Copa América. Para no enfermarse, la Argentina no quiere usar recetas vencidas

Messi, en la llegada al hotel en Belo Horizonte
Messi, en la llegada al hotel en Belo Horizonte Fuente: LA NACION - Crédito: Fabián Marelli
Andrés Eliceche
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16 de junio de 2019  • 23:59

BELO HORIZONTE.- ¿Cómo se gestiona una derrota? Alcanzaron las primeras 24 horas que transitó la selección argentina después del golpe en Salvador para oler respuestas distintas a las que se escribieron tras anteriores cachetadas. Será la íntima certeza de que los tiempos dorados son un recuerdo lo que dibuja un panorama distinto: exactamente un año atrás, el empate ante Islandia en el debut mundialista había creado una atmósfera oscura imposible de percibir ahora en el ambiente, aun con un resultado peor. No se adivina dramatismo en la mirada seria de Lionel Scaloni mientras observa correr a los que no jugaron, sí la necesaria preocupación por haber empezado mal. Aunque el margen de error se haya achicado, habita en el aire la sensación de que esto podía suceder porque ya no se es candidato a campeón ni siquiera en el plano continental, aunque el capitán de la expedición siga siendo el mejor futbolista del mundo. Él, más que ninguno, parece aceptar los nuevos tiempos.

Había que ver en la mañana del domingo a los jugadores, sus gestos de calma, mientras se subían al bus que los iba a llevar al entrenamiento en el campo de Vitoria, ubicado a 15 minutos de viaje del hotel en el que amasaron la amargura de la noche. Pasa Lionel Messi y se frena, acepta fotos, firma autógrafos y demora un momento más en seguir su camino hasta que un nene con la camiseta 10 obtiene una imagen de los dos. No es que perder no duela, y más en un debut de un torneo corto: tal vez fue la charla que tuvieron en el vestuario no bien terminado el partido lo que les hizo cambiar enseguida los pensamientos negativos. "Hablaron los de más experiencia, levantaron la voz, dijeron que esto recién empieza", le cuenta Rodrigo De Paul a LA NACION, una cara de la mentada renovación.

Lionel Messi posa para las selfies en la salida del equipo hacia Belo Horizonte
Lionel Messi posa para las selfies en la salida del equipo hacia Belo Horizonte Fuente: LA NACION - Crédito: Fabián Marelli

Asimilar la caída exige admitir equivocaciones tácticas y estratégicas, una tarea que le cabe a todo el cuerpo técnico, y una búsqueda de reacción anímica que la reducida vieja guardia comenzó a desarrollar en la noche y siguió durante el domingo. Allí hay otro asterisco: Messi -uno de los que tomó la palabra-, Agüero, Di María y en menor medida Otamendi han pasado por muchas frustraciones en la selección, elemento suficiente para saber lo que no hay que repetir. Pero fue tan bajo lo que ofrecieron el 9 y el 11 que cuesta imaginarlos a ellos en el rol de sostenes anímicos. ¿Y qué eco encontrarán en todos los que jamás pasaron por este trance? Se dijo, y el dato retoma valor en esta contingencia: 14 de los 23 futbolistas están viviendo su primer torneo internacional con la selección. Guido Rodríguez, uno de ellos, lo puso en cinco palabras: "Hay que hacerse fuertes ahora".

Pasan las horas y los indicios matutinos resultan similares. Ya es de noche en Belo Horizonte y la temperatura bajó casi diez grados de los 28 promedio de Salvador. La delegación ingresa casi a la hora de la cena a otro hotel, con el mismo semblante de la mañana: hay serenidad, no tristeza ni sonrisas. El nuevo alojamiento es igual de infranqueable que el anterior: todas las medidas de seguridad apuntan a que el contacto entre los demás huéspedes y los futbolistas sea el mínimo posible. En Salvador, incluso, se llegaron a tomar medidas ridículas: en el camino de los ascensores al comedor se colocaron banners que impidieran el mínimo contacto visual. Había que ver a los empleados de seguridad levantando esos carteles cuando alguna corriente de aire los tiraba al piso y dejaba el patetismo -y el paso de Juan Foyth, si se quiere- al descubierto.

