Conmociones en el deporte

Ezequiel Fernández Moores
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. Crédito: Sebastián Domenechs
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17 de septiembre de 2019  • 23:44

Seis tackles en los veinte minutos finales del último triunfo en Vélez contra Los Pumas confirmaron su designación. Pero Luke Jacobson, crack futuro de los All Blacks, no jugará en el Mundial de rugby que comienza el sábado en Japón. Los médicos ordenaron su baja por conmoción cerebral. Es la lesión hoy más frecuente e inquietante en deportes de contacto. La sufren no solo boxeadores, sino también rugbiers, jugadores de fútbol americano, rugby league australiano, hockey sobre hielo, béisbol y cricket, entre otros. Todos crecidos en la cultura del aguante. Seguir jugando como sea. Hasta con un testículo afuera del escroto desgarrado, como le sucedió al All Black Buck Shelford en 1986 ante Francia. En medio de la batalla, el dolor es fácil de ignorar. Pero músculos, tejidos y huesos tienen cura. Una conmoción cerebral no es lo mismo. La acumulación de golpes en el cerebro es algo más complejo. El rugby lo sabe.

"¿Cuándo comenzará el rugby a tomar en serio las conmociones?", se preguntó en 2018 The Spinoff TV. El programa de investigación de Nueva Zelanda debatió los casos del All Black Ryan Crotty (sexta conmoción en quince meses) y de Stuart Ta'avao (cinco conmociones). Sam Cane, ya en Japón con los All Blacks, confesó que años atrás, jugando Súper Rugby con los Chiefs, llevó largos minutos perdido en el campo hasta que su compañero Brodie Retalick advirtió que estaba conmocionado. El 85 por ciento de los rugbiers de élite de Nueva Zelanda han sufrido al menos una conmoción cerebral.

En Inglaterra, afirma The Economist, se cuenta una conmoción por partido. En Escocia, David Denton, que jugó 42 partidos con la selección, anunció su retiro prematuro la semana pasada tras sufrir una conmoción. Y en Irlanda, un estudio detectó 60 conmociones en 47 jugadores. Cillian Willis demandó por negligencia a Sale Sharks, su club. El juicio amenaza con sentar precedente.

El fútbol americano ocultó durante décadas las consecuencias de la acumulación de conmociones cerebrales. Hasta que la medicina desnudó muertes precoces de jugadores retirados. Estallidos de ira, locura, depresión o demencia. En el 96 por ciento de las muertes las autopsias detectaron encefalopatía traumática crónica (CTE, lesiones cerebrales supuestamente por la acumulación de golpes). La NFL debió pactar con las víctimas una indemnización global de mil millones de dólares. Se modificaron reglas y las conmociones bajaron a una cada dos partidos. Son cambios que muchos resisten: violencia natural del juego versus avances médicos. Australia, por ejemplo, discute hoy sobre la eficacia de los protocolos que obligan a retirar del partido a un jugador conmocionado tras el caso del jugador de cricket Steve Smith, que fue autorizado a seguir tras un golpe. El protocolo había fallado. Y una segunda conmoción en un mismo partido puede ser fatal. Los deportistas lo saben. Su cautela no es cobardía.

"Golpeo un cráneo, que es un recipiente rígido, y adentro tiene un flan que es el cerebro, con arterias y venas que irrigan y rodean a ese flan y que pueden romperse". Lo dijo por TV el médico Jorge Franchella, tras la muerte del boxeador Hugo "Dinamita" Santillán, noqueado en julio pasado en San Nicolás. El boxeo casi perdería sentido sin el nocaut. Pero otros deportes sí pueden proteger los golpes en la cabeza (la FIFA no es el mejor ejemplo). El rugby, Argentina incluída, comienza a extremar recaudos, como las nuevas sanciones por el tackle alto. El tema provocó polémica luego de tres muertes en Francia en 2018 que merecieron un duro editorial de L'Equipe ("El rugby mata"). El Mundial de Japón tiene profesionales más fuertes, pesados y veloces, que chocan de modo cada vez más explosivo.

Pero también hay otra clase de conmociones. En Inglaterra, el sindicato de jugadores pidió "medidas urgentes" después de que Kearnan Myall confesó semanas atrás a The Guardian que su compañero de Wasps, Charlie Davis, lo salvó cuando estaba por arrojarse de un piso 15. Myall contó que durante diez años fue un jugador ejemplar, selección incluída. Pero que la mezcla de presión, ansiedad y exigencia terminó resultándole intolerable. Lloraba de noche. Horas después, jugaba de modo brillante. No quería que nadie percibiera su fragilidad. Una vez confesó problemas para dormir. El delegado le respondió que se masturbara. Empezó a beber. Dio positivo de cocaína. No se hizo público, fue multado y debió iniciar un tratamiento. Por fin comenzó a hablar. El psiquiatra le dijo que estaba deprimido. "No estoy deprimido -le respondió Myall- ¿no sabe que yo soy un atleta?".

La importancia de llamarse Ernesto

En diciembre se nos fue Germán Leza. El viernes pasado Ernesto Rodríguez III. Ambos especialistas de los llamados "deportes varios". Esos que casi todos los demás atendemos solo cuando hay Juegos Olímpicos. Ambos incómodos, inquietos. Nunca dóciles con el poder. Por eso Ernesto, igual que Germán, estuvieron presentes ayer en una protesta ante el Cenard que otros quieren demoler. Ernesto y Germán eran periodistas que amaban el deporte.

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