Cosecha Vilas

Antes de partir a Francia y a Tailandia por las fiestas, el mejor jugador argentino de todos los tiempos habló de ayer, de hoy, de su deporte y de los argentinos y su historia
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26 de diciembre de 2001  

No hacen falta demasiadas presentaciones a la hora de hablar de Guillermo Vilas. En una de sus escalas en la Argentina, el hombre que hizo explotar la fiebre del tenis en nuestro país tiene ganas de hablar, de hacer un repaso. Ganador de Roland Garros en 1977, US Open 1977, Abierto de Australia 1978 y 1979 y otros 58 títulos es más que un referente. Es el símbolo. Un símbolo que el 17 de agosto de 2002 cumplirá 50 años y que reconoce que acaba de encontrar la felicidad. En su club de Palermo, Vilas, después de su ritual diario de una hora y media de tenis, habló de todo. Fue antes de partir a Francia, donde grabó un documental para el museo de la federación de ese país, con motivo de cumplirse los 25 años de su conquista en el Bois de Boulogne, y a Tailandia, donde pasó Navidad y festejará Año Nuevo, con el presidente de Head.

"Lo primero que hago en el día es jugar al tenis; me levanto a la hora que sea y organizo mi día de acuerdo con el tenis, a la hora que me entreno, si quiero salir, juego a la tarde, hago frontón."

-¿Para vos, hacer frontón es como un volver a empezar?

-Siempre hago mucho frontón. Hay que saberlo trabajar. Felipe Locicero, mi primer maestro, durante los primeros tres años te enseñaba frontón, no te dejaba ir a la cancha. Si querías ser alumno de él, era así. Felipe me preparó para ser profesional.

-Más allá de que vos fuiste un modelo especial, ¿cómo ves hoy la enseñanza del tenis en la Argentina?

-Nunca hubo enseñanza. Eso fue lo que traté de hacer cuando estuve en la Asociación Argentina de Tenis y por eso se armó tanto lío. No hay una escuela. La gente está muy confundida. Una escuela de tenis es llevar a un chico y que cuando termine su ciclo reciba un "diploma" de tenista. En una buena escuela te aseguran, si tenés talento, si estás o no para ser uno de los 150 mejores del mundo. Yo le pregunté a varios cuando era chiquito y todos me dijeron que sí. El mío fue un caso especial porque yo aprendí con técnica. Hay tiros que cuando sos chico no los hacés bien, pero tenés la técnica correcta. Entonces, no descollás de chico, pero descollás de grande. Es un camino.

-¿Cómo está hoy Vilas como hombre?

-Estoy pasando por mi mejor momento. Hace tiempo me analicé y dije: voy a conseguir cosas. En realidad, te proponés lograr lo que más querés. Y lo hice: gané mi primer Grand Slam, lo repetí, pude ser campeón del mundo, todo junto en un mismo año. Como a todo tenista me movieron la ambición y la soberbia. Es innegable. Son distintas ambiciones y distintas soberbias. Es decir, puedo ser el mejor, yo lo creo. En ese momento dado, la gente lo llamó soberbia... Hace unos días me preguntaron si yo era soberbio y les dije que no soy soberbio. Es lo mismo que si viene caminando Dios y le decís ¿quién sos?, "Dios", te responde. No es soberbia, es la verdad. Otro día viene Napoleón y te dice "soy Napoleón" y que te va a decir, que es Juan García. A mí me pasa que voy a lugares en los que digo soy Guillermo Vilas. Y lo toman como una agresión. Es normal presentarse con su nombre. Soberbia es creer que te van a conocer porque sí. Pero vos me preguntaste cómo estaba como ser humano...

-Sí

-Este año pude por primera vez ser feliz.

-Es increíble que recién a esta altura digas algo así.

-Un día me levanté en Bangkok. Me fui allá cinco meses. Buscaba un lugar para mí. Había encontrado lugares para estar un tiempo, pero no lugares para mí. Un lugar en el que me sintiese unificado con todo. No estaba haciendo nada. Acababa de jugar, caminaba y me sentí libre, independiente, feliz, sin angustias, sin decir falta esto, aquello. Estaba vacío y lleno de todo. Y me dije: finalmente encontré un lugar. Ahora noté a la gente alejada de mí. Pienso que somos tan exitistas. No hay lugar para el revisionismo y se pierden los valores. Por eso la Argentina está mal, porque no tiene vivo su pasado. Si tiene deportistas, centra todo sobre uno, no puede soportar dos personas en un mismo deporte; no puede soportar varios líderes. La Argentina no tiene historia. En Francia hay tres o cuatro canales sobre eso. Sabés si De Gaulle se inmutó con tal o cual problema, podés seguir la historia de todos los deportistas del mundo, de todos los personajes. En la Argentina, esa parte está dejada. Quise tener un contacto más estrecho, refrescarle cosas a la gente. Afuera esto no me pasa.

