Crisis a la japonesa

Pese a la calma económica, el lujo sólo se remite a un puñado de barrios; hay unos 3.000.000 de desocupados, es decir, el cinco por ciento de la fuerza laboral
Hugo Caligaris
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22 de junio de 2002  • 09:43

TOKIO.– “Aquí todo poquito diferente –dice nuestra amiga Koishi–. El y él trabajan fábrica grande de zapatilla. Mismo puesto, misma tarea. Pero él tiene 50 años, y él 20. Entonces él gana doble que él...”

–¿Nada más que por una cuestión de edad, Koishi?

–Claro. El lleva 30 años trabajando compañía...

–¿Y si el de 20 es creativo, brillante y emprendedor y el de 50 no?

–Igual. ¿Quién necesita genio fábrica de zapatilla?

Koishi habla un español claro, infinitamente superior a nuestro japonés. Como nativa, es un tanto excéntrica: vivió cinco años en España, para cambiar de aires, y hace poco volvió. Puso un pequeño restaurante donde prepara tortillas y paellas, y después de describir con una rara mezcla de admiración y de ironía el sistema laboral de su país, hace un balance escéptico:

–La situación muy dura, muy difícil...

–No, Koishi, difícil es en la Argentina. En Japón los sueldos son infinitamente más altos.

–Sí, pero todo poquito diferente: aquí cosas muy caras. Todo caro...

Cambiamos rápidamente de tema, a efectos de seguir disfrutando de su compañía sin disturbios. Después de todo, quejarse por lo mal que anda la economía no es un invento nuestro. También se quejan los del Primer Mundo. Sabemos que cuando los japoneses leen las estadísticas, que los ubican en los puestos más altos, no se sienten aludidos. No pueden creer que son tan ricos.

Ya viajamos bastante por el país, y vimos, por ejemplo, muchas mansiones. El lujo se remite a algunos barrios que imitan con ventaja los fuegos artificiales de la modernidad occidental: Ginza, en Tokio; Minato Mirai, en Yokohama; el bullicio nocturno del centro de Sapporo... Pero también hemos presenciado escenas surrealistas: un domingo a la mañana, frente a una peluquería de barrio destartalada en la modesta Iwaki, vimos al dueño con una manguera y con un balde lavando su Mercedes-Benz último modelo.

“Lo menos que te harían en Don Torcuato es rayártelo con un clavo, de bronca”, imaginó un compañero de tareas cuyos ojos rebotaban contra el reluciente del auto. Eso no ocurre en Japón. Más tarde, Koishi explicaría que tener un buen coche no es algo inaccesible. “Pero casa... Ese sí problema...”

Al principio, pensamos que no existían los sin techo. Después los vimos en el inmenso parque tokiota de Ueno. Ante la condescendencia oficial, instalan sus carpas hechas con plásticos azules en un área ligeramente oculta por ligustros a la vista del público. Algunos han de haber vivido allí durante mucho tiempo, porque adornan las “puertas” de sus hogares precarios y tienen gatos con collar y campanilla como mascotas.

También se ven personas –no demasiadas– durmiendo, ya sin instalación, en los laberínticos espacios del subte. Algo en el paraíso no anda del todo bien. Y también es posible que algo esté cambiando.

La burbuja comenzó a pincharse hace diez años, aunque todavía está muy lejos de haberse desinflado. Esa seguridad de entrar en una empresa para permanecer en ella de por vida, avanzando en la escala salarial al correr de las hojas del calendario, existe todavía, pero ya no es absoluta. En los últimos tiempos, alrededor de un millón de personas pierden su trabajo por año, por reducción de personal o por quiebra lisa y llana de la compañía.

Por cierto, muchos son rápidamente reabsorbidos. El Estado otorga a los desempleados subsidios que van de 30 a 90 dólares diarios, por plazos de entre 90 y 330 días, según la antigüedad y la posición que ocuparon en su actividad. Terminado el plazo, también se acaba el dinero, y la calle aparece ante quien ha sido expulsado con toda su crudeza.

En números redondos, hay unos tres millones de desocupados en Japón, cerca del cinco por ciento de lo que podría llamarse la “fuerza laboral bruta”. El porcentaje de personas sin empleo se duplicó con largueza en la última década: del 2,1 en 1990 saltó al 4,7 en 2000.

Para cualquier ser humano el despido es una vivencia dramática, pero para un japonés llega a ser trágica. Por regla general, es una persona especialmente apta para la vida colectiva, y la educación refuerza esa tendencia. La identificación entre hombre, tarea y empresa puede llegar a ser muy honda. Tanto, que muchos japoneses no se toman todos los días de vacaciones, porque sienten el ocio como un tiempo perdido.

El gobierno hizo esfuerzos para reducir la jornada laboral, y lo consiguió. En 1960, se trabajaba un promedio de 8,4 horas por día durante 24,2 días al mes, y en 2000, 7,9 horas durante 19,7 días, según datos del Ministerio de Salud, Trabajo y Bienestar. Pero aún un 50 por ciento de los trabajadores se niega a “disfrutar” de sus vacaciones reglamentarias completas.

Naturalmente, esto constituye una diferencia de peso entre las crisis japonesa y argentina. Otra es el tamaño de los sueldos. Sólo daremos, como punta del iceberg, algunas ideas: un maestro que recién empieza puede cobrar alrededor de US$ 2500 mensuales. El sueldo para jóvenes recién egresados de la universidad es de más de 1700 dólares. Un trabajador manual dedicado a quehaceres con bajo grado de calificación obtendrá, posiblemente, unos dos millones y medio de yenes por año (20.000 dólares).

“Es verdad –tercia Koishi–, pero vida imposible con menos de cinco...” Desistimos de informarle acerca de cuántos dólares por mes ganan un maestro, un médico o un obrero en la Argentina para que no se le atragantara la paella.

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