica la preocupación que existe en varios clubes, cuenta los talleres de prevención que se realizan en la URBA y certifica la saludable decisión de algunos dirigentes de no esconder esta realidad bajo la alfombra.

El cuerpo de un jugador de rugby de M 16 para arriba es hoy un arma. Como lo fueron siempre los de los boxeadores o de los que practican artes marciales, quienes tienen “la pegada prohibida”. Para poder sostener un deporte cada vez más intenso, el grueso de los jugadores de rugby no sólo pasa infinidad de horas en el gimnasio, sino que consume todo tipo de preparados –permitidos– para mejorar su rendimiento. Ese cóctel se vuelve letal cuando aparece el alcohol, incontrolable en muchos terceros tiempos. Hay en estos últimos años conciencia en gran cantidad de clubes de los efectos del alcohol, pero tampoco alcanza. De hecho, empresas de bebidas alcohólicas son los patrocinadores más importantes de la UAR y de varios clubes.

Una de las tantas maneras de hacer prevención con esa cara menos grata que ofrece el rugby es aprovechar la enorme visibilidad pública de la que goza, mayor a cualquier otro deporte en el país. A través de los Pumas, el rugby tiene miles de segundos en la televisión y amplísimo espacio en los medios gráficos, radiales y en la vía pública. El ingreso en el Super Rugby ha estirado la publicidad a todo el año y a todos los rubros, además de las empresas de bebidas alcohólicas. Desde esa privilegiada plataforma, la UAR, la entidad madre del rugby, puede utilizarla no sólo para el negocio, sino para bajar una línea que no le es ajena, ya que los jugadores de los Pumas, protagonistas de todas esas publicidades, siempre están disponibles para cualquier acción solidaria y para resaltar los valores de este juego.

Que los Pumas, a quienes todos miran y respetan, llamen a la no violencia dentro y fuera de la cancha podría ser un paso adelante para empezar a solucionar este tema. También habría que revisar si es positivo que participen en publicidades de alcohol sin especificar, al menos, los riesgos de su consumo en exceso.

Es verdad que al rugby se lo estigmatiza de violento, porque esta es una sociedad que estigmatiza –el villero es ladrón, el drogadicto es asesino, las mujeres violadas son prostitutas y as텖 y que ante cualquier cosa se indigna –“La indignación moral es la estrategia tipo para dotar al idiota de dignidad”, reveló alguna vez el filósofo canadiense Marshall Mcluhan–, pero, como se apuntó, esto de ahora no es nuevo. Diez años atrás, LA NACIÓN publicó un informe bajo el título “Preocupa la violencia asociada con el rugby” ( http://www.lanacion.com.ar/799946) en el que detallaba numerosos episodios en buena parte del país. Es hora de ocuparse y de limpiar el hollín.

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