De espías y rendimientos

Por Alfredo Parga Especial para La Nación Deportiva
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26 de octubre de 2000  

El espionaje es un tema tan viejo como la rueda del automóvil. O poco menos. Los memoriosos albergan, en el más secreto archivo de la memoria, el caso de aquel importante piloto de TC que, durante la madrugada del domingo, se levantaba sin despertar al acompañante y en el garaje del hotel, casi a oscuras, cambiaba la multiplicación de su auto. Para que ni siquiera quien lo acompañara supiera cómo largaba la carrera.

La anécdota tiene otras pintorescas derivaciones que abarcan hasta el mejor humor, como la de indicar después de la victoria que el árbol de levas utilizado era de la casa González, cuando en realidad lo había hecho la casa Fernández. Aquella era otra forma de desviar la atención de los interesados.

Esto pasa, multiplicado por cientos de circunstancias, motivos y razones, hoy en la F.1. Y los recursos para espiar, averiguar y sacar partido de lo ajeno se sirven de infinitos recursos. Ingenieros disfrazados de fanáticos para mirar el auto de la competencia. Fotografiar con zoom. Grabar toda conversación. Así hasta que Williams decidió contratar vigilancia nocturna. O cuando Ross Brawn descubría que había desaparecido una montaña de papel fotocopiado, lleno de dibujos del nuevo proyecto.

Hoy, cuando un equipo deja cada circuito, pasa todo lo que abandona como deshecho o residuo, por compactadora. "No dejar nada atrás", es la orden.

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Después de la derrota de Bélgica, a Michael Schumacher la prensa de muchas partes lo maltrató. A él y a su máquina. El periódico berlinés B.Z., por caso, le aconsejaba "que dejara de usar ese pepino rojo que es la Ferrari". Hasta la prensa italiana, casi por unanimidad, declaraba que Hakkinen y McLaren eran superiores. Y que "de no producirse un vuelco total, Schumacher y Ferrari deberían archivar su sueño de ganar un campeonato, una vez más".

Hoy, Michael Schumacher es el conductor que quiere ir por más, para todos. Que según algunos íntimos quería postergar sus vacaciones (o no tomarlas) para poner a punto el nuevo auto y seguir ganando. Y nadie queda a su altura. Michael le contó al periodista británico Peter Windsor -el mismo que estuvo durante mucho tiempo con Carlos Reutemann- que tiene pocos momentos de descanso en Suiza. Que la actividad no le daba paz.

"A veces hablamos con nuestros padres y amigos, porque ésa es la manera de mantener una perspectiva." Y nada más. Mejor que Schumacher, a la hora de recapitular el año, no tenga tiempo para recordar siquiera cómo fue lastimado por aquella carrera de Spa...

La estadística de la F.1 se presta para muchos juegos ilustrativos de rendimiento o entretenimiento. Aquí va uno:el Minardi que corrió en 1998 (Nakano-Tuero) quedaba en la clasificación-promedio, a 4s213/1000 del ganador. El Minardi que acaba de concluir la sesión de este año (Gené-Mazzacane) se vio más cerca: a 3s142/1000. Minardi limó en el 2000 un 25 por ciento de la diferencia que tenía con el auto que ganaba la clasificación de 1998.

Ahí viene el primer dilema atrayente:corriéndose hoy más rápido que hace dos años, ¿cómo se interpreta lo de Minardi? ¿Encontraron su techo los autos más rápidos o este coche italiano de ahora es mejor?

La frutilla del postre:ni Tuero ni Mazzacane, ahora, quedaban en el último lugar...

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