Dio pelea desde cualquier lugar

Por Osvaldo Principi
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25 de noviembre de 2002  

La desolación y el riesgoso entorno de la estación Constitución fueron su primer contacto cuando llegó, a los quince años, desde Oberá, para saber cómo era la vida en Buenos Aires. Conoció rápidamente los códigos de los abrepuertas de taxis y toda la adrenalina que la ley de la calle podía ofrecerle.

Daniel Espíndola quería ser jugador de fútbol y terminó siendo boxeador; quería ser buena persona, porque su alma le respondía. Y así empezó a cambiar su historia.

Fue capitán del proyecto ferroviario de Constitución -un gimnasio subterráneo en la estación- que le aseguraba casa, comida y deporte, como orientacion social y profesional para los jovencitos sin futuro. De las corridas callejeras pasó a vivir en las casas de empleados ferroviarias y el vagón-comedor del expreso a Mar del Plata fue su premio y su restaurante preferido.

Fue campeón argentino y latino de los gallos. "Levanté el cinturón y lo primero que vi fue la imagen de mamá", dijo en un reportaje hace un par de años. Y su vuelta a Oberá, como campeón, fue un desquite personal que contuvo con prudencia; antes había llegado al Cenard, se había concentrado con la selección nacional del maestro cubano, Sarbelio Fuentes; peleó para la TV y su figura fue ganadora.

En marzo último había vencido en el ring a su último rival, Fabio Oliva, en Salta; los jurados lo declararon perdedor y quería el desquite. El viernes último le llegó el día soñado, pero su físico no le permitió darle cabida a su deseo.

Hoy, la historia es otra: Daniel murió casi cruelmente; sus afectos pasaron y cambiaron, día tras día. Oberá, Constitución, la villa El Sapito de Avellaneda; ida y vuelta. Como siempre, nunca se sabrá hasta qué punto estaba en condiciones de seguir en un ring; el dolor de estas horas no permite demasiadas evaluaciones. De algo todos estamos seguros: él le dio pelea a la vida de la única manera en que lo entendía.

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