Decepción, la ilusión trunca de un pueblo

En Turquía, la mayoría de la población vivió en las calles y como nunca la semifinal con Brasil; el sentimiento de dolor por la derrota le dio paso al orgullo por el gran rendimiento del conjunto dirigido por Senol Günes
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27 de junio de 2002  • 09:18

ANKARA (EFE).– Horas antes del comienzo del match con Brasil, toda Turquía se cubría rápidamente con banderas rojas; su gente rezaba y confiaba en lograr un éxito sobre el conjunto de Scolari que le abriera las puertas de la final del Mundial.

La fiesta estaba preparada. La compañía estatal de textiles Sumer Holding había distribuido en forma gratuita entre la población decenas de miles de banderas en las principales plazas y calles del país, para que terminara de teñirse de rojo cada rincón en caso de una victoria.

Incluso, el primer ministro turco, Bulent Eceveit, había ordenado que el día fuese declarado fiesta nacional para que el pueblo pudiera ver el encuentro por televisión y autorizó a los funcionarios públicos a no asistir al día siguiente al trabajo.

Finalmente, el gol de Ronaldo y la derrota por 1 a 0 desató un mar de lágrimas y un profundo silencio, aun sabiendo que superar a Brasil se trataba de una empresa dificilísima, casi quimérica.

La tristeza se reflejó con muecas de impotencia y de fastidio, llantos desconsolados y varias escenas de histeria colectiva, imágenes propias de un pueblo fanático del fútbol como pocos, que desde hace varios días vivió despreocupado de sus problemas políticos y sociales y se subió al sueño de campeón.

Con el transcurso de las horas, el sentimiento que se abrió paso por sobre la frustración fue el orgullo, después de que se tomó conciencia de que el conjunto de Senol Günes, cuyo objetivo era alcanzar los octavos de final, terminará ubicado entre las cuatro mejores selecciones del mundo.

En el epílogo de la jornada, muchos de los decepcionados aficionados turcos ahogaron sus penas en un concierto multitudinario en la plaza de Taksim, en Estambul.

“Siempre creí que el fútbol era el opio que utilizaba el gobierno para dormir al pueblo. Ahora es una especie de dolor asesino. Sufrimos una grave crisis social y económica, pero el fútbol nos dejó una especie de felicidad pasajera que creo que es buena”, explicó Unsal Oskay, profesor universitario de Sociología.

Hasta el serio y adusto presidente turco, Ahmet Nezdet Sezer, cambió de semblante y anunció que viajaría a Japón si Turquía pasaba a la final. Pero no pudo ser.

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