Convicción: sólido debut de las Leonas

Aunque le costó más que lo esperado, la Argentina le ganó a Nueva Zelanda por 1-0 con un gol de Soledad García; la alegría por el triunfo se opacó por la lesión de Vanina Oneto, que no jugará el resto del Mundial por una fractura en la mano izquierda
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25 de noviembre de 2002  

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PERTH, Australia.– Sensaciones encontradas. Ante todo, el alivio generalizado por haber superado con éxito el trauma del debut, que no es poco. “La primera de las nueve finales”, como le gusta decir al director técnico Sergio Vigil. Pero no se negará que el seleccionado argentino femenino de hockey sobre césped tuvo que trabajar mucho para imponerse por 1 a 0 a Nueva Zelanda, por el Grupo A, en la apertura de la 10ª Copa del Mundo.

El cierre del encuentro fue agridulce: quedó patente el desahogo de las Leonas por los tres primeros puntos atesorados y la tristeza por la baja definitiva de Vanina Oneto, debido a una lesión en la mano izquierda ocurrida a los 8 minutos del primer tiempo. Una situación que habrá que digerir rápidamente, ya que mañana, a las 9.05 de nuestro país, el equipo tiene por delante su segundo compromiso, ante Ucrania.

La Argentina, que arrancó con su planteo 4-3-3, hizo todos los deberes para llevarse la victoria de manera justa. Superó al rival en el aspecto técnico, en el físico y en cuanto a las situaciones de riesgo, aunque desperdició tantas ocasiones de gol que el índice de ansiedad albiceleste se elevó al máximo cuando concluyó la primera etapa. Hasta pudo ser peligroso para el resultado final. Causó exasperación la brillante tarea de la arquera neozelandesa Clarke, porque conjuró conquistas argentinas en la boca del arco durante los 70 minutos y con su desempeño disimuló la endeblez defensiva de sus compañeras. Por eso el sufrimiento y la impotencia argentinos en varios pasajes.

Hasta los 25 del primer tiempo, el conjunto nacional estuvo bien en la posesión y mantuvo el control de la bocha. Y si Nueva Zelanda creó alguna acción cerca del círculo en el primer período fue por los errores de las Leonas, que dieron demasiados pases largos imprecisos y no aprovecharon a la jugadora libre, que normalmente es Aymar o Stepnik. En favor de las argentinas hubo tres córners cortos, un doble remate de Aymar y dos aproximaciones clarísimas que no aprovechó Inés Arrondo. Suficientes indicios como para que, en el entretiempo, Cachito reforzara la idea de que, si se insistía en la ofensiva, vendría el gol por añadidura.

Tras el mensaje del DT, el primer aviso fue una bocha de Masotta que pegó en el palo a los 6 minutos del segundo tiempo; el gol llegó cinco minutos después, gracias a la presión ejercida por Soledad García en una salida por derecha de Nueva Zelanda. Se durmió la número 4 Sandy Bennett, la cordobesa se la quitó, eludió a la arquera y definió con la valla libre.

El funcionamiento colectivo mejoró y se consolidó a partir de la conquista. Afuera, en las tribunas, también parecía inclinarse la balanza: ya no inquietaba aquel haka ensayado por los fanáticos neozelandeses en el comienzo; el grito de “¡Argentina, Argentina!” subió el volumen y se adueñó del aliento de la cancha 1 del estadio de la Universidad Tecnológica de Curtin.

En esa aceleración ofensiva –por momentos hasta pasada de revoluciones–, Lucha Aymar ya no sintió duras sus piernas y fue imparable por el medio, con algunas entradas francas al círculo. Claudia Burkart encontró precisión en los pases largos y Cecilia Rognoni participó en el armado de casi todas las jugadas fijas; entre las que ingresaron después, Mariné Russo contó con una oportunidad mano a mano. Fue demasiado generoso lo de Argentina como para que todo se echara a perder en el único córner corto de Nueva Zelanda en el segundo tiempo. Por suerte apareció la arquera Mariela Antoniska, que se tiró a la derecha para despejar el peligro.

A esas alturas, la Argentina sabía que ganaría, fundamentalmente porque el rival continuaba con su única apuesta de contraataque mediante sus veloces wines. En los últimos minutos, sólo quedaba controlar la bocha y tenerla contra la raya. Eso fue lo que hicieron entre Aymar y Rognoni para dejar pasar el tiempo y dibujar una sonrisa en el primer capítulo de la Argentina en el Mundial.

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