Delivery de chicas, directo a su mesa

En Corea no se acostumbra acercarse a una dama para conversar o invitarla a tomar algo; esa función es para los mozos
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28 de junio de 2002  • 10:03

SEUL (De un enviado especial).– Juliana es uno de los tantos boliches nocturnos que reúne a los adolescentes coreanos, con la particularidad de que lo que sucede allí dentro nada tiene que ver con lo que pasa en nuestro país. ¡Venga, pase! Aquí no hay patovicas que le impidan ingresar, y si ve a alguna de las jóvenes forcejeando con uno de los 30 mozos no se sorprenda ni vaya a su rescate, ya va a entender de qué se trata.

El techo bajo, la luz tenue, la clásica barra que no está, la pista ubicada bien allá y para llegar a ella habrá que atravesar unas cincuenta mesas ocupadas por señoritas que van de desde los 17 a los 25 años. La música de rock de los grupos coreanos invita a bailar, aunque en la pista son las mujeres las que se divierten sin la compañía masculina. También fuman y aunque no le resulte extraño sí lo es, porque aquí no está bien visto que las representantes del sexo femenino anden con un cigarrillo en la boca.

Por ahí están los mozos, con sus camisas extrañas y esos chalecos que, para ponérselos, hay que juntar mucho coraje. Si pide una cerveza se la traerán con un inmenso plato de frutas. Ni se le ocurra pedir maní o pochoclo, porque no lo conseguirá. Ante tantas mujeres sueltas –y no vaya a pensar que se trata de un lugar de chicas fáciles– uno se pregunta dónde están los hombres. Para encontrar la respuesta basta seguir a uno de los tantos meseros que lleva del brazo a una señorita y verá que el lugar donde la deja está ocupado por tres o cuatro varones.

Se trata de pequeñas salas con una mesa en el centro, algunos sillones y un televisor ubicados a unos cincuenta metros de la pista, donde los varones se acomodan, piden unos tragos y esperan que los mozos les lleven a las mujeres que andan dando vueltas por ahí o, bien, sentadas a las mesas. Es que aquí no se acostumbra acercarse a una dama para conversar o invitarla a tomar algo; entonces, esa función queda para los mozos cupidos, que, de acuerdo con la señorita que le presenten a los clientes, reciben a cambio una propina.

Mire a Choi, la chica que trabaja en el centro de prensa y que viste un ajustado vestido negro. Sin dudas es una de las más atractivas del lugar, y por tal motivo ya lleva visitadas más de diez salitas y en ninguna de ellas se quedó. No le agradó ninguno de los jóvenes que estaba en el interior y ahora, ante cada insistencia de los mozos, que ven en su figura una interesante gratificación económica, se la pasa forcejeando para quedarse tranquila. Pero es tanta la fuerza que ejerce el mesero que termina aceptando la maldita propuesta. Pero no hay caso. Pese a tanta búsqueda parecería que el príncipe azul de Choi no está esta noche en Juliana. O, tal vez, ¿será usted?

Por cuarta ocasión, el mozo del raro peinado atiende el celular y corta al poco tiempo. Sígalo y verá cuál es la razón de tan corto llamado. Como un endemoniado se abre paso entre las adolescentes y toma del brazo a una que estaba festejando el cumpleaños con las amigas. Sin mediar palabra, ella acepta la invitación y se marchan hacia uno de los cuartos, donde el gestor de la llamada al celular espera a su nueva invitada. Esta vez, la cita obligada y a ciegas para ella, tuvo su fruto. Los jóvenes permanecieron varias horas conversando en la sala, cerrada por cierto, y después salieron a bailar.

Tenga cuidado y no se entusiasme de imitar al amigo, porque parece ser que los mozos, al menos en Juliana, sólo atienden los pedidos de los coreanos y si tiene pensado conversar con alguna de las presentes, va un consejo: asesórese primero. No vaya a ser que por romper las costumbres termine perpetrando una ofensa.

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