Con el resto de Ronaldo

Daniel Arcucci
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26 de junio de 2002  • 11:52

SAITAMA.- ¿Quién se hubiera animado a escribir, hace sólo un par de meses, que este de Corea-Japón podía ser el Mundial de Ronaldo, como cuatro años atrás se pregonaba a los cuatro vientos que sería el de Francia? Nadie, nadie en su sano juicio. Hace un par de meses, Ronaldo era un muchacho que despertaba ternura y hasta compasión por el conmovedor esfuerzo que realizaba para volver a... correr, a jugar al fútbol sin lesionarse, y la intención de Felipão de rescatarlo del frío milanés para arroparlo cerca de las playas cariocas era vista casi como una obra caritativa por quienes lo respetaban, y una tremenda injusticia por quienes no entendían cómo podía tener en cuenta a un jugador en busca de su pasado en lugar de otro que gozaba de la plenitud de su experiencia, como Romario.

Pero así es como escriben la historia los grandes, rompiendo los moldes.

Se iba el primer tiempo y se agigantaba en uno la sensación: este Mundial no es fácil para nadie. Alemania saca a Corea de la final por apenas un gol de diferencia; Brasil sufre frente a esa Turquía que le tira los libros de historia por la cabeza. Y le mueve la pelota, le bloquea a sus generadores de fútbol, le opone a cada intento a ese enorme arquero que es Rüstü. Brasil se acerca tenuemente a su papel de potencia, respondiendo con orgullo cuando la insinuación turca casi se concreta, con orgullo y con variantes, porque prueba por afuera, con Cafú de un lado y con Roberto Carlos del otro, porque prueba por adentro, más con Rivaldo que con ningún otro.

El otro debería ser Ronaldo, por supuesto, pero no está, no parece estar: llega tarde o se apresura, está lento o incompleto. ¿Quién puede saber lo que le pasa o si volverá? No es necesario esperar otros 45 minutos para tener la respuesta. Bastan tres, apenas. Allá está Ronaldo, casi rapado, con un raro mechón, el que busca por la izquierda, el que desborda, el que mira el arco, mira la pelota, saca el puntinazo de derecha (“a la Romario”) y ya está escrita la gran historia, ya llevó con su gol a Brasil hasta la séptima final de su incomparable historia. Así se contará por siempre. Todo lo demás es puro análisis.

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