Franco Armani recibe el saludo de los hinchas, en la salida del equipo hacia Belo Horizonte
Franco Armani recibe el saludo de los hinchas, en la salida del equipo hacia Belo Horizonte Fuente: LA NACION - Crédito: Fabián Marelli

Pero la cosmética no puede tapar lo que no se tiene. Más allá de esas precauciones, lo que brilla es la ausencia: esta selección es un equipo que necesita crearse una identidad, encontrar vectores de juego, sociedades, fortalezas que todavía no tiene. Hay una sensación de que todo está por hacerse. Empezando por el estilo: "Habíamos planeado esperar y dejarles la pelota, pero estábamos muy atrás cuando recuperábamos, quedábamos muy lejos de Leo y Kun. En el segundo tiempo fuimos otra selección", explica Leandro Paredes, uno de los pocos que no reprobó el primer examen. Las dos frases del volante de PSG, dichas además una detrás de la otra, son reveladoras: si el plan era juntarse cerca de la defensa y salir rápido, hubo una mala elección de los intérpretes en la zona media; si lo mejor del equipo llegó cuando se cambió el libreto y se dio un paso adelante, entonces es que no se confiaba en las ideas trabajadas en la preparación. Como si aquellas nociones de posesión y dominio del juego que ilustraron los primeros partidos de la era Scaloni hubieran quedado archivadas.

Todavía pronto para revisar conceptos sobre la cancha, el día después tuvo más de reacomodo y viaje. Con el sol rebotando sobre sus cabezas, un grupo de jugadores se había movido sin prisa en una cancha auxiliar del club Vitoria, a metros de la principal, desde las 11 de la mañana. La novedad, en todo caso, fue advertir que en ese lote estaba Di María y no De Paul, que lo reemplazó en el entretiempo cuando el partido estaba todavía 0-0. Todos suplentes y Di María, podría entenderse, o bien empezar a perfilar al rosarino del lado de afuera de la cancha para el próximo partido, el miércoles contra Paraguay en el imponente Mineirao. Al cabo, los dos habían jugado los mismos minutos el sábado, pero el que se quedó en el gimnasio con los demás titulares fue De Paul. También se movió Armani con Juan Musso y Agustín Marchesín, los arqueros.

Lionel Messi en la salida del equipo hacia Belo Horizonte
Lionel Messi en la salida del equipo hacia Belo Horizonte Fuente: LA NACION - Crédito: Fabián Marelli

Lionel Scaloni miraba a un costado, sin dar demasiadas indicaciones. Las arengas corrían por cuenta de Luis Martín, el preparador físico, que ordenaba los movimientos. Lejos de la vista del periodismo -que pudo observar los primeros 15 minutos-, Messi y compañía hacían los típicos movimientos regenerativos post partido. "Hay un buen grupo, nos vamos a levantar", había dicho el capitán en la zona mixta del Arena Fonte Nova. Salta otro déja vù: su expresión, animada y clara, fue muy diferente a la de aquel que se había arrastrado a la salida del estadio moscovita después de fallar un penal. Una actitud necesaria para encabezar la recuperación, sí. Pero no suficiente.

Con Paraguay en la cabeza

Hace una semana, la selección realizaba su primer entrenamiento en Brasil, con el aire fresco del recién llegado. El de este lunes tendrá otras necesidades: Scaloni trabajará en el campo con todo el grupo, algo que los titulares no hicieron post derrota. Se asomarán las respuestas a las preguntas instaladas el sábado en Salvador: ¿se mantendrá en el equipo Renzo Saravia? ¿Habrá una segunda oportunidad para Di María?

El saludo de los hinchas con Lionel Messi, en la salida del equipo hacia Belo Horizonte
El saludo de los hinchas con Lionel Messi, en la salida del equipo hacia Belo Horizonte Fuente: LA NACION - Crédito: Fabián Marelli

En los dos casos, las respuestas se inclinarían para la negativa. El lateral derecho podría ocuparlo Milton Casco, el suplente natural de Saravia. Por el volante hay dos opciones que se elevan por sobre las demás: que juegue Rodrigo De Paul -como en el segundo tiempo- o que el elegido sea Matías Suárez, para darle un perfil más ofensivo a la posición. Como sea, el margen de prueba es escaso: el plantel tendrá apenas dos entrenamientos antes de salir a intentar ganarle a Paraguay.

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