De la ilusión al entusiasmo

El público se cubrió con pasión y color a medida que el equipo de Bielsa crecía y anotaba los goles.
El público se cubrió con pasión y color a medida que el equipo de Bielsa crecía y anotaba los goles.
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30 de marzo de 2000  

Se gritó por el triunfo;se vibró con la actuación. La euforia cubrió los rostros de las más de 60.000 personas que se presentaron a la primera función del conjunto nacional, que incluyó una victoria por 4-1, una sólida tarea y, acaso, un incipiente romance con el público argentino.

No es exagerado decir que los hinchas se entusiasmaron con el seleccionado. Es justo escribir que la locura creció a medida que el juego sumaba solidez. El tibio Vamos, vamos, Argentina... de los primeros instantes se convirtió en locura en el final, tras el incuestionable éxito.

Es que el público -se dijo hasta el hartazgo- no siempre fue fiel a la selección que dirige Bielsa. Le sonreía primero, desconfiaba después. Pasaba de la confianza hacia el desconsuelo, casi sin escalas.

Hasta ayer, parece. Los hinchas gritaron como si la victoria fuese propia. Sin desbordes, que quede claro. Sólo ante cada síntoma alentador.

No fueron pocos los problemas de los simpatizantes para ingresar en el estadio Monumental. Hubo una increíble congestión de automóviles en las principales calles y avenidas que conducen a la cancha, por la gran cantidad de vallados que impidieron el libre acceso.

En las dos horas previas al comienzo del encuentro, las avenidas Del Libertador y Figueroa Alcorta, entre otras, fueron escenario de interminables filas de vehículos, que avanzaron a paso de hombre. No hubo desbordes, no hubo incidentes, pero sí demasiado nerviosismo.

Eran las 21.30, el árbitro ecuatoriano Byron Moreno marcaba el comienzo y la gente aún esperaba, impaciente, para entrar en el estadio. Diez minutos después, estaban todos.

Claro que un minuto después, a los nueve, el primer gran grito fue por el tiro libre de Batistuta. Gol y felicidad. Serenidad y explosión, que finalizó veinte minutos más tarde, con el tanto chileno de Rodrigo Tello. En ese instante, los estoicos 400 hinchas chilenos deliraron, allí en el rincón de la tribuna Centenario media. Fue el primer incidente -el único- entre la gente. En la platea, en donde se encontraban los cronistas trasandinos y algunos colados, se vio una pelea entre un argentino y un chileno.

Con los goles de Verón, uno de penal, primero, y de López, después, la algarabía regresó a la gente. Gol y grito. Tanto y explosión.

Tal vez, los cantos de aliento se ensuciaron con los gritos al odio, a la discriminación. Los argentinos repudiaron a los chilenos tanto o más como alentaron al equipo que conduce Bielsa. Un mal que no se termina, primo cercano de la violencia.

Entre vivas a unos e insultos a extraños, sorprendió el zapateo que impuso todo el estadio cada vez que el arquero chileno Marcelo Ramírez sacaba desde el arco. Una ironía moderna, que hacía temblar a todo el Monumental.

Batistuta, como siempre, fue el más aplaudido, el más ovacionado. Causó simpatía un cartel que decía Bati: igual 50 y que minutos más tarde se convirtió en 51, en un nuevo panfleto.

La ovación final no sólo fue para Batistuta:fue para el equipo, por el triunfo, por el buen fútbol. Fue, incluso, para Bielsa, que salió al campo con unos tibios silbidos. Yse retiró con el traje de la aprobación.

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