-Sólo lo ves como un fenómeno argentino.

-Sí, es un fenómeno argentino. El argentino es muy soberbio. Si fuese menos soberbio, los hijos recibirían de sus padres todo lo que le van enseñando; mantendrían sus ídolos y sus cosas. En parte es no morirse. Es raro que un argentino hable bien de otro argentino. Es muy raro. Es todo hoy, hoy, hoy, hoy... Un día todos decían Marangoni, Marangoni, Marangoni, y después, no más Marangoni. ¡Qué! ¿Dejó de ser bueno? ¿Qué hizo para pasar de moda? No hay una cultura. No mantienen vivas sus cosas.

-Pero vos seguís como referente.

-Ese referente no me lo puede sacar nadie porque es histórico. Cuando se entra en la historia, la gente no puede obviarte por más que no le gustes. Pero en la Argentina, sí. En la Argentina pueden escribir la historia las veces que quieran. A mí no me importa. La Argentina es un pedacito de arena en el mundo.

-Por eso vas y venís.

-No, voy. Que es lo que lleva que Noah esté en Francia o McEnroe en los Estados Unidos, se sienten parte del lugar. Te traen y te dicen: " Flaco, quedate acá ". Comentan por televisión. Yo nunca comenté un partido de tenis por TV. Esa manera de esconderte está muy mal. Está muy mal porque está mal para los chicos. A mí no me molesta porque me voy. Me molesta cómo le manejan los cerebros a la gente. Hago un par de interviews y la gente me reconoce por la calle. Me gritan. ¡Pero si hubiese otro...! Pasaron 25 años y no hubo nadie. Cuando Cañas llegó a la final de Viena, en todo el mundo salió que desde mi triunfo en Basilea no hubo otro argentino finalista bajo techo. Yo estaba en Bangkok viéndolo por CNN y el locutor lo señalaba como diciendo " ¡Qué hicieron! ". Ese dato es rarísimo, pero todo el mundo lo comentó. En cien años de tenis sólo hubo dos argentinos que llegaron a ser finalistas bajo techo. ¿Eso no te hace pensar que están un poco equivocados? Encima no usan a los que lo conseguimos.

-Pero esta camada habla mucho de vos. Cañas, hace un mes, nos dijo que gracias a una gestión tuya, hace seis años, pudo conseguir las raquetas para continuar el desarrollo de su carrera.

-Yo ayudé a todos, a todos. Cañas es uno de los pocos que han abierto la boca. Al 90 por ciento le salvé la vida. Con todo placer y con todo cariño. Pero fue reconfortante cuando escuché que Cañas dijo eso. El padre de Coria me llamó mil veces cuando era chico. Yo hablé con el secretario de Deportes para que le diera una habitación en el Cenard. Salerni durmió en mi casa. Era tan chiquita, tenía nueve años. Todos los padres me decían: "¿Cómo hacemos?". En ese tiempo, los dirigentes me preguntaron por qué les hice comprar un teléfono celular. ¿Saben para qué era? Para avisarles a los padres que sus hijos estaban bien. Ese celular todavía lo tiene la Asociación. Un día los llamé y les dije. Ese celular lo tienen gracias a mí.

-¿A vos te gustaría ser capitán de la Davis?

-Ya es tarde, estos chicos ya están armados. Este es un camino transitado. Salvo que los jugadores me digan "queremos que estés acá". Si me piden voy. Pero tendría que agarrar un equipo como el que agarró Noah en Francia. Los pibes jugaban bien, pero para ellos, Noah era Napoleón. Ellos agarraron y ganaron la Copa Davis. El tenis es fantástico, armás una cosita y sale. Pero no es que me duela. No estoy porque no hay nada que me enganche. Empecé a hacer cosas que no hacía en mi vida, como cortar el bananero de mi casa. Empezás a hacer cosas para matar el tiempo.